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La muerte del padre

Solo te pido que te acerques un poco más antes de que acabe el curso y me hagas saber que no juegas a esto, o bien que, como yo ansío, me des una prueba de tu espíritu libre y explorador que me haga concebir esperanzas que al menos me aturdan un poco en estos días de duelo.

Calzadas de MallonaAgradecí tu presencia en el funeral de mi padre, así como la de muchos de nuestros contertulios. Su cuerpo, desde hace mucho tiempo semiatrofiado, llegó en su féretro a la parroquia casi cuarenta y ocho horas después de que falleciera en esa clínica cercana a los astilleros en los que había trabajado mientras su cuerpo aguantó y desde los cuales puso en marcha no pocas operaciones arriesgadas en favor de los perseguidos junto con otras personas que entre ellas se reconocían y que yo quise identificar con algunos ancianos que, todavía, bien plantados, acudieron también a esa iglesia que se encuentra en el piso que fue del abuelo de Machalen a la que algún día conocerás. Había tenido tiempo de traer el cadáver a casa, de velarle junto con mi madre y otros parientes y de poner una esquela en el periódico que siempre se recibió en mi casa que apareció al día siguiente anunciando este funeral.

Y te lo agradezco doblemente porque, como no pude asistir a la última merienda en tu casa y no sé si Lourdes te explicó la razón, pensaba que igual estabas un poco dolida por mi ausencia. Pero han sido días muy duros que tampoco me han permitido acudir a mis clases. Estaba claro que aquel cuerpo ya no tenía fuerzas, pero es que, además, su dueño cogió una especie de neumonía que le producía unas toses que sonaban como quejidos de un herido en las trincheras y una tos que no le permitía respirar a gusto. Me aseguraron los médicos de esa clínica en la que no tuve más remedio que ingresarlo que lo único que podían hacer es eliminar el dolor que pudiera brotar de un cuerpo agotado. Pero los sedantes le mantenían semiinconsciente de forma que no cabían las miradas de reconocimiento y sí, solamente, las caricias en aquel rostro que había sido tan expresivo en mi niñez y ahora parecía el de una momia. Mi madre pasaba todo el tiempo sentada en una butaca de la habitación de la clínica y solo se levantaba para atender a algunas de las escasas visitas que ella a misma había solicitado entre esas amigas suyas que le habían ya distraído, ya acompañado, durante los últimos años en los que su presencia al lado de mi padre ya no era necesaria pues las noches era atendido en sus necesidades por un enfermero especializado.

No fueron muchos días, pero una hermana de mi madre, la más joven de ellas, se turnaba conmigo en la cama supletoria de la habitación de la clínica para tranquilizar nuestras conciencias y asegurarnos de que no espiraba solo. Perdona que te cuente estas cosas un tanto siniestras, Esperanza, pero seguro que me dejarás utilizarte un poco. Hace dos días había yo vuelto a casa después de una noche extrañamente tranquila y me había quedado dormido después de asearme cuando esa tía llamó para dar la noticia. Volví a la clínica y no me fue difícil negociar con su director gerente que me permitieran llevar el cuerpo a casa, como si se tratara de llevarle a casa para que muriera entre los suyos y en su cama y no entre las esterilizadas paredes de la clínica. Por la tarde llegaría el médico de cabecera para certificar su muerte y yo iría la agencia funeraria en la que mi madre hacía años que iba pagando el seguro de defunción para que se encargaran de realizar los trámites del funeral y del enterramiento y redactar el texto de la esquela.

Poco recuerdo del funeral, pues yo ocupaba el primer banco con mi madre y otros familiares y a la salida no tuve tiempo de saludar a la gente que se acercaba a comunicar su pesar y transmitirnos sus condolencias, pues me apremiaba la funeraria para que nos desplazáramos cuanto antes al cementerio de la Ciudad, donde la familia poseía un panteón que ya casi estaba a rebosar, tal como me hizo saber el enterrador jefe con evidente delicadeza y respeto por el momento. El cura, que no sé cómo había llegado, leyó las preces correspondientes, lo que dio tiempo a la llegada de muchos amigos y parientes que acompañaron a algunos cánticos fúnebres mientras los empleados del cementerio levantaban el féretro para proceder a introducirlo en el panteón. Ese es el momento que yo elegí para depositar sobre el féretro una hoja del árbol de Guernica que desde hace tiempo había encontrado entre las hojas de un cuaderno de dibujos de mi padre, que reposaba sin ser utilizado no hace menos de veinte años en un cajón de su mesa de despacho. Nadie pudo ver lo que era y así mi padre fue enterrado con el mismo secreto que siempre había rodeado su figura. He dedicado varios días a acompañar a mi madre y recibir a las visitas, pero ahora que ya decae el flujo de personas que pretextan un conocimiento inexistente para entretener sus tardes, tengo que tomar las riendas de mi vida solitaria.

Ya he vuelto a dictar mis clases, sin corbata de luto por cierto, pero no he tenido ganas de retomar la organización de las meriendas intelectuales ahora que ya casi se acaba el curso. Pero ha llegado el momento de que nos veamos tú y yo, pues tenemos más de un asunto pendiente. Quitémonos de encima el asunto de la cátedra especial. Tenemos que reunirnos con los socios de tu marido. Me refiero a las autoridades académicas y a ti ya mi, quienes hemos convencido indirectamente estos señores de la Ciudad de que ya es hora de que se haga un gesto en favor de lo intelectual. Los Altos Hornos ya no brillan como solían en las noches claras, los astilleros no tienen una gran cartera de pedidos pues esta pequeña recesión se hace notar en el transporte de mercancías y la banca que sostiene todo esto tiene que repensarse su estrategia. Las noticias llegan sobre nuevos negocios que prosperan fuera relacionados con la gestión empresarial y con la consultoría, que pretende someter la práctica a la criba del pensamiento abstracto. Este sigue sin ser urgente en los pequeños negocios de máquina herramienta que florecen y exportan, pero quienes tienen sentido de estirpe miran más lejos en el tiempo y parece que parece que comienzan a interesarse no solo en la gestión y la consultoría sino también, y muy a pesar suyo, en el funcionamiento del sistema económico y en la manera de hacer política económica desde el gobierno, al que hasta ahora solo han mirado como ese obstáculo fácil de saltar para obtener licencias de importación y para favorecer los contactos internacionales que faciliten las exportaciones. Todo esto no es gran cosa y desde luego no tiene nada de divertido, pero es lo que me comprometí a hacer y gracias a ti, mi querida Esperanza, estoy a punto de conseguirlo. Quiero un premio y no me refiero a que podría llegar a ser un vicerrector muy joven. No, me refiero a tu compañía especial.

Todo lo mezclo y todo lo confundo. No podría encontrar trabajo en una de esas consultorías que brillan precisamente en la racionalización de los procedimientos de trabajo y de toma de decisiones. Esto es lo que me dirías tú y yo me dejaría reprochar la incoherencia, porque creo saber que esos reproches, lejos de alejarme de ti, me acercarían a esa faceta tuya que cada día en este curso ha ido aflorando en ti y que, si me lo permites, me recuerda a los contoneos de playa que hicieron nacer en mí la persecución de autenticidad por caminos extraños y rebosantes de misterios que solo tú y yo juntos podremos desentrañar. Te pedía una seña, pero su oportunidad no llegaba de momento a causa de la muerte de mi padre. Sin embargo ahora la necesito más que nunca pues me encuentro en una encrucijada. O bien aprovecho la ocasión que la nueva cátedra me va a proporcionar y me acerco a tu mundo dispuesto a trabajar para una jefe no bien definido pero fácil de identificar, o bien rompo definitivamente y, como mi padre, me escondo detrás de la indiferencia social para dedicarme a aventuras secretas de todo tipo. Puedo si quiero descansar en la rutina de mis clases, en el esfuerzo perfectamente describible de aportar al conocimiento y a aprovechar los congresos para continuar mi colección viciosa que, por cierto, tengo bastante abandonada en buena parte por tu cercanía que eleva un poco mi espíritu hacia cotas menos torpes.

Solo te pido que te acerques un poco más antes de que acabe el curso y me hagas saber que no juegas a esto, o bien que, como yo ansío, me des una prueba de tu espíritu libre y explorador que me haga concebir esperanzas que al menos me aturdan un poco en estos días de duelo.

«La muerte del padre» recibió 1 desde que se publicó el Miércoles 3 de Septiembre de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] casi definitivo utilizando algunas de sus partes como posts en este blog. El que subí ayer- La muerte del padre- no es el último, pero no voy a subir los que cierran la novela aunque ya estén escritos. Ahora […]

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