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La firme crueldad de las Iglesias

No me quiero referir exclusivamente al fenómeno religioso pues no todas las religiones tienen iglesia y no toda iglesia es religiosa. Sí quiero referirme a las parroquias, sectas o capillitas, que, como carecen de razones generalmente aceptables para creer lo que dicen creer o para obrar como obran, no pueden evitar la incertidumbre en la que se mueven sus miembros y tratan de exorcizarla mediante ceremonias de excomunión que llaman la atención por su crueldad y por su inflexible empecinamiento irreversible.

Recuerdan en su actuación a aquella escena de una película de Glauber Rocha (creo recordar que su título en castellano era “Dios y el diablo en la tierra del sol”) en la que Dios mostraba su superioridad evitando ayudar a un pobre hombre que, como Sísifo, arrastraba una enorme piedra que con su peso le hacía tropezar como Cristo con su cruz a cuestas camino del Gólgota. No hay nada como la crueldad arbitraria para mostrar la superioridad de un ser no sujeto a la debilidad de la piedad y para anunciar que, como sin duda estamos frente a algo que transita más allá de la comprensión racional y por parajes cercanos al misterio, más vale rendirse cuanto antes y a la creencia que intentar desvelarlo o denunciarlo.

Sin embargo la crueldad de las capillitas quizá resalta con mayor nitidez en situaciones más cotidianas y menos extremas que refractan distorsionadamente la verdadera crueldad, disfrazada no solo de tolerancia o de comprensión hacia el disidente; sino, a veces, incluso de aparente apoyo a la tarea del denunciante de la retórica falsaria con la que se enuncian los misterios salvíficos. Se trata de situaciones como las que pueden llegar a ocurrir en el seno de matrimonios en los que el marido, pretendidamente moderno y tolerante, utiliza a su estupenda señora como señuelo para hacerse con una pieza de caza mayor y la coloca en situaciones en las que el coqueteo frívolo, mundano y remunerador corre el peligro de convertirse en pasión adúltera. Pero si esto último llegara a pasar, el marido, miembro de la parroquia de los posesivos, encierra a su mujer para siempre dentro del domicilio familiar.

Pues bien, los científicos condicionados por cualquier creencia militante, tampoco permitirán que la libre especulación llegue a amenazar la fe que les sostiene, de la misma forma que el marido aparentemente liberado no permite que su esposa sea vista con otro en el foyer de un hotel de lujo de cualquier ciudad. Y si la amenaza se hace peligrosa encerrarán al agnóstico fuera, a la intemperie. En ambos casos, esposa utilizada y librepensador aparentemente aceptado, se verán excluidos de la comunión de los se protegen de la incertidumbre inquietante.

Estas reflexiones sobre un fenómeno tan antiguo como el mismo mundo, me vinieron a las mientes ante dos actitudes grotescas que tuve el privilegio de contemplar en un reciente coloquio sobre filosofía de la ciencia.

Imaginen un energúmeno que, además de ser un matemático reconocido, cree ser un matemático solo comparable a Gödel o a Turing y que afirma pertenecer a un movimiento (especie común de iglesia) al que pertenece gente que, como el Wolfram de Hacia una Nueva Ciencia, afirman haber dado con la clave de toda una visión del mundo al comparar a éste con un programa de ordenador formado por la colección de todos los algoritmos finitos en los que podamos pensar y que pondría de manifiesto el máximo grado de complejidad, palabra fetiche ésta última donde las haya.

Afirmaba este hombre entusiasta y fornido que esta nueva matemática computacional captura y supera cualquier otra forma de matemática preexistente ante la que expresaba dos tipos de opiniones contradictorias. Si no le asustaba la califican de admirable, pero si parecía amenazarle, la motejaba de sinsentido. En el caso que me ocupa el energúmeno condenaba insultantemente antiguos teoremas del punto fijo de funciones de un conjunto compacto en sí mismo que han permitido a los economistas probar teoremas de existencia de un equilibrio en un sistema de mercado. Ignoraba o no le parecía relevante, al llenarse la boca de la palabra complejidad, que el Instituto de Santa Fé, dedicado al estudio de ésta, fue creado, entre otros, por un economista (Arrow) que ha utilizado inteligentemente esos teoremas del punto fijo para perfilar ideas que ejemplifican justamente la complejidad.

Detengámonos un instante y pensemos en un mercado de valores, entendido como una parte de un sistema capitalista determinado y representado por una interpretación dinámica de un modelo de equilibrio general competitivo, que nos hace ver de forma palmaria un ejemplo de complejidad comprensible por todos los lectores diarios de las cotizaciones bursátiles. Un simple economista que asistía asombrado al coloquio se lo hizo ver y solo consiguió percibir los bufidos irritados y lejanos de un monstruo exaltado que acababa de exhibir la cubierta de su próximo libro para recomendar su compra. Este hombre que parece ha escrito cosas interesantes sobre probabilidades, podía resultar ridículo y antipático; pero no cruel.

Creo que no necesitaba serlo porque su iglesia, el movimiento al que dice pertenecer como fundador, no ha alcanzado el suficiente desarrollo. Volveré sobre esta desmesura más adelante para tratar de describir una versión más simple aunque menos inocua. Pero antes describiré la segunda actitud grotesca de la que fui testigo.

La primera desmesura que acabo de describir palidece en efecto ante la que fue perpetrada por el presidente de mesa de la última sesión. Este hombre no es un energúmeno; pero dicen que perteneció en su día a una secta religiosa y es fama que hoy es un católico integrista. Pues bien, este personaje procuró de todas las formas posibles, desde los cuchicheos molestos hasta la ostentosa falta de atención, estropear la presentación del economista citado que, llegado su turno, hablaba de la economía del conocimiento científico y que, para su desgracia, había intervenido reiteradamente a la contra afirmando con contundencia, y entre otras cosas no menos molestas, que la estrategia investigadora que sigue el movimiento (otra vez una iglesia o similar) centrado en el “diseñador inteligente” es incorrecta y que, en general, había mostrado escaso respeto a la autoridad del caballero integrista que pretendía dotar de respetabilidad a esta versión retorcida del creacionismo.

¿Cómo interpretar que su tiempo de exposición fuera recortado a la mitad y que el micrófono le fuera prácticamente arrebatado de las manos para sustituirlo por una arenga final vacía y una invitación a asistir a misa?. La única posible interpretación me parece transparente: se trataba de excluir al diferente.

La primera desmesura que he reseñado es tan patética que produce hilaridad y hasta un poco de pena. La segunda, que también puede dar risa, es de una crueldad innecesaria y de una firmeza tan obcecada que no prestigia a quien la practica; sino que le condena a repetir siempre lo mismo y a conducir a su iglesia, a su secta o a su capillita a una muerte segura y a sus parroquianos a la irrelevancia.

Para completar este comentario centrado en la caracterización de la crueldad de las capillitas, ya sea esta crueldad liviana o rotunda, me gustaría referirme a una versión de la primera desmesura comentada y que consiste en el presuntamente sutil y refinado arte del insulto a quien no pertenece a la capillita y llega incluso a enfrentarse con la “verdad” con la que se define a sí mismo un cierto círculo de iluminados. Un ejemplo reciente es especialmente significativo.

Un columnista, perteneciente al club de los que ven con claridad meridiana la inconsistencia, poca sustancia e incluso estupidez del Presidente del Gobierno, arremetía contra Suso de Toro, su presunto pensador de cabecera, y de cuyo reciente artículo en otro periódico se hacía eco. A diferencia del matemático pantagruélico, nuestro columnista no afirmaba el retraso mental de quien no le comprendía a él, sino que dedicaba a Suso de Toro finas pullas como las que ahora parafraseo.

“Este tal Suso, que se firma a sí mismo como escritor, llega incluso a admitir que hay quien siente a España como su nación y no habla de nación sino que se desborda en el uso de la palabra imaginario sin mencionar nunca la Constitución. Su raquítico título académico como licenciado en Arte no le da derecho a expresar las opiniones políticas que escribe en ese ensayo periodístico a pesar de que parece que ha recibido algún premio a sus novelas de calidad dudosa“.

Y como este argumentario impecable demuestra que el tal Suso no merece ningún tipo de apreciación queda a su vez demostrado, como corolario obvio, que Zapatero es un peligro público. La crítica es evidente. Incluso si el Presidente fuera ese descerebrado que el columnista nos quiere presentar, no se seguiría que Suso de Toro sea el pobre desgraciado que describe. Es una falacia de la misma naturaleza, aunque más burda, que la del matemático bárbaro que tachaba de birria despreciable una rama de la matemática que no está a la altura de la que él ha contribuido a crear.

Me doy cuenta que el lector puede pensar que yo he incurrido, al exponer la primera desmesura, en la misma falacia que he tratado de denunciar en la columna que denigraba a Suso de Toro. Sin embargo hay diferencias. Mis insultos no son finos ni atildados y van acompañados de razonamientos, justo esos que brillan por su ausencia en la lapidación de Suso de Toro. Y, por lo tanto, creo no resultar cruel, o no ser solo cruel o serlo solo cuando es estrictamente necesario y, en cualquier caso, nunca serlo de manera irreversible.

«La firme crueldad de las Iglesias» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 20 de Octubre de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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