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La inestable conjura de los capataces

Nunca fui marxista. No entendía qué cosa era el materialismo dialéctico. Tampoco conseguí ver la lógica del descenso continuado de la tasa de beneficios. Después de estudios sesudos el problema de la transformación (de valores en precios) me pareció o mal planteado o trivial y la teoría del valor-trabajo un simple deseo bienintencionado de encontrar algo absoluto en el reino de lo relativo.

Y sin embargo la lucha de clases siempre me pareció obvia. ¿Cómo no entender que los propietarios tengan el deseo de quedarse con la propiedad de los que les ordenan cómo hacer todo? O si se quiere una formulación más beligerante ¿cómo no van a odiar los explotados a los explotadores? No sólo es que sea comprensible; sino que, en versiones menos económicas y más antropológicas, observamos todos los días algo parecido a la lucha de clases. Nuestra clase, o nuestra tribu, o los nuestros en general son lugares figurados donde nos sentimos cómodos, en donde puede florecer la fraternidad entendida como conjunto de normas de conducta compartidas y desde los que nos gustaría atacar y destruir a la clase dominante, o a cualquier tribu diferente con la que no hemos hecho alianza alguna, o a cualquier otra comunidad que no comparta nuestros valores. Nuestra clase nos protege, fuera de ella nos sentimos desterrados o desarraigados. Dentro de nuestra clase podemos sentir envidia; pero este sentimiento no existe entre clases. Entre éstas puede existir el odio pero no esa corrosión del alma que sólo se da ante lo cercano y familiar. Y, sin embargo, esa regla de falta de envidia entre clases se rompe en el caso de los capataces.

Incluso antes de conocer al Sorel del Rojo y Negro de Stendhal siempre me ha fascinado la figura del capataz. Pertenece al pueblo; pero la frecuente presencia en la casa del señor le ha familiarizado con las formas refinadas, con el bueno gusto, con la expresión verbal elegante y con las manifestaciones artísticas en lo doméstico. El capataz tiene acceso a lo bueno de la vida; pero no puede acostare con la hija del señor y mucho menos casarse con ella. El capataz envidia al señor que le niega a su hija y odia a su propia madre o a su buena esposa que le recuerdan sus carencias con su falta de sofisterías. Para él no hay descanso, el capataz no tiene patria y el ansia le corroe el alma. El Evangelio, no sé cuál, nos habló del capataz que como respuesta a la generosidad de su señor fustiga a su propio criado. Simenon oculta en la aparente bonhomía de Maigret el capataz apaciguado que ya no pretende arrebatar su lugar al señor; pero que no permitirá su impunidad: sus pesquisas y descubrimientos conforman su venganza. Marlowe, el detective de Chandler, exhibe el sentimiento ambivalente del capataz incluso en la sociedad sin clases de la América de la costa Oeste y Charlton Heston apalea al señorito Gregory Peck que, encima, se va a quedar con la hermosa Jennifer Jones que ni siquiera es hija del señor; sino su protegida, una especie de capataz hembra.

No es la figura del capataz cosa del cine o la literatura, o de la frontera americana o de una lluviosa ciudad del sombrío norte francés. En todo tiempo ha existido esta figura, desde el bufón a la hetaira. Y hoy es fácil de detectar. El catedrático no juega un papel muy diferente al del bufón medieval y como todos sabemos es quien lleva el taburete (cátedra) desde la que el señor imparte su doctrina. Las funcionarios de altura (desde los antiguos agentes de Bolsa a los Notarios de hoy pasando por abogados o economistas del Estado) son herederos de los pobres secretarios reales, siempre en presencia del Rey pero ocultando los agujeros de sus medias desgastadas por el uso. Se convierten en buenos partidos para las hijas de algunos señores; pero nunca podrán acceder al secreto de la vida buena que retiene al señor. Y los periodistas no están hoy muy alejados de la siempre presente hetaira que quizá recibe una estola de visión en pago de sus cuidados, estola que nunca podrá exhibir entre otras estolas en salones que le están vedados. Pero catedráticos, altos funcionarios o periodistas no agotan el listado de los capataces contemporáneos. Yo añadiría a abogados, procuradores, jueces, mayordomos, chóferes, porteros de hotel de lujo, conserjes de finca urbana aún sin mencionar a los curas que necesitarían un tratamiento específico debido a su doble militancia y cualquier otro practicante de trabajos que los marxistas llamarían no productivos y que sólo existen por la necesidad creada por el sistema de suerte que éste podría prescindir de ellos si cambiase realmente. De ahí su incapacidad de pertenecer a una masa popular que desearía dejar de serlo cambiando el sistema.

Un capataz, por lo tanto, envidia a su señor además de envidiar a los que, junto con él, podrían conformar una clase pero no la llegan a conformarla precisamente porque quieren salir de ella. En cuanto a las relaciones son su señor, sea este el Rey o el cliente, son siempre de odio y éste acaba manifestándose o bien en la lucha despiadada por el poder y por la excesiva soberbia una vez alcanzado, o bien en la malevolencia insidiosa y la inquina en el asesinato, real o figurado, de ese señor que ha impedido su acceso al poder. Muy a menudo la malevolencia propicia el asesinato (real o figurado) y la plaza que aquel deja vacante es ocupada por el impostor. Ni en uno ni en otro caso estará el capataz tranquilo en su engaño y cual Macbeth creerá ver enemigos vengativos por doquier. La paranoia es, en efecto, la enfermedad que simbólicamente representa la personalidad mórbida del capataz. Podrían refugiarse en una sana esquizofrenia (valga el oxímoron) que les permitiría vivir simultáneamente lo plebeyo y lo aristocrático; pero no saben hacerlo y su caldera interior a presión les lleva a ser incapaces de vislumbrar y crear su propia concepción del señorío; sólo quieren lo que el señor al que sirven representa, ante él se inclinan y para descargar su ira exigen a otros que se inclinen ante ellos. Son cobardes, de opinión cambiante y disfrazan de intransigencia moral su resentimiento. Y como todo este desbarajuste del alma les impide la mayoría de las veces satisfacer sus deseos ocultos de humillar al señor acaban acumulando más resentimiento.

Pero lo más grave no es la propia autodestrucción del capataz sino cuando, basados en una cierta concepción de la meritocracia se juntan para conseguir sus fines. Son entonces fervientes practicantes del reverso del dictum marxista de de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades. La capacidad de los capataces de hoy se supone y además se jalea por los cuerpos de Catedráticos, abogados del Estado o Notarios o por las asociaciones de periodistas, abogados o jueces; nadie como ellos acumula un tan enorme capital humano y eso les hace merecedores, a sus propios ojos, de que sus necesidades sean satisfechas. Y estas necesidades son siempre infinitas pues los capataces siempre carecen de todo si no lo tienen todo. Nada hay que detenga sus componendas, sus argumentos retorcidos o su tramposo uso de la amistad para lograr lo que creen merecer y para alcanzar su objetivo. Y esto por lo que dicen luchar, no tendría como finalidad última que se reconozcan sus méritos, sino que esos méritos apuntan al bien común de forma que su conjura no pretendería un sórdido apoyo mutuo sino garantizar la toma del poder para desde él moralizar a la sociedad y abrir a todos la senda que ellos han transitado.

Son estos capataces los que mezclan las aparentes buenas intenciones y la democracia es un populismo falsario, los que trascienden las clases para gavillar en un haz los intereses de los oficios, profesiones o sectores económicos, los que denuncian el procedimiento democrático como simplemente formal e incapaz de dirigir a las masas hacia su verdadera liberación. Son, en pocas palabras, los inventores y los mantenedores de ese virus fascista que anida en nosotros, nunca muere y se reactiva en cuanto las cosas se ponen tensas y las situaciones parecen no tener salida lógica.

Pero la trampa que su subconsciente les juega acaba pasándoles factura de forma que cualquier conjura que inicien siempre será inestable porque unos capataces odian a otros capataces simplemente porque se odian a sí mismos. Cualquier otro capataz es un testigo de mi indignidad de capataz, es un espejo que refleja el color bilioso de mi envidia y, en consecuencia, para satisfacer mi ansiedad, no tengo más remedio que acabar con todos los otros conjurados porque ellos me han visto y saben quién soy. La traición es el destino del capataz y, de manera sorprendente, la que nos libra del peligro para la salud convivencial de la comunidad que tienen estos paranoicos inconscientes. Su enfermedad nos libra del peligro de su conjura. Pero su falta de peligro serio a largo plazo no nos libra del envilecimiento que transpiran, la indignidad de su envidia y de su paranoia que puede volverse contra cada uno de nosotros. Y sin embargo …

Sí, al final no tengo más remedio que reconocer que, a falta de una revolución de la que nuestro país adolece, la paranoia del capataz, la misma inestabilidad de sus conjuras, las depuraciones internas a las que proceden entre ellos, son instrumentos no previstos de la circulación de las élites. Estas figuras repelentes, de poco fiar, traidores de diseño, acaban abriendo brecha para que se impongan algunas ideas novedosas que sin ellos jamás alcanzarían presencia pública. Sin su envidia a la clase superior, sin su odio a los que son como él, quizá nunca experimentaríamos la renovación de nuestra vida en común y acabaríamos pereciendo, como ciertas especies, por incapacidad de adaptación a un medio renovado.

¿Cómo preservar su potencia renovadora sin sufrir al mismo tiempo los efectos colaterales de su veneno?. Mi intuición es que frente a los paranoicos conjurados sólo cabe enfrentar los esquizos profesionales, esos que tienen siete vidas y siempre renacen para, entre otras cosas, denunciar a los capataces aun reconociendo su papel en la ecología humana. No soy pesimista pues frente al florecimiento de la conjura de los capataces que creo olfatear no sólo trabaja su pulsión autodestructiva; sino también los nuevos tiempos que, quizá por razones tecnológicas y científicas, propician hoy la generalización de personalidades esquizofrénicas.

«La inestable conjura de los capataces» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 3 de Marzo de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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