Desde mi sillón

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La noche de mi desencanto

Si hasta ese momento parte de mis dudas respecto a mi huida tenía que ver con ella, mi instinto de felicidad me forzó a mirar las cosas de otra manera. Mientras fingía dormir, creí intuir no solo que nunca le volvería ver después de esta semana que acabaría el día de su concierto, sino también que me libraba de la prisión de una relación que nunca me habría ayudado a crecer. Sin embargo, estaba equivocado, pero faltaban años para que llegara mi despertar.

Pagasarri en otoñoMis padres no sabían que yo ya había llegado a la Ciudad, pues me pareció más sensato mantenerles en la ignorancia hasta que Machalen accediera a conocerles y yo tuviera una bonita historia que contar acerca de mi emparejamiento, nada formal, con una futura directora de orquesta, cuando estaba a punto de marcharme a América a no sabía yo muy bien qué. Así que le acompañé en su fumar compulsivo que parecía hacerle revivir sus recuerdos asociados a aquel piso en la calle que conducía al monte, al que llegaban los cánticos populares con los que yo hacía rabiar a esta música tan seria que no podía resistir no solo mi mal oído sino también que nunca recordara la letra entera: «… subirás en aeroplano, bajarás en goitibera…»

Permanecí, pues, callado, y escuché atentamente su apenas audible voz que fue recitando, ignorando mi presencia, sus recuerdos vividos o contados por el abuelo:

…nada sé de cuando mis padres todavía vivían, tengo recuerdos vagos, muy vagos, de la suavidad de la piel de mi madre y de la seguridad que sentía cuando mi padre me tomaba en sus brazos… sí, lo vuelvo a sentir cuando lo evoco… pero recordar, recordar, no recuerdo nada de sus caras, ni tampoco de cómo o por qué nos veo a los tres en casa del abuelo, esa que tú conociste ayer, esa en la que todos hubiésemos cabido, pero en la que ni mis padres ni yo vivíamos de manera regular. Nunca me ha contado nada el abuelo, pero me imagino que fue su yerno, mi padre, el que se negó a vivir con él en una parte noble de la ciudad y se empeñó en vivir con su mujer, mi madre, en un pisito, este en el que estamos, que podía pagar con su sueldo de trabajador de astilleros, magro pero seguro, o eso es lo que él creía hasta que la guerra estalló, la Ciudad cayó en manos de los rebeldes y él eligió ser fiel a su origen… y a sus amigos, esa clase de fidelidad que mi madre admiraba y supongo amaba.

Se sacudió la ceniza que había ido cayendo sobre la colcha y que yo vigilaba para que nada ardiera y para que tampoco se cerrara la fuente de sus recuerdos, una fuente cuyo grifo nunca se abrió allí en Austria durante más de un año. Nunca le había sentido tan desvalida y casi se me saltaban las lágrimas, sobre todo cuando se arrebujó contra mi pecho, suspiró, cerró los ojos y pareció caer en un sueño ligero. No podía moverme y se me disparó la imaginación ante el pulso entre dos hombres fuertes, ambos de un mismo bando en la contienda, pero muy distintos en sus ideas básicas: Un vago independentismo silencioso compatible con cierta mojigatería quizá solo aparente en el hombre mayor, y un izquierdismo anarcoide en el hombre joven.

Nunca sabré si es la fe la que te hace seguir un camino o es el camino que quieres seguir el que fuerza la fe que te mantiene en él. En mi caso, pensé sin atreverme a mover el brazo que se me estaba quedando dormido, y a solo unos días de tomar el avión para LA, no sé si es el deseo de desaparecer de un país carcelario el que me hacía disfrazarme de joven intelectual deseoso de expandir sus conocimientos, o si era este deseo el que me forzaba a emigrar a algún sitio donde el pensamiento no solo fuera libre sino que también premiara las ideas novedosas y a poder ser sacrílegas. No, no me entendía a mí mismo, pero ni siquiera este extraño amor imposible de calibrar me obligaría a quedarme en este mundo del que quería huir. No me largaría para siempre, pero me largaría. En ese momento deseaba con todas mis fuerzas querer a Machalen y hacerme querer por ella, aunque bien sabía que nada de lo que yo hiciera le llevaría a ella a salirse de su camino hacia el podio de directora de orquesta a donde le había dirigido ese abuelo amoroso y terco que nunca dejó traslucir delante de su hija las dudas que le suscitaba su yerno, un hombre cabal sin duda, pero lleno de fantasías juveniles que hubiera tenido que ir abandonando desde que nació su niña. Pero, por lo visto y por lo leído en aquellos libros de trastienda, hay convicciones que no te abandonan nunca, incluso cuando tu magín te aconseja otra cosa. Liberé mi brazo asombrado de poder moverlo y ella siguió con su relato ensoñado:

…mi primer recuerdo de verdad es mucho más tardío, cuando ya vivía en este piso con el abuelo que parecía retirado, pues había sustituido su puesto como timbal titular de la orquesta de la Ciudad por el de secreto depositario de ese instrumento de antes de la guerra.

Cambié de postura y le dejé seguir divagando entre sueños esa primer noche juntos en la que había sido y seguiría siendo, hiciéramos lo que hiciéramos, nuestra Ciudad. Yo estaba agotado y no sé si caí repentinamente dormido o si seguí despierto pensando en mis propias elucubraciones. Recordé que ya me había contado Machalen que parece que nunca había sido encontrado el instrumento dichoso a pesar de la búsqueda afanosa cuando la orquesta se volvió a armar mediante un riguroso procedimiento de selección en el que no solo contaban los méritos musicales, sino sobre todo otros de tipo menos técnico y más validados por las fichas policiales llenas de sospechas, en general certeras, pues no creo que a nadie le cupiera ninguna duda de con quién estaban las simpatías de aquel buen músico de clase media cuya carrera truncó la guerra. Pensé que igual podría haber sido amigo de mi padre, al que sin embargo no creía poder preguntar nada dado el estado de sus neuronas. Pero quizá mi madre…

Quizá se revolvió o quizá simplemente despertó, pero lo más seguro es que estuviera continuando con aquella confesión sombría a altas horas de la noche en un día en el que debería estar descansando para comenzar sus ensayos con la que un día fue la nueva orquesta de la Ciudad:

…nunca cambiará mi ritmo básico por mucho que pueda ya apoderarme del que corresponde a casi cualquier compositor, lo que me hace sentirme vacía y sin entraña real. Pero es que nada se parece ni de lejos a aquel ruido que durante años acompañó mi sueño y me despertó a una tranquilidad inexplicable. Era el ruido del goteo del agua de lluvia sobre la piel de vaca que mi abuelo seguía ajustando al timbal, que ocupaba casi todo el amplio mirador que nunca levantó sus persianas durante años, conformando así el escondite prefecto para ese timbal almacenado en ese mirador que justamente se abría al gobierno militar. Pero todo esto lo he pensado más tarde, pues en aquel entonces sabía sin saber por qué nunca debería hablar de nuestro mirador. El abuelo me había convencido de que aquel era nuestro secreto, y de que si se descubría, se acabaría la dulce vida que llevábamos los dos juntos en aquel pisito y las visitas a aquella casa de comidas que visitábamos los domingos al mediodía… Este pisito que esta noche me ha parecido un cuchitril…

Quise contradecirle en ese punto, pero ella continuó hablando con una voz tan baja que callé para poder escuchar todo lo que tenía que decir en esa noche que muy probablemente no llegará a repetirse nunca. Hablaba bajo, pero la voz era extrañamente firme:

…Yo sabía que el goteo mecería mis sueños y por esa razón pedía al abuelo que me hablara de aita y ama, como él llamaba en mi presencia a su yerno y a su hija, mis padres. Vivimos juntos en este piso cuando todavía ni tenía estas goteras musicales y este recuerdo me llena de serenidad a pesar de que ahí fuera pasaban cosas después de años del final de la guerra que no deberían haber pasado si, como decía la propaganda, una cierta reconciliación estuviera siendo contemplada por los ganadores. Las noticias sobre represalias y venganzas eran soterradas, pero casi diarias, así como las que mantenían la ilusión de una cierta resistencia en la montaña de occidente, como si estuviéramos viviendo lo de la conquista romana y la defensa de los últimos vestigios de una civilización en apuros. Yo asistía a estas conversaciones de tarde mientras cenaba y aita, ama y el abuelo tomaban ese vino que nunca faltó en casa ni siquiera cuando aita y ama desparecieron y el único que bebía era el abuelo. Nos quedamos solos los dos a partir de una mañana en la que al despertar no encontré ni al uno ni a la otra y a partir de la cual nunca más he sabido nada de ellos. Sé que el abuelo ha movido Roma con Santiago para saber algo de su paradero; primero de manera discreta y desde hace unos años de manera más abierta, pero sin éxito alguno. Yo he aprendido a vivir sola. Bueno, con el abuelo que siempre me ha hecho sentirme totalmente segura y también por la educación de un Conservatorio, que nada tiene que ver con la de una escuela normal con sus pandillitas de amigas. No he echado de menos los hogares ajenos pues no era costumbre acudir a casa de otras compañeritas de las clases de música ni siquiera para celebrar cumpleaños. Así que parece que estoy viva, me bulle la cabeza de música alrededor de mi ritmo básico y no echo nada de menos…

Dejó pasar un segundo y volvió su cabeza hacia mí, pero yo había utilizado ese segundo para esconder mi tristeza y el brotar de mis lágrimas revolviéndome hacia el lado contrario al suyo. Si hasta ese momento parte de mis dudas respecto a mi huida tenía que ver con ella, mi instinto de felicidad me forzó a mirar las cosas de otra manera. Mientras fingía dormir, creí intuir no solo que nunca le volvería ver después de esta semana que acabaría el día de su concierto, sino también que me libraba de la prisión de una relación que nunca me habría ayudado a crecer. Sin embargo, estaba equivocado, pero faltaban años para que llegara mi despertar.

«La noche de mi desencanto» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 10 de Julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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