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La diversidad revisitada

Publicado en Expansión, en junio de 2005

Hace un par de años escribí un pequeño ensayo que titulé La Diversidad como Señal. Hoy me gustaría volver a visitar la noción de diversidad, recordar una cierta métrica que permite medir la de un conjunto cualquiera y añadir algunas consideraciones en relación a la complementariedad que suele atribuirse a los elementos de un conjunto diverso, así como a la noción de renta que quizá pudiera tener alguna conexión con la de diversidad.

Recordemos que K.Nehring y C. Puppe, en su A Theory of Diversity (Econometrica,70,3, mayo 2002, pp.1155-1198) prueban que, bajo la vigencia de ciertos axiomas más o menos familiares para un economista, existe una función de diversidad cuyo valor esperado puede entenderse como el grado de diversidad del conjunto al se aplica esa función y que, en consecuencia, puede ordenar los subconjuntos de acuerdo con su grado de diversidad.

Pensemos, como ejemplo, que hemos aplicado la métrica de Nehring y Puppe a todas las CC.AA. de España y que hemos descubierto que Extremadura es menos diversa que Andalucía. ¿Qué nos dice este resultado de la medición de la diversidad? En realidad muy poco y ello muy poco firme. Podríamos interpretarlo como relacionado con los costes de transacción. Puesto que, en el ejemplo, Extremadura es menos diversa que Andalucía podríamos conjeturar que los extremeños son más homogéneos que los andaluces (en algún sentido dependiente de la construcción de la función de diversidad), que, en consecuencia, el nivel de confianza mutua quizá sea mayor en la primera Comunidad que en la segunda y que, como conclusión, los costes de transacción también sean menores en Extremadura, facilitando así los negocios y la creación de riqueza en comparación con Andalucía.

Con este mismo escaso nivel de firmeza podemos ahora aplicar la noción de diversidad y su medida a otras nociones económicas no menos interesantes que los costes de transacción. Comencemos por la idea de complementariedad, pero no entre bienes como se enseña en primero de carrera, sino entre personas y contrastémosla con la de sustituibilidad también entre personas. Si todos los extremeños fueran idénticos entre sí difícilmente podrían configurar equipos de trabajo pues estos equipos exigen complementariedad en una o varias dimensiones. Para crear riqueza los extremeños intentarían crear empresas o grupos de trabajo con andaluces. Estos últimos, que son más diversos en nuestro ejemplo, quizá no necesitaran asociarse a ningún extremeño. Estos son sustitutivos entre sí, mientras que los andaluces serían en parte complementarios y en parte sustitutivos entre sí.

Nos encontramos por lo tanto con que, si bien en Extremadura los bajos costes de transacción propician la creación de equipos productivos, su homogeneidad hace de los extremeños factores productivos sustitutivos con lo que los equipos de trabajo que se pudieran formar serían muy poco productivos. En Andalucía por el contrario esperaríamos el surgimiento de grupos de trabajo más productivos formados por andaluces diversos a pesar de que el coste de transacción de formarlos fuera relativamente alto.

Exploremos ahora la relación entre la diversidad y la tradicional idea técnica de renta. Esta renta, como la de la tierra de la que hablaba el clásico David Ricardo, es lo que gana un factor de producción por encima de lo que podría ganar en su trabajo alternativo mejor remunerado. Si el uso alternativo de mis anegadas dedicadas a la naranja consiste en un circuito de karting (una atracción cuyo beneficio es muy bajo) lo que gano con la naranja tiene un gran componente de renta. Claro que si hubiera muchos huertos de naranjas como el mío, la renta de la que hablo descendería hasta coincidir con su coste de oportunidad. La razón, naturalmente, es que la renta está asociada a la escasez.

Pues bien, si vuelvo a mi ejemplo de las dos Comunidades Autónomas, puedo decir que el extremeño como factor productivo no llegará a apropiarse de ninguna renta, pues no es escaso debido a que un extremeño es idéntico a otro extremeño (en el ejemplo). Sí lo conseguirá algún andaluz, aquel que tenga menos sustitutos. El andaluz que tenga unas características complementarias a las de otros andaluces y más escasas que la de esos otros, acabará apropiándose de una renta sustancial.

En estas circunstancias ¿qué preferiría yo, ser extremeño o ser andaluz? Con lo dicho hasta ahora es imposible dar cumplida respuesta a este interrogante porque ni siquiera es equivalente a la pregunta de si preferiría yo ser “pobre como todo el mundo” o “el rico de la zona” y no lo es porque no hemos tenido en cuenta ningún tipo de valor absoluto de ganancias o de rentas, entre otras cosas porque también juegan los costes de transacción a los que me he referido más arriba. ¿A qué viene pues toda esta disquisición sobre diversidad, complementariedad y renta? Pues viene a cuento de dos reflexiones tangenciales que quiero hacer y que no se entenderían sin todos los comentarios previos que he realizado hasta ahora.

Según noticias periodísticas generales, el pasado miércoles 10 de mayo el Rey presidió la reunión anual del patronato de la Fundación pro Real Academia Española y afirmó que “el arraigo de la lengua española tiene en su diversidad su más firme garantía de unidad“. Reconocerán que se trata, para muchos, de una afirmación difícil de entender pues diversidad y unidad parecerían, para esos muchos, conceptos antitéticos. Y, sin embargo no lo son si atendemos a las disquisiciones anteriores.

Es mucho más fácil que Extremadura se fracture, ya que cada extremeño estará exactamente igual que antes de la fractura sea cual sea la parte en la que le toque quedarse, que que lo haga Andalucía porque, en este caso, la fractura hace perder a algunos: el que solo alcanzaba su coste de oportunidad se quedará como estaba, pero el que ganaba una renta corre el peligro de perderla. Es imaginable que éste último esté dispuesto a contribuir a la “compra” de la unidad andaluza. Pues bien esto hace que no solo entendamos la afirmación del Rey, sino que además podamos pensar que tiene razón ya que hemos supuesto que Andalucía era más diversa que Extremadura. En efecto, en la homogeneidad total no hay rentas; pero en la diversidad puede haberlas y su existencia trabaja a favor de la unidad.

Para terminar voy a exponer una segunda reflexión tangencial sobre diversidad y supervivencia. De lo que acabo de decir en los párrafos previos se desprende que la diversidad no solo refuerza la unidad; sino también que esa unidad reforzada será más duradera y resistente frente a algún ataque. En el caso del lenguaje podríamos decir que la diversidad no solo garantiza la unidad de la lengua española; sino que hace de ésta algo muy resistente al ataque de, por ejemplo, otro idioma como el francés o el inglés por mencionar los poderosos del entorno. ¿Por qué? Para utilizar un ejemplo explicativo que provenga de la otra punta de España me atrevo a decir que si todos los donostiarras acabaran hablando francés, un suponer, los bilbaínos se aferrarían al castellano. Cuestión de rivalidad quizá; pero sólo en este suponer.

Es posible, y así lo creo yo, que haya algo más profundo en la resistencia asociada a la diversidad. Quizá esta resistencia tenga una naturaleza parecida a la de un relé que salta cuando hay peligro de cortocircuito, o al funcionamiento de una red de transporte muy tupida, que permite que siempre se pueda alcanzar el destino deseado a partir de cualquier origen aunque haya accidentes que inutilicen parte de las vías, o al Gran TeCan que consigue un enorme alcance gracias al gran diámetro de su lente que, sin embargo sería muy frágil si no fuera porque está hecha de pequeños espejuelos que actúan coordinadamente.

Y aquí dejo ya de especular (otros pensarán que de desvariar) para que nadie diga: “Juan ya ha vuelto a beber“. No, no he bebido; pero creo en las ventajas de la diversidad.

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