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La diversidad como señal

K. Nehring y C. Puppe abren su A Theory of Diversity (Econometrica, 70, 3, Mayo 2002, pp. 1155-1198) con la siguiente cita de la Summa contra Gentiles, III de Santo Tomás de Aquino: “Un angel es más valioso que una piedra. No se sigue, sin embargo, que dos ángeles sean más valiosos que un ángel y una piedra“. ¡Casi dos siglos de teoría del valor para que luego el tomismo resurja y la ponga en duda!

¿Es posible que los precios no reflejen ya sólo la escasez?; ¿debería el precio de un bien reflejar, al menos en parte, lo que ese bien aporta a la diversidad del conjunto de bienes disponible?; ¿depende, por lo tanto, el precio de un bien de ese conjunto? Estas preguntas, o mejor dicho su falta de contestación, reflejan que no sabemos muy bien cómo integrar la idea de diversidad en la teoría del valor. Y como esta última es el corazón de la Teoría Económica parecería que, de repente, no sabemos en dónde estamos. A mi parecer la amenaza de extravío es real y el trabajo de los autores citados, junto con sus escasos precedentes, no hace sino comenzar a enfrentarla. Prueban, en efecto, que bajo la vigencia de ciertos axiomas, más o menos familiares para los economistas, existen unas denominadas funciones de diversidad cuyo valor esperado puede entenderse como el grado de diversidad del conjunto al que se aplican y que, en consecuencia, pueden asimismo ordenar cualquier subconjunto de acuerdo con ese grado de diversidad.

¿Y? ¿Qué ganamos sabiendo por ejemplo que los andaluces son más diversos que los extremeños, en caso de que lo fueran? En las coordenadas culturales que hoy parecen utilizarse para casi todo y que se reflejan en el canto al mestizaje, la llamada a la preservación del pluralismo o la elegía, quizá excesiva, del multiculturalismo, podríamos decir que Andalucía es mejor (más valiosa) que Extremadura. Una interpretación biologicista nos diría que en esa primera región hay más posibilidades de mejora genética que en la segunda. Una interpretación económica sería más ambigua. Por un lado los extremeños se entenderían mejor entre ellos que los andaluces entre ellos, pues los primeros serían más homogéneos; pero, por otro lado, la mayor heterogeneidad de estos últimos daría más juego a las complementariedades productivas.

Pero el poseer una propuesta de métrica de la diversidad tiene ventajas adicionales. Pensemos, en el campo de la filosofía política, en una discusión reciente sobre Nacionalismo que ha tenido lugar en las páginas de Isegoría entre Ulises Moulines (nº 24, 2001) y Aurelio Arteta (nº 26, 2002). Sin una métrica específica de la diversidad no podemos comparar con un mínimo de rigor la aplicación de los dos principios a priori que separan crucialmente a ambos filósofos: el Valor Intrínseco de la Pluralidad del Ser (VIPS) frente al Valor Intrínseco de la Unidad del Ser (VIUS). VIPS le sirve a Moulines para pedir que cada una de las 600 naciones de este mundo tengan su estado (nacional) y VIUS justificaría a Arteta para esperar que esas 600 naciones (si admitiera su existencia) acabaran integradas en un único estado universal. Mi percepción de los prestigios culturales del momento, puestos de manifiesto por las coordenadas culturales a las que me he referido en el párrafo anterior, me llevaría a apostar más por Moulines que por Arteta pues creo que el principio VIPS sintoniza mejor con la concepción plana, o posmoderna, de la realidad.

Pensemos ahora en una segunda aplicación de la idea de diversidad, en este caso al campo de la filosofía de la ciencia. El arrogante impulso moderno de la búsqueda de una razón última en la naturaleza va dejando paso poco a poco a una desenfadada fiesta posmoderna que no cree en el reduccionismo y sí en lo que, bajo la denominación de propiedades emergentes, representa la afirmación de que cada cosa tiene su cosa. Si el monoteísmo científico moderno creía en el espesor de una realidad que hay que perforar, el politeísmo posmoderno vislumbra más bien una superficie plana inmensamente grande que hay que ir descubriendo. Disciplina contra orgía, en esa oposición veo yo el interés del asunto de la diversidad aplicado a la reflexión sobre la ciencia. La orgía, biológica o social, me gusta mucho más que el rigor de la disciplina. Veo la ciencia moderna como una compañía petrolífera jerarquizada y a la ciencia de hoy (¿posmoderna?) como un grupo de desorganizados pioneros viajando hacia la frontera virgen del Oeste para hacerla habitable.

Creo, efectivamente, que la noción de diversidad además de plantear problemas técnicos intrincados, tal como podrá certificar el que se acerque al trabajo de Nehring y Puppe, pone seriamente en jaque algunas certidumbres teórico-económicas que habrá que revisar y puede llegar a conformar un instrumento utilísimo para la reflexión de economía política, para el análisis político en general, para la política científica y, si escuchamos a Santo Tomás de Aquino, hasta para la teología. No es fácil ni cómodo tratar de tomar postura ante una noción con tatas implicaciones potencialmente novedosas y conflictivas intelectualmente. Como reacción ante esta perplejidad voy a tratar, para terminar, de complicar un poco más la cuestión.

Quizá quepa imaginar que la diversidad que lleguemos a percibir, e incluso a medir con precisión, no agote su sentido en constituir un signo de distinción de un colectivo, o que una mayor diversidad no refleje solamente una valoración más alta de ese colectivo. Es posible que podamos echar una mirada lateral al concepto desde una perspectiva económica relativamente novedosa pensando en la diversidad como una señal. Para explorar esta perspectiva, y como la noción de diversidad es probablemente muy dependiente de la naturaleza del conjunto al que se aplica, pensemos en concreto en un conjunto de ciudadanos o de científicos. Mi propuesta es considerar una mayor diversidad como la señal de que, en el conjunto de que se trate, se ha librado una batalla por encontrar formas de convivencia novedosas o verdades ocultas (es decir tesoros) más virulenta, febril y desordenada que la librada en otro conjunto menos diverso, y que, en consecuencia, es más probable que encontremos la mejor fórmula de convivencia o la proposición más verdadera en el primer conjunto que en el segundo. Si el paisaje después de la batalla refleja una mayor diversidad es porque se han dilapidado recursos para la obtención de los tesoros que buscamos y esta dilapidación da la medida exacta de la señal que nos indica que, si buscamos una buena fórmula de convivencia, busquémosla en una sociedad hoy diversa y que si buscamos la verdad, busquémosla entre las comunidades científicas menos homogéneas. Y ello porque el mayor gasto que la mayor diversidad refleja es un indicador claro de una mayor voluntad de encontrar los tesoros y, consecuentemente, de la probabilidad de encontrarlos.

Quizá la propuesta que acabo de hacer para complicar un poco la noción de diversidad y para enriquecer las perspectivas desde donde puede ser entendida, sea más intuitivamente aceptable si comparamos la naturaleza y la sociedad como dos conjuntos de elementos que muestran diferentes grados de diversidad, siendo la naturaleza aparentemente más diversa que la sociedad. Esta mayor diversidad de la naturaleza no es sino el reflejo o la huella de que la evolución natural es mucho más virulenta, febril y desordenada que la evolución social. La primera dilapida recursos al explorar desordenadamente y un poco al azar cualquier dirección mientras que la evolución social es una exploración de la posibilidad de la vida en común más económica y razonable, a pesar de los errores y revoluciones fallidas que también se observan.

Pues bien, mi propuesta implica que hemos de creer que la naturaleza acabará dando con una fórmula de vida (aunque no se la mejor) con mayor facilidad que la que la sociedad parece exhibir en su intento de encontrar una fórmula aceptable de convivencia. Si con esta comparación entre la naturaleza y la sociedad como formas alternativas de búsqueda de tesoros he conseguido convencerles de que la diversidad podría ser como una señal, convendrán conmigo en que posiblemente merece la pena dejar que ella nos guíe en la búsqueda de la verdad o del secreto del buen vivir. Yo, desde luego, pienso dejarme arrastrar por ella como si la diversidad, además de una señal, fuera un guiño de una mujer irresistible.

«La diversidad como señal» recibió 1 desde que se publicó el Miércoles 9 de Abril de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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