Desde mi sillón

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La reaparición de Romero Hicks

El 19 de abril les ofrecía una nueva entrega de Romero Hicks que llevaba el título de Primera Cita.

Les avisaba que a mí aquella versión me parecía corta y como sin terminar.

No he sabido nada de este personaje hasta anteayer. Me envió una versión más larga de Primera Cita; pero me ha vuelto loco porque me solicitaba que publicara, como BGB que él es, la versión modificada de Cambio de Planes que, como es evidente para cualquiera que siga este blog, se había publicado ya el 12 de abril en una versión completa.

No es fácil esto de servir de editor para otros; pero como lo ofrecí y me comprometá a hacerlo, no tengo más remdio que cumplir.

Ahí va pues el texto final de Primera Cita que, extrañamente está fechado en mexico en el 2002. empiezo a no entender nada.

PRIMERA CITA

Siempre hay una primera cita formal en las relaciones y lo anterior es prehistoria. Esta cena con Laura me cogía con el paso cambiado, pensando en otras cosas como el inminente viaje a Egipto y la joint-venture que les empezaba a proponer a los servicios americanos. No me sentía ni cómodo ni tan disponible como quisiera. Quizás por todo eso me encontraba sentado en el restaurante Al Bolognese media hora antes de la cita con Laura a las nueve. Hacía un poco de fresco para sentarnos en la terraza y elegí una mesa pegada a la ventana, desde donde podía controlar la puerta de entrada del restaurante y contemplar lateralmente la Piazza del Pópolo. Quería organizar un poco mis pensamientos, pero estaba muy disperso. Apenas pude profundizar más allá de pedirle al camarero un dry-martini muy seco con Noilly-Prat y Gordons. No consiguieron hacerlo a mi gusto, hasta que después de devolver dos versiones aguadas me ofrecí a preparármelo yo mismo; y de paso enseñarles cómo me gustan. Es uno de mis restaurantes favoritos y no pensaba dejar de ir por un detalle menor como este. Ya puestos, me preparé una coctelera con tres dry-martinis y le dí a probar uno al maître, Luciano, que se acercó a ver qué hacía yo detrás del bar

Ocupé otra vez mi sitio y le di un sorbo corto a mi cocktail. Igual que Yahveh en Génesis 1.29, pensé que lo que había hecho estaba muy bien hecho y me recosté en la silla a descansar. Cuando empezaba el segundo dry-martini, intenté hacer un balance de mi predisposición a iniciar una aventura sentimental y a dejarme conocer por una persona nueva. Y no me encontré con ganas. Estaba fuera de juego. Cerrado por obras, o algo así.

Poco duró mi periodo de reflexión. Laura eligió ser puntual, renunciando a crear el efecto ansiedad, típico de la mujer que se retrasa tanto que hace improbable su llegada a la cita. Estaba radiante como un coche fórmula 1 en la parrilla de salida. No sé si era el maquillaje, o simplemente la calidad de su piel muy blanca ; la forma de vestirse para la ocasión, o la belleza singular de su cuerpo de siempre. Me levanté de la silla para besarle en ambas mejillas y di gracias a que los efectos del alcohol me dotaban de un áurea de indiferencia idiota que me hacían sentir que todas mis noches eran como ésta…

“Hola Laura.¿Cómo haces para ser tan guapa?, le susurré al oído mientras le ofrecía asiento en mi silla, de espaldas a la pared.

“Y tú…¿Cómo consigues parecer tan sincero…?, respondió con una gran sonrisa mientras se sentaba.

Nos quedamos callados y llegaros las cartas. Laura no quería ningún aperitivo, prefería pasar al vino directamente. Le pedí que eligiera. Los dos teníamos bastante hambre y pedimos una degustación de pastas y dos pescados a la plancha. Mientras esperábamos un vino rojo siciliano que quería que probásemos, Laura se inclinó hacia mi , dejando deslizar sus amplios senos sobre el mantel blanco de la mesa y obligándome a desearla en ese mismo instante, mientras me levantó la barbilla lo justo para que le mirara a los ojos y entreabriendo los labios hizo un gesto como que solicitaba permiso para apoderarse de la copa medio llena de mi tercer martini, al que dio un trago definitivo antes de desplazar su mano izquierda a mi nuca, para acercar nuestras cabezas y provocar un beso explosivo delante de dos camareros que se acercaban en ese momento con el carrito de la pasta. Todo pareció detenerse un momento, por respeto a la pasión de primavera, imagino ; todo menos el fragor del restaurante lleno donde unos cincuenta clientes degustaban las pastas del día y celebraban el apogeo de la pax berlusconiana y la hegemonía electoral de la derecha gigoló.

La comida tenía un aspecto excelente, pero nuestros platos permanecían casi intactos. Yo de repente no tenía hambre y a Laura nunca la había visto comer nada. Imaginaba que debía tener una relación muy distante con los alimentos; con esas cosas sólidas, generalmente, que nos metemos dentro del organismo para luego procesarlas poco brillantemente.

La botella de vino, con su sobria etiqueta y el nombre de la bodega – Donnafugata – sí que atraían mi atención y me ofrecían un refugio a los ardores y a la iniciativa de mi nueva amiga. Intente hablar del vino, y de Sicilia, y de Lampedusa, y del excelente año 2004 de la cosecha. Fue inútil ante el veto de la indiferencia de Laura a ese temario. Se instaló otra vez un silencio, pero que no nos separaba y que no era incómodo. Yo me hubiera dejado estar mientras disfrutaba del complejo regusto a frambuesas y avellanas del vino. Pero era evidente que Laura iba a mover pieza. El rito del conocimiento factual empezaba inexorablemente. Por mucha pasión que se ponga en un beso, el silencio de la mujer nunca se compra más allá de un cuarto de hora y algo de tiempo de descuento.

-“Háblame algo concreto de ti, Jorge” me dijo sonriendo todavía.”Me dijiste que eras médico…¿Cierto?”.

“Sí. Oncólogo. Cabeza y cuello. Lo dejé hace tiempo”.No tenía gana de entrar en detalles y súbitamente me entró una necia curiosidad por los tagliolini al pesto. Estaban deliciosos; y siempre que tuviera la boca llena estaba evidentemente disculpado de hablar. Entre bocados y sorbos de vino podía comprar algo de tiempo. Pero me daba cuenta que era una actitud insosteniblemente grosera. Mejor empezaba a preparar algunas fórmulas evasivas y desviaba el foco de la conversación sobre ella. Cuando terminé mi forzada degustación de pastas, ya estaba listo para contraatacar. Laura me miraba, fumando un Camel, sin comer ni decir nada. También ella estaba preparada para algo. Probablemente para seguir disecando mi vida. En todo caso intenté darle la vuelta al partido iniciando mi parte de interrogatorio. Mirándola a los ojos con una expresión de genuina curiosidad, le lancé una cadena de preguntas, todo de una tirada; sin dejarla casi respirar.

“¿Y tú Laura, quién eres realmente?. No sé nada concreto de ti…¿A qué dedicas tu tiempo?.Y aunque me da un poco de vergüenza ser indiscreto, ¿Estás con alguien?. …¿Casada, divorciada, hijos…?.En fin…me dan ganas de meterme debajo de la mesa, no sé cómo he podido preguntar tanto.”

Laura me miró con más indulgencia de la que esperaba. Y de la que merecía según mis códigos, que recomiendan obtener información de forma indirecta, en un mundo – el mío, y el que no quería revelar – en el que pregunta y desea tan obviamente saber es débil y acabará no sabiendo nunca. Pero Laura parecía ser de un mundo distinto y no pareció despreciarme por haberme mostrado débil en mi deseo de curiosear su intimidad. Bebió un sorbo de vino y siguió mirándome hasta hacerme desear su voz.

– “De acuerdo. Yo te cuento un poco mi vida. Es justo. Pero luego te tocará a ti. Y sé que tendré que forzarte bastante porque ya veo que no regalas nada…”

“ Acepto.” Respondí inmediatamente en voz baja, intuyendo que me iba a ser difícil cumplir mi parte del trato.

La vida de Laura, en síntesis, no era muy complicada de contar y ella demostró una gran habilidad para el resumen y la elipsis. Nacida en Siracusa – esto ya lo sabía vagamente desde el primer día – conoció a su marido en una universidad americana y se casaron .sin más, antes de volver a Italia. Sobre la familia siciliana apenas sugirió algunos detalles impresionistas…Más bien nombres de guía turística; el abuelo paterno de Gela, mezclado en asuntos que olían a mafia a la antigua; el tío materno de Palermo, heredero de una dinastía de joyeros, los de la famosa – sale en El Padrino II – joyería Matranga, en Vía Della Libertá, donde los nuevos ricos y los mafiosos se compran sus Rolex Submariner. Y , en fin, el más atractivo de todos, el abuelo Pier Luigi Di Cara, dueño del palacio Villa Politi, el hotel más viejo de Siracusa. No quise hacer preguntas, aunque algo tenía un perfume a vieja cultura del crimen normalizado. Gente de toda la vida; de Sicilia. Yo escuchaba atentamente, sin darme cuenta de que ahora me iba a tocar a mí, pasar por el estrado y cantar la lección al profesor…

¿Y tú qué me vas a contar? Me soltó de golpe. Era su hora, evidentemente

Bueno.¿Por dónde empezamos? Le dije mientras reprimía un bostezo nervioso. Me sentí observado algo clínicamente por algunos segundos; demasiados, pensé. Me recordó a cuando mi dermatóloga me miraba indiferentemente en la cara, el martes pasado, antes de dejar caer que no le gustaba una de las manchas que tenía en la sien izquierda. Fue incómodo, lo sentí en un calambre que me recorrió la espalda. Poco agradable. Tengo una biopsia programada para pasado mañana.

“¿Has matado alguna vez a alguien…?” me lanzó, mirando al mantel, aunque era claro que me hablaba a mí. Antes de darme cuenta de lo que exactamente se me estaba preguntando, mi cerebro se entretuvo en un detalle lingüístico; la pregunta estaba mal formulada…seguramente el “alguien” sobraba, porque no tenía sentido matar alguna vez a “nadie”…pero incluso yo sabía ya que no era hora para reflexiones de este tipo; que el sentido de esa inaudita pregunta estaba suficientemente claro.

“No entiendo la pregunta. O no quiero creer lo que entiendo”.Acerqué mi cara a la suya. No estaba nada seguro del terreno que pisaba. ¿Estaría cenando con una loca?, pensé divertido.

Como Laura no decía nada y más bien parecía esperar su respuesta, yo seguí jugando ligeramente a la defensiva, con tranquilidad y sintiendo que gozaba de cierta ventaja posicional.”¿Oye, le has preguntado a mucha gente si han matado a alguien, así en la primera noche que cenaís juntos…?”.Y añadí de corrido, cerrando mi interrogatorio, pero en un tono de voz íntimo; sin rastro de violencia. “Me parece una táctica peligrosa. Para conocer a una persona, me explico. Creo que tienes que ir más suave…” Laura miró otra vez al mantel y se negó a contestar; no seguía mi juego. Seguro que no le gustaba el ajedrez. O no aceptaba consejos de hombres prácticamente desconocidos; en una primera cena…Luciano tuvo el sentido de la oportunidad de acercarse a la mesa para ver si deseábamos algo. Nos miramos y señalé a la botella casi vacía de vino. Pedí otra. De una cosecha especial de 2002.De la misma bodega. No media, entera, que la noche se anunciaba más larga de lo previsto. Entrábamos en tiempo de prórroga. No importa. Me gusta el fútbol.

La gente se había ido marchando a sus casas o aotra parte a terminar la noche y el restaurante se había quedado vacío. Probé el nuevo vino y me pareció el mejor que había bebido en mucho tiempo. Laura no tocaba su copa todavía y parecía esperar tercamente una oportunidad para tomar los mandos de la situación. Mi tiempo de iniciativa se había agotado ;eso me pareció claro. Bueno, siempre nos quedaría el vino del 2002.Y ya eran las once y media. Nos tendrían que invitar sutilmente a irnos, por mucho que me conocieran como cliente regular.

MÉXICO D. F . OTOÑO DE 2002

«La reaparición de Romero Hicks» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 10 de Mayo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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