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La Goulue en Venecia

Notas y críticas de la Bienal de Venecia que parece recoger el lema «absorber la Modernidad»

Venecia neovenecianaMe equivoqué dudando, en el último minipost, del servicio que la Goulue me podría hacer en Venecia. Casi la he rellenado entera pues, arrastrado por una jóven arquitecta de pocos años, he recorrido no solo la Bienal de Arquitectura, que es a lo que íbamos, sino también muchos lugares ignotos de este lugar fuera del tiempo; y que, naturalmente me han obligado a tomar notas.

La ciudad se sigue hundiendo y los venecianos se van. Solo quedan aquellos, unos 50.000, cuya edad les permite todavía andar a saltitos entre los puentecitos algunos de los cuales sirven solo para acceder a un portalón de un palacete abandonado.Desde la última vez que estuve allí, con ocasión de la primera Summer School organizada por la FUE, yo diría que el desmoronamiento se muestra sin recato lo que no disiminuye el entusiasmo de las bandadas de turistas nórdicos todos más altos, más rubios y más viejos que yo.

Lo primero que me cuenta la Goulue es que en la fiesta previa a la apertura oficial de la bienal ofrecida por los americanos en la sede de la Colección Peggy Guggenheim y a la que gracias a unos amigos habíamos sido invitados, el glamour brillaba por su ausencia si por glamour entendemos algo más que el disfraz de arquitecto. Pero en cualquier caso fue una mágnífica introducción a la Bienal y me llevó a preguntarme qué tendrá esto de la arquitectira que atrae a muchos países a enseñarnos cada dos años algo de su trabajo arquitectónico de una u otra manera como ocurre con el arte en general o con el cine más en concreto.

Fue un buen comienzo aunque lo duro comenzó al día siguiente. Después de casi una hora de paseo llegamos a uno de los dos recintos-los Giardini- en donde están localizados la mitad de los pabellones, la otra mitad muy cerca -en el Arsenal. Y aquí comienzan mis notas.

En primer lugar tengo que mostrar mi entusiasmo por los Elementos de Arquitectura que se muestran en el Pabellón Central en los Giardini cuyo despliegue interior de Elementos de Arquitectura se debe al comisario general de la muestra, el gran Rem Koolhas. Desde el techo o el suelo hasta los muros o baños pasando por las rampas, los balcones y mil otros elementos, asistes, cada minuto más asombrado, a la deconstrucción de un edificio en sus componentes cada uno de los cuales es a su vez algo muy complejo cuya deconstrucción podría ser a su vez llevada a cabo. A la salida decidí comprarme una camiseta que exhibiera el lema que mejor representaba el elemento arquitectónico que me yo pienso me caracteriza: el muro. Puedo disfrazarlo de una u otra manera e incluso conseguir parecer como flexible, pero no puedo ni quiero engañarme, soy un muro cotra el que se choca y al que duelen todos los cabezazos que recibe.

Con es sensación no muy reconfortante proseguí la visita recorriendo pabellones más o menos cuidados y sugerentes pero que no pueden ocultar que te están mostrando representaciones de construcciones arquitectónicas cosa esta que no ocurre en una exposición de pintura o o en una muestra cinematográfica. De ahí el impacto que me casó el pabellón de Alemania que comienza a sorprender antes de entrar pues tiene un automóvil Mercedes en la puerta algo realmente inusitado en Venecia. Y la sorpresa es aun mayor cuando traspasas el umbral de la puerta principal y te encuentras con una verdadera casa o, mejor dicho, con el interior real y completamente desnudo de una vivienda cuyo exterior es el pabellón.

Este hecho diferencial me hizo pensar en cosas ajenas a la arquitectura. Pensé en efecto en la postura alemana sobre la cura de la Gran Recesión: nada de falsas salidas mediante formulas que no van a la esencia del problema. Lo que no quiere decir que los alemanes no puedan imaginar representaciones de la realidad que nos consuelan y nos conducen por caminos imaginativos. Esto se confirma en una exposición de las muchas que aprovechan la ocasión para exhibir representaciones proyectos arquitectónicos interesantes, en el caso al que me refiero fotos o maquetas de ideas para cambiar el pabellón de Alemania de forma permanente. Los alemanes se van ganando mi respeto sin prisa pero sin pausa.

Y hablando de cosas ajenas a la arquitectura tengo que confesar mi primera impresión desfavorable a la idea con la que entiendo los americanos plantean su presencia en esta bienal. Quieren mostrar la enorme influencia de la arquitectura ideada en los USA, realizada o no por ciudadanos de ese país, en el resto del mundo. Algo que huele a imperialismo. Pero luego te vas dando cuenta que este imperialismo no pretende serlo pues solo quiere mostrar la pujanza de una arquitectura documentando con todo cuidado la forma de trabajar de cientos de estudios ubicados en su territorio, cosa que, a su vez, plantea asuntos muy serios como por ejemplo la posibilidad de consideran a la construcción no solo como algo que puede tener interés general sino incluso mirarse como un bien público. Todo ello desemboca en la exhibición de cómo debería ser un estudio de arquitectura desde el punto de vista precisamente arquitectónico. Una actitud meta-arquitectónica que sorprende tanto por el estereotipo que nos hemos formado de su pragmatismo como, en consecuencia, por su planteamiento frente a la crisis que no ha sido tan simple como a veces se pretende.

Pero Venecia no acaba en la arquitectura de hoy (puente de Calatrava) o de ayer. Se puede volver a disfrutar de otras exposiciones permanentes como, por ejemplo, la de la Galeria de la Academia que ya creo conocer de memoria pero que siempre te activa el cerebro en una u otra dimensión. Esta vez me irritan los fondos medievales de las ilustraciones de la historia sagrada y me pregunto por las consecuencias de la no prohibición por parte del cristianismo de la figura humana a diferencia de los musulmanes o los judíos. A mi juicio esa permisividad cristiana pone en peligro la fe y fomenta la adoración acrítica. No hay que sorprenderse pues por los éxitos mundanos del cristianismo como religión organizada ni tampoco por la fragilidad de la fe que no ha hecho sino decaer desde los místicos hasta nuestro tiempo.

Desgraciadamente tengo que terminar estos comentarios propiciados por las notas que tomé en La Goulue con un rechazo frontal a la máscara como signo del carnaval que también identifica a Venecia. Ya es hora de que los que admiramos la historia comercial de Venecia y su consiguiente cosmopolitismo demos un paso adelante en defensa de la idea de multipersonalidad sin máscara de ningún tipo. Esto es lo que sería sin duda ese «Absorber la Modernidad» que parece ser el lema de esta Bienal.

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