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La pasión de Pablo de Tarso

El sábado pasado volví­ a oir con gusto esa epí­stola de San Pablo que, por defecto, se lee en casi todas las bodas católicas. No me extrañarí­a volverla a oir este próximo sábado pues a mi edad se acumulan estos actos sociales y religiosos que homologan, controlan y legitiman lo que de otra forma serí­a un desorden empujado por el deseo.

Siempre me ha parecido una pieza literaria de primer orden y el sábado pasado lo ratifiqué. La cadencia es impecable y el misterio se guarda hasta el final cuando llegamos a saber que es ese Amor del que en la primera parte se habla como más importante que todas las demás vitudes y capacidades que se citan. El trozo de la primera carta a los corintios que se suele leer dice así­:

Hermanos: ambicionad los carismas mejores. Ya podrí­a yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podrí­a tener el don de la predicación y conocer todos los secretos del saber, y una fe como para mover montañas, si no tengo amor no soy nada. Podrí­a repartir en limosnas lo que tengo y aun dejarme quemar vivo, si no tengo amor no soy nada. El amor es comprensivo , servicial, no tiene envidia, no presume ni se engrí­e, no es mal educado, ni egoista, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza de la verdad. Disculpa sin lí­mites, cree sin lí­mites, espera sin lí­mites, aguanta sin lí­mites. El amor no pasa nunca

Si quien lee este pasaje tiene sentido del ritmo puede resultar algo tan bello como un poema cantado.

Verán porqué a mi me recuerda a Paco Ibañez cantando a Celaya. Sí­, aquel poema que me enardecí­a: “a la calla que ya es hora de pasearnos a cuerpo y decir que pues vivimos anunciamos algo nuevo. No quiero justificarte como harí­a un leguleyo, yo quiero ser un poeta y escribir tu primer verso. Nosotros somos quien somos , basta de historia y de cuento, somos fresca y turbia un agua que atropella sus comienzos”.

Gabriel Celaya querí­a ser un constructor de instituciones nuevas y lo mismo le pasaba a Pablo de Tarso, un converso que realmente contruyó el cristianismo, la Iglesia, más allá de los peimeros pasos de Pedro. Lo mismo que fue Aaron el que finalmente llevó al pueblo elegido hasta la tierra prometida cunando ya el visionario de Moisés se habí­a extraviado.

La primera epí­stola a los corintios muestra con claidad que Pablo, antes llamado Saulo, es un constructor de instituciones. Y por fin lo he pillado. Claro que se trata de un gran poema aparentemente lí­rico que canta al amor; pero es mucho más que eso. Canta a un amor no de enamorados embobados. Canta a la hercúlea tarea de crear instituciones. Y para esa tarea sirven unas cosas; pero no otras.

En la primera parte desgrana Pablo las que parecí­a que serví­an: lenguas, erudición, retórica, fe o generosiad. Pero ninguna de esas cosas está a la altura de la tarea, ninguna sirve de gran cosa a no ser que por detrás esté la pasión. Una pasión que se ilustra por acumulación de ejemplos en la segunda parte y que no hay que confundir ni con el enamoramiento ni con el deseo sexual aunque estas dos pulsiones puedan estar también ahí­. Lo que importa es la locura, la imposibilidad de no ser poseí­do por ella, la obsesión, la seguridad en la victoria final aunque haya que sufrir mucho.

Este tipo de pasión constructiva, mesiánica, ya estaba en El Tratado de la Pasión de Eugenio Trí­as. Pero la idea de este autor de que no hay comprensión sin pasión, aunque estaba clara en los ejemplos wagnerianos que él manejaba en esa publicación, lo está todaví­a más en esta epí­stola a los corintios que Pablo escribe a sus conciudadanos y al mundo diciéndoles que se dejen de tonterí­as y que se apresten a ser guerreros zen, indestructibles, ofreciénoles simultáneamente la receta para llegar a serlo. Una receta que al tiempo que subraya la resistencia, menciona el gozo en la verdad.

Da miedo. La receta es tener solo un objetivo y conservarlo pase lo que pase. Esto es algo muy propio de un converso o de un segundo matrimonio o de una comunidad asediada (Israel). Cuestión de supervivencia.

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