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“La ciencia en tiempos revueltos” revisitada 5: Las condiciones

Decía ayer que hay condiciones bajo las cuales la ciencia privatizda puede funcionar al margen del espíritu sacerdotal que se atribuye a la ciencia. En su día decía que iba a mencionar “dos de esas condiciones, las dos más sorprendentes y, desde luego ambas “heréticas”. Continuaba aseverando que:

Lo primero que se necesita es, más acá de ese espíritu sacerdotal, atreverse a ser herético y renunciar de manera general a esa escasez artificial que se llama genéricamente propiedad intelectual.

Resulta que esto es un tema actual por la guerra abierta por la Ministra Sinde (quien me dicen que anes de guionista, directora y Ministra trabajó para la industria musical) entre “creadores” e internautas a propódito de las descargas de webs que descargan contenidos protegidos por el derecho de autor. Y resulta también de que esta discusión en la que me meto muy a menudo parece un diálogo de sordos. Los protegidos solo quieren entender que la Ley les protege y rechazan entrar en el juego que me interesa, el de imaginar un mundo sin propiedad intelectual.

Vemos lo que sería un mundo así o, lo que es lo mismo, lo que es el efecto de esa posible renuncia.

Esto, que parecería una vuelta a ese espejismo de una ciencia pura e incontaminada, es más bien lo contrario. Como los descubrimientos son secuenciales, las patentes retrasan la creación de conocimiento o su explotación justamente porque conceden monopolios temporales que, como se sabe, son la antítesis del libre mercado y porque dan origen a comportamientos oportunistas.

A los que no quieren entender debería interesarles saber que:

La evidencia empírica, además, hace ver con bastante claridad que los incentivos a, crear, hacer ciencia o innovar, no decrecen dramáticamente en ausencia de esa protección artificial en los mercados más relevantes

Es como si ahora todos hubieran aprendido el argumento de Arrow justo
ahora que surge otro más ajustado:

La manera tradicional de pensar de los economistas está en entredicho y no puede ser seguida sin pensarlo un poquito aunque parece que hoy la mismísima Universidad despierta a la explotación de los resultados científicos.

Ahora paso a la segunda condición que facilitaría el buen funcionamiento de la ciencia privatizada. Como es todavía más herética que la primera su exposición requiere bastante espacio:

Aunque no hubiera patentes hay otras formas de acabar con la competencia, noción ésta distinta de la de mercado, pero responsable principal de la capacidad de generar riqueza que se atribuye, y con toda justicia, a ese libre mercado. Paradójicamente esas formas “tóxicas” son aquéllas que se supone reflejan precisamente esa competencia. Pensemos en los rankings bibliométricos basados, por ejemplo en el índice w, índice que alcanza un científico que ha publicado w trabajos que han sido citados al menos 10w veces. Al igual que las patentes y a pesar de la sabiduría convencional (que diría que estimulan la competencia entre científicos y la innovación intelectual) estos rankings corren el peligro de contribuir a cegar la fuente de la creatividad. Así como el monopolio es bueno para su titular y malo para la sociedad, los rankings bibliométricos pueden ser útiles en muchos sentidos, y especialmente para contratar investigadores, pero pueden ser mal utilizados de forma que redunden en la polarización de las preocupaciones dejando en sombra problemas serios y quizá más intelectualmente productivos al tiempo que condicionan el poder académico, y de cualquier otra naturaleza, por razones espúreas.

Y así llegaba auna conclusión obvia:

Con esos dos tiposde apoyos artificiales los científicos corren el peligro de adocenarse, de convertirse en tristes oficinistas poco honestos unos con otros y sin verdadera apreciación por la creatividad y el “eureka”.

Y añadía lo que era realmente una profecía que se ha cumplido tal como hemos visto en la reacción de los científicos a los ajustes presupuestrarios:

en buena parte, eso ocurre porque no tienen el contraste del mercado. Si se la proporcionamos les convertiremos en ciudadanos más libres, en científicos más productivos y en personas más contentas consigo mismas pace Einstein. De ahí la importancia del nuevo Ministerio al que, en todo caso y especialmente si se deja convencer por mis argumentos, no le auguro una vida placentera. Y es que tiene que romper con la “dependencia del recorrido” propia de las comunidades científicas.

Y así termino esta segunda visita a la ciencia en tiempos revueltos subrayando que no podía saber yo hasta qué punto estaba yo en lo cierto.

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