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La Imposibilidad de una Política Estabilizadora

Publicado en Expansión, martes 3 de marzo de 2009

Me gustaría en esta columna tratar de “probar” lo que su pomposo título anuncia: que no hay política económica estabilizadora posible. Es decir, la esperanza de alcanzar una cierta estabilidad económica mediante reglas establecidas por agencias públicas independientes y que suavicen el ciclo, disipen incertidumbres y faciliten la práctica empresarial, de aquí al final de los tiempos, es una esperanza vana.

La Gran Moderación era un espejismo. Esta fue la proposición de El Capitalismo que Viene (Planta 29, octubre 2008) que resalté, junto con sus corolarios, en su presentación y lo hice para que estemos preparados a resistir a los salvadores del sistema que caerán sobre nosotros con nuevas ideas sobre regulación, supervisión, intervención o, en general, sobre la política económica definitiva y, finalmente, sobre la conveniencia o la necesidad de derivar hacia un capitalismo más humano cuando no a un sistema totalmente alternativo. La “prueba” de la proposición requiere varios pasos y, a su vez, es fuente de corolarios interesantes.

Comencemos por resaltar la imposibilidad técnica de cualquier tipo de compromiso irrevocable por parte del Estado. Es este el que, como monopolista de la violencia, puede asegurar ante terceros la irrevocabilidad del compromiso de otros agentes económicos; pero nadie puede forzar al Estado. De ahí que toda política para ser creíble haya de ser intertemporalmente consistente. De lo contrario nadie se creerá las declaraciones de los responsables de esas políticas económicas a aplicar mañana porque cuando llegue mañana no irá a favor de sus intereses el aplicarlas. En consecuencia surgen las agencias independientes (como, por ejemplo, el Banco Central o la tan deseada Agencia Fiscal, independientes naturalmente) que hay que suponer que son intertemporal y enfermizamente consistentes. La proposición parecería refutada más bien que probada.

Pero ese no es el caso porque ya hemos sido testigos de que, cuando es necesario, el Banco Central se apiada de los pobres ciudadanos y deja que su consistencia se resquebraje. El problema es justamente que la delegación desde el Estado a una agencia independiente siempre puede ser revocada y, lo que es peor, que en esa tesitura inevitable siempre existirá la tentación de la captura. Para evitar la revocación o la captura solo cabe que esa política económica de la que estamos hablando sea, de hecho, un equilibrio evolucionariamente estable, es decir que sea una política alcanzada en el tiempo como resultado de un juego evolutivo en el que esa política acaba sobreviviendo sobre otras ensayadas y es tal que no se sale de ella aunque haya algunos agentes que desearían cambiarla. En efecto, la política económica de referencia tiene que cumplir los dos requisitos que definen la evolución darwiniana.

Claro está que cuando la política de que se trate es a prueba de mutantes, la autoridad que la pone en funcionamiento alcanza una reputación de firmeza ya que ha tenido que enfrentarse a otras políticas alternativas. Este parecería el último argumento necesario para rechazar la proposición que quería probar; pero no es así. He aquí el final de la prueba: ese equilibrio evolucionariamente estable y a prueba de mutantes cambia con el ámbito de actuación de la autoridad y su reputación se evapora o puede evaporarse en cuanto dos Estado se unen o se separan.

Esta especie de paradoja tiene su elucidación a través de la demostración, reproducida en El Capitalismo que Viene, de que el juego entre dos agencias independientes (el Banco Central y una Agencia Fiscal) solo puede sostener en su equilibrio una reputación de inflexibilidad e independencia de la política monetaria y la fiscal si ninguna de las dos agencias actúa de manera “fanática”.

Vayamos ahora con los corolarios que, como suele ser el caso, son más interesantes que la proposición. Como la reputación de las agencias independientes no es en general sostenible, siempre estaremos atrapados en un poco simpático capitalismo de amigotes (crony capitalism) con la presencia de diferentes grupos que, en una Sociedad de la Información y en presencia de las TIC, siempre estarán a la caza de las rentas que se generan con la captura del Estado o de las agencias en las que éste delega.

Lo interesante sin embargo no es este corolario poco halagüeño, sino la constatación de que son esa misma Sociedad de la Información y esas mismas TIC las que, después de haber hecho posible la apropiación de rentas por parte de un grupo garantizan que esa captura será efímera pues siempre hay otro grupo competidor que acabará desplazando al primero, lo que no deja de ser un consuelo.

La competencia, en efecto, funciona como tal consuelo porque es justamente la competencia por hacerse con rentas procedentes de la captura lo que lleva a la innovación, una actividad ésta que no tiene nada de lineal en contra de su descripción simplona. No funciona transitando ordenadamente desde la Investigación (I) al desarrollo (D) y a la innovación (i), sino que muy a menudo, el desarrollo exige una vuelta adicional por la investigación y ésta es a veces estimulada por una previa innovación. Pues bien, este proceso no lineal que da forma a la competencia, junto con una política económica estabilizadora que no se sabe si es discrecional o reglada, dan origen a un sistema dinámico que es complejo en el sentido de que su solución no puede ser reproducida por ningún algoritmo finito y de que sus condiciones iniciales no nos dicen nada respecto a esa solución.

En efecto, cuando se nos pase la resaca de esta recesión prácticamente global nos daremos cuenta de que la innovación financiera, tan denostada hoy, puede cubrirnos de casi todas las contingencias que no sean sistémicas y de que la igualdad de oportunidades estará sostenida por la posibilidad de que cada uno tenga sus 15 minutos de gloria lo que le permitirá hacerse con unas rentas suficientes como para poder vivir en su época pasiva.

Los que quieran mejorar el mundo deberán saber que el sistema capitalista no solo no es tan malo como ahora se le quiere pintar, sino que además puede contribuir a disipar rentas mediante la competencia. Ahora bien, se trata de un sistema complejo, de forma que cualquier intento de mejorarlo, aunque pueda conseguir algo, puede acarrear consecuencias inesperadas.

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