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La Ciencia en Tiempos Revueltos

Publicado en Expansión, martes 2 de diciembre de 2008

A pesar de ese optimismo respecto a la crisis y de ese deseo de hablar de asuntos menos tenebrosos que expresaba en mis dos últimas entregas en Expansión, parece que no tengo más remedio que seguir pegado a esa realidad turbulenta que no acaba de asentarse aunque, advierto, pienso hacerlo de una manera tangencial que me permita tomar distancia. Hablaré pues de la ciencia en tiempos revueltos.

Escribir sobre una cuestión así parecería romper la cadencia de mis escritos sobre la crisis; pero de hecho continúo con esa pesada tarea tratando ahora de reflexionar sobre el famoso cambio de modelo económico cuya urgencia parece evidente en un país como el nuestro que necesita imperiosamente mejorar su competitividad para suavizar su problema de déficit por cuenta corriente. La crisis financiera general y esa condición particular desde la que tenemos que encarar la crisis económica, justifica con creces la implantación de un nuevo Ministerio como el de Ciencia e Innovación, al que muchos como yo vemos como la posibilidad de aprovechar esa oportunidad que existe en toda crisis.

Hablemos pues de ciencia en estos tiempos revueltos que cambiarían las costumbres. En ellos se vestiría de manera distinta, se gastaría de forma no solo más mirada, sino también en una gama de productos más estrecha. El arte, la música, la literatura y la moda cambiarían de estilo. La austeridad reemplazaría al glamur, o al revés si el cambio fuera muy profundo. ¿Son estos tiempos revueltos buenos para la ciencia? Hace meses Sánchez-Ron, historiador de la ciencia, parecía dar por sentado, en un artículo de opinión aparecido en El País, que los tiempos presentes, aun siendo supuestamente buenos para la ciencia, quizá acaben siéndolo solo para un tipo de ciencia, la comercializable y más glamurosa, que no parecía ser muy de su agrado.

Concedamos que hoy vivimos en un mundo turbulento en casi todos los frentes, desde el económico al político pasando por el del pensamiento en general. En un mundo así, nos dice Sánchez-Ron, es natural que la ciencia sea vista como un refugio de serenidad y sobriedad moral. Aduce la siguiente cita de Einstein:

En principio, creo… que una de las fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia es el ansia de huir de la vida diaria, con su dolorosa crudeza y su horrible monotonía… . Una naturaleza de temple fino anhela huir de la vida personal para refugiarse en el mundo de la percepción objetiva y el pensamiento

(resaltado mío)

La ciencia sería entonces como un descanso para la triste vida del que se deja infectar por el relativismo presuntamente omnipresente.

¿Es real esa imagen idílica? ¿Es la ciencia el cultivo de ese huerto al que nos retiramos cuando el mundo nos decepciona? Nuestro catedrático de Historia de la Ciencia, nos ofrecía, de hecho, buenas razones para pensar lo contrario ya que el mundo de la ciencia hoy es un mundo competitivo y de guerras entre clanes, guerras que se juegan con armas como las que se utilizan en el mundo de los negocios y que reflejan una competitividad implacable. Para reflejar este punto de inflexión en la ciencia no hay ningún ejemplo mejor que el de la figura de Craig Venter quien, según su autobiografía (A Life Decoded, Peguin Books 2007), intentó romper el tabú de la inapropiabilidad privada de la ciencia en la carrera por la decodificación del genoma humano y continúa ahora por iniciativa propia sus investigaciones sobre vida artificial o sintética.

Hace tiempo dediqué bastantes páginas a tratar de desmontar la mayoría de los argumentos contra la privatización de la ciencia con escaso éxito al parecer ya que la opinión general, incluyendo la de Sánchez-Ron, sigue pensando que esa privatización nos llevaría a un mundo científico en el que nadie querría refugiarse aunque fuera el reino de la racionalidad. Es, se dice, un error pretender que los intereses económicos, y en general el mercado, se introduzca en el mundo de la ciencia. Pero como parece inevitable que esto ocurra justamente por la necesidad de cambiar de modelo económico, miramos con nostalgia a la pasada sacralidad de la ciencia.

Sin embargo, en mi opinión, esta nostalgia de una ciencia pura y no contaminada por intereses comerciales está fuera de lugar. Aunque es cierto que la ciencia ataca a menudo problemas meramente instrumentales, no hay quien le libre de confrontar asuntos de método que nunca podrán ser reducidos a ideas vendibles una vez incorporadas a objetos tangibles. Además, no todos los temas de los que trata la ciencia son instrumentales. Más bien creo que hay muchos problemas científicos que nada tienen que ver con objetivos prácticos y que difícilmente pueden calificarse como comercializables. No solo no hay lugar para la nostalgia de una vida al socaire de las preocupaciones terrenales sino que, además, hay que reconocer que la creación de conocimiento científico, sea más o menos teórico y desinteresado o sea portador de aparentes aplicaciones prácticas y comercializables, puede ser una actividad liberalizadora e intelectualmente gratificante siempre que se den algunas condiciones más allá y más acá del espíritu sacerdotal que parecería impregnar aquella ciencia que hoy se contempla en la distancia con inadecuada nostalgia. Mencionaré dos de esas condiciones, las dos que mas sorprendentes me parecen a mí.

Lo primero que se necesita es, más acá de ese espíritu sacerdotal, atreverse a ser herético y renunciar de manera general a esa escasez artificial que se llama genéricamente propiedad intelectual. Esto, que parecería una vuelta a ese espejismo de una ciencia pura e incontaminada, es más bien lo contrario. Como los descubrimientos son secuenciales, las patentes retrasan la creación de conocimiento o su explotación justamente porque conceden monopolios temporales (que como se sabe son la antítesis del libre mercado) y porque dan origen a comportamientos oportunistas.

La evidencia empírica, además, hace ver con bastante claridad que los incentivos a crear, hacer ciencia o innovar, no decrecen dramáticamente en ausencia de esa protección artificial en los sectores más relevantes. La manera tradicional de pensar de los economistas está en entredicho y no puede ser seguida acríticamente aunque la mismísima Universidad despierte hoy a la explotación comercial de los resultados científicos ante la mirada complacida del empresariado.

Pero hay una segunda condición, más sutil, más allá del espíritu sacerdotal. Aunque no hubiera patentes hay otras formas de acabar con la competencia, noción ésta distinta de la de mercado, pero responsable principal de la capacidad de generar riqueza que se atribuye, y con toda justicia, a esa extraña institución que se llama libre mercado.

Paradójicamente esas formas “tóxicas” son aquéllas que se supone reflejan precisamente esa competencia. Pensemos en los rankings bibliométricos basados, por ejemplo, en el índice w, índice que alcanza un científico que ha publicado w trabajos que han sido citados al menos 10w veces. Al igual que las patentes y a pesar de la sabiduría convencional (que diría que estimulan la competencia entre científicos y la innovación intelectual) estos rankings corren el peligro de contribuir a cegar la fuente de la creatividad. Así como el monopolio temporal que otorga una patente es bueno para su titular y malo para la sociedad, los rankings bibliométricos pueden ser útiles en muchos sentidos (para la contratación, para distinguir a los científicos excepcionales y premiarles o para ofrecer modelos a la juventud) pero también pueden ser mal utilizados de forma que redunden en la polarización de las preocupaciones dejando en sombra problemas serios y quizá intelectualmente más productivos al tiempo que condicionan el poder académico por razones espúreas.

Con esos dos tipos de apoyos artificiales los científicos corren el peligro de adocenarse, de convertirse en tristes oficinistas poco honestos unos con otros y sin verdadera apreciación por la creatividad y el “eureka“. Lo que quiero concluir es que, en buena parte, eso ocurre porque no tienen el contraste del mercado. Si se lo proporcionamos les convertiremos en ciudadanos más libres, en científicos más productivos y en personas más contentas consigo mismas pace Einstein. De ahí la importancia del nuevo Ministerio al que, en todo caso y especialmente si se deja convencer por mis argumentos, no le auguro una vida placentera. Y es que tiene que romper con la “dependencia del recorrido” propia de las comunidades científicas. Pero esto es otra historia.

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