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La Castellana, los mendigos y yo

Desde que descubrieron en una coronaria de mi corazón algunos bultitos , probables residuos o sedimentos de colesterol, camino dieriament Castellana arriba y abajo. Claro que es una vía acústicamenye insoportable, pero tiene árboles y en las aceras centrales las losetas están relativamente horizontales con lo que te juegas la cadera con menores probailidades de rompértela.

En cuanto comienza el buen tiempo nos encontramos los medigos y medigas y yo y empezamos a saludarnos, cosa que ni se me ocurre en el caso de todos los porteros de fincas urbanas con los que me cruzo ya cerca de mi casa. No pertenecen a mi gente.

Los medigos sí. He llegado a pensar que son como facetas de mi psiquismo que se me aparecen en esos momentos en los que lo que hago realmente es meditar, incluso con expresión perdida según me han dicho algunos conocidos que, por lo visto, se cruzan en mi camino.

Para empezar está un mendigo fijo ya de una cierta edad que muestra una autonomía llamativa. Sus pertenencias lee otro. Le he visto coserse los calcetines como lo hacían en mi casa familiar con un huevo dentro de esa prenda. Su atuendo es cuidado y no le faltan prendas de abrigo. Quizá por eso ahora que ha empezado el buen tiempo ha emigrado a climas más solícitos.

Pero no se me olvida la mujer con abrigo de piel marrón ya casi ralo que siempre ví y saludé tumbada a lo alrgo de un banco acogedor. Yo la recuerdo con un tocado verde, pero aquí igual se me cuela el recuerdo infantil de la loca de la plaza de Arriquibar, simpre sentada en un banco de piedra dando la cara al utramarinos donde trabajaba su amor imposible.

Y luego están los transeuntes. Un jóven latino con una mochila brutal a su vera como recién llegado y sin atreverse a acudir a esas señas que son su única conexión con lo local. Precería que nunca se va a decidir; pero estoy seguro que no sé que resorte se disparará y empezará a andar hacia esa dirección dejándose llevar por las direcciones de las paradas de autobuses que tomará como señales en el cielo.

Más triste es la contemplación de ese negro con la capucha calada que dormita, descuidando su mochilón y con los puños cerrados, después de un viaje seguramente largo y peligroso. Parece como que no quisiera despertarse.

Y yo me miro en todos ellos y no sé que decirme.

«La Castellana, los mendigos y yo» recibió 1 desde que se publicó el Sábado 9 de Mayo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. montejb dice:

    Según el ánimo, si con humildad y buena intención se actúa cruzando miradas y gestos; casi siempre percibo y veo en el fondo del corazón de mis semejantes, el reconocimiento y la complicidad de cuanto somos.
    La dureza del odio se quiebra ande la doblez y humildad de la rama. Así pienso, así soy y así percibo…. Para mi desgracia, solo me ha fallado en contadas ocasiones, cuando alguien cree, en lugar del razonamiento, que me ha perdido, muy a mi pesar.

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