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La pretensión de Antígona y la racionalidad

Las similitudes entre Israel y Euskalherria (por usar el nombre de País Vasco que utilizan quienes lo entienden de una manera extendida hasta los confines de donde algún dí­a se habló euskera) son extraordinarias. Son tan obvias que parece imposible ser constitucionalista y proisraelí­ al mismo tiempo en la España de hoy.

En ambos casos, el de Israel y el de Euskalherria se enarbola reivindicativamente una ley anterior a la estatal que legitimarí­a la justeza de pretensiones aparentemente fuera de lugar. Así­ es como Hegel pensaba que habí­a que interpretar el mito de Antí­gona, como la encarnación de la pretensión de ser fiel a una ley anterior y superior a la estatal que le permitirí­a y, de hecho, le exigirí­a, enterrar a su hermano-esposo a pesar de la prohibición de hacerlo que impondrí­a la ley estatal.

Por eso Israel puede saltarse a la torera las resolucines de una ONU que ni siquiera es estatal. Y por eso mismo los nacionalistas radicales vascos no se dan por enterados de la Constitución. No va con ellos tal como afirman en los juicios que ahora se les acumulan.

Hay, además, otra similitud entre el Israel normal y el País Vasco normal que me gustarí­a destacar. Los vascos, radicales o no, parecen no ser malos en la teorí­a de los juegos, aunque quizá no tan buenos como los israelí­es.

Hay en las universidades israelí­es de Jerusalem y Tel-Aviv verdaderas figuras geniales en ese campo que pretende ser la exploración más seria posible de las consecuencias necesarias de la racionalidad. En la Universidad del Paí­s Vasco también hay especialista en teorí­a de juegos que, aunque no configuren una comunidad cientí­fica comparable a la israelí­, no dejan de ser respetables.

Preguntémonos ahora si la teorí­a de juegos puede arrojar alguna luz a la pretensión de Antí­gona. La actitud de Antí­gona no puede entenderse como una respuesta más o menos racional a la estrategia de Creonte, su oponente en el juego y el que representarí­a al Estado. Antí­gona es como la naturaleza. De ahí­ que enfrentarse a las antígonas de este mundo no puede ser entendido, racionalizado o mejorado mediante la teorí­a de juegos. Se trata más bien, desde el punto de vista de los israelí­es normales y de los vascos normales, de un problema de decisión en el que el oponente es simplemente la invariable naturaleza.

Si la actitud del decisor enfrentado a la naturaleza es la de actuar como otra naturaleza que ciégamente sigue su curso, nos encontramos en una situación peculiar. En efecto, ¿qué pasa en un juego cuando la naturaleza se enfrenta a otra naturaleza? Pues que estamos en una tragedia griega en la que nada va a poder ser enmendado pues nadie imagina las reacciones del otro pues no le interesan ya que él no piensa cambiar de estrategia. Esta le viene impuesta como el instinto a los animales.

El problema estrátegico que debe ser considerado es por lo tanto si la pretensión de Antí­gona es una estrategia en un juego o un parámetro de la naturaleza.

Lo que parece estar en juego en los casos de Israel y de Euskalherria es si podemos considerar la pretensión de Antí­gona que ambos representan como una estrategia o como una necesidad natural. Me temo que es imposible distinguir entre ambas posibilidades.

De todas formas y aunque esta imposibilidad hace del problema algo muy dificil de resolver, nos deja en una situación algo mejor que la que corresponde a la tragedia de saber con certeza que estamos en una lucha entre placas tectónicas.

Parecerí­a que los acontecimientos nos dicen que oscilamos entre una y otra forma de considerarla. Lo que no me parece razonable es considerarla en el caso de Israel de una manera y en el de Euskalherrí­a de otra. No me parece razonable por lo tanto considerar las estrategias de Israel como expresión de la racionalidad de un jugador enfrentado a un muro y las de los etarras como la irracionalidad de un jugador enfrentado a un estratega.

Lo que ocurre es que no sabemos donde estamos, o a qué juego jugamos o si se trata de un juego o de un mero problema de decisión. ¿Cual es la estrategia óptima en una situación así­? Depende naturalmente de la función de pagos. Pero esto es negado por aquellos que creen que Antí­gona es irreductible.

Un lí­o.

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