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La desaparición del chatarrero original

De vuelta de París creí haberme recuperado del brote de paranoia que me hizo huir. Habiéndose ya zanjado la incertidumbre sobre el destino de Sortu a favor de la tesis de Rubalcaba pensé que ya no tendría que preocuparme de decidir cada mañana y cada tarde el camino por el que voy de casa a la oficina o al revés jugando con las dos crescents que se me ofrecen, la primera con la concavidad al este y la segunda, después de cruzar una calle orientada este-oeste, con la concavidad hacia el oeste.

Pero hoy, durante lo que creí iba a ser un paseo placentero, he encontrado en esa calle la chatarra irrecuperable de los restos de un coche incendiado. Alguien había perpretado la quema y ese alguien u otro alguien había arramplado con la chatarra. Y esto, lo mismo que otros signos raros anteriores a mi huída han vuelto a ponerme muy nervioso pues, de repente, me han traído a la mente una inconguencia que se me había pasado.

En efecto, es bien cierto que estoy acostumbrado a escuchar la insoportable voz de un chatarrero que cada quince días canta sus servicios ofreciendo a las señoras del barrio hacerse cargo de “hieros viejos, cocinas neveras…” y así hasta terminar una letanía más larga que el propio rosario. Pero ahora caigo que un par de días antes de la huída esas letanías se habían simplificado y solo se oía como un lamento de cante jondo arrastrando un grito lastimoso de “el chatarrero” sin especificación de los utensilios apetecidos.

No le dí importancia y pensé que al menos el nuevo y desagradable portavoz de la industria de la chatarra ya no se dirigía solo a las señoras. Pero al ver lo que quedaba de un vehículo quemado a menos de doscintos metros de mi casa se me nubla la mente. No sé qué pensar. Quizá el espía de las gafas de sol y la falsa guardia civil de hace como ocho días se habían desecho de alguien que, con mi total desconocimiento, me guardaba las espaldas o quizá esa alma buena había sucumbido a mis perseguidores.

Me temo que no hay duda, es un aviso y debía haber sido capaz de detectarlo nada más volver. El chatarrero falso se había librado del desgraciado de la letanía y habían qumado un coche como un aviso claro dirigido a mí de que “se han quedado con mi cara”. El terror me nubla el raciocinio, pero creo que no tengo más remdio que encerrarme en casa y acumular sillas y burtacas detrás de cada puerta.

Menos mal que hoy, ingenuamente, he ido a la compra como si yo fuera un ciudadano fuera de toda sospecha y me he aprovisionado generoamente. Me parece que voy a decir a todo el mundo que tengo un brote de neumonía y que debo permanecer en cama mientras, de hecho estaré apostado detrás de las cortinas vigilando la posible aparición de estos perseguidores que, sin duda alguna, solo esperan la orden de ejecución.

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