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La botadura

Llega el momento y la madrina deja caer la botella de champán que estalla contra la popa.

Villa de Bilbao_botaduraLa Gran Novela de Bilbao que se va configurando poco a poco en mi mente tiene una segunda parte que he decidido llamar provisionalmente Remolcadores de Altura. Una primera entrega de esta segunda parte (El joven de la margen izquierda) puede verse aquí seguida por una segunda entrega (Una magnífica noche de perros) que puede examinarse aquí ahora completada por los párrafos siguientes.

Cuando finalmente salió de la bañera era justamente la hora habitual para acicalarse y comenzar su paseíto hacia la estación de tren para atrapar ese que le dejaba relativamente lejos del colegio, o para tomar el gasolino y pasar a la margen derecha a fin de coincidir con ella en el autobús que tanto a ella como a él les dejaba prácticamente a las puertas de uno y otro de sus respectivos colegios. No era un día cualquiera, y pensó que ya era hora de hacer valer la indocilidad oculta muy dentro pero que empezaba a saltar por los aires esa mañana cuando se peinaba su cabello con raya a la izquierda. Incapaz de prestar atención a la rectitud de la raya desvanecida después de aquella noche movida, su imaginación se desborda anegando los campos de la rebelión.

No solo era hora de reivindicar su capacidad para desplazarse solo hasta la estación y para embarcarse en cualquiera de los gasolinos que le permitían viajar a la Ciudad cerca de esa muchacha que hace años no le dejaba dormir por las noches completamente perplejo ante su imagen de verano al borde del mar paseando por la playa en dirección hacia las rocas de las quisquillas. Ya era hora también de decirle a ella que le tiene sorbido el seso y de que le exija su respuesta.

Pero eso ahora era lo menos importante. Ya era hora sobre todo de aclarar los secretos familiares y saber porqué se acabó aquella vida idílica pasando los meses de colegio en aquel piso céntrico y los veranos en aquella casa con jardín en la margen derecha rodeado de amigos que comentaban las debilidades románticas por esta o aquella chica de ese o este colegio.

Y ahora comienzo la tercera entrega: La Botadura.

Se vistió de nuevo sin cambiarse siquiera de ropa interior y, antes de que cualquiera de aquellas dos señoras que a veces por separado y otras veces juntas siempre le acompañaban a la estación de ferrocarril con el misal en la mano se dieran cuenta, ya había tomado las de villadiego para esta vez gastarse el dinero en un billete de tren que le dejaría lejos del colegio, pero que le permitiría aclararse las ideas sobre qué tenía de misterioso aquel silencio sobre la vida joven de sus padres que ahora se le antojaba un misterio. Un misterio raro, pues algo pasaba que hacía que padre y madre actuaran como en un guión de cine fingiendo no estar al tanto de lo que estaba al cabo en la calle. Era hora que él fuera admitido en este juego. Era de hecho necesario si él aspiraba a esa historia propia a la que creía tener derecho y, desde luego, tenía ganas de acceder cuanto antes.

Llegó a tiempo de pillar un tren realmente temprano y se le pasó por la cabeza que su madre o aquella otra señora iban a aterrorizarse cuando no le encontraran en ningún sitio. Le dio justo tiempo de gastarse el dinero del viaje de vuelta y llamar a su casa desde el teléfono público de la estación. Contestó aquella señora a la que él adoraba sin las reticencias que inevitablemente plantea una madre, y en dos segundos le dijo que ya estaba en la estación y que no se preocuparan por él. Colgó el aparato sin que doña Carmen pudiera emitir sonido y se deslizó al último vagón justo antes de que el tren se pusiera en marcha.

No conocía el interior de los vagones de esta línea que recorría la margen izquierda, pues hasta ahora siempre se las había arreglado para pasar a la margen derecha y deslizarse sin que se notara su maniobra aunque, a decir verdad, pensó él, ya no estaba seguro de nada que tuviera que ver con el conocimiento y los secretos de la gente que le rodaba. Dejó su cartera de libros al lado de su asiento pues no parecía que fuera a haber mucha aglomeración, y comenzó una divagación naturalmente relacionada con la ría que iba recorriendo a contracorriente. Pensó que llegaría como dentro de media hora a la estación final de esta línea, muy cerca de los astilleros de Euskalduna en los que trabajaba su padre desde que terminó su carrera en Newcastle, unos astilleros propiedad de un nacionalista vasco y de un nacional monárquico, dos figuras bien conocidas en la pequeña sociedad de la Ciudad. Si de algo había oído hablar en su piso de Bilbao, sobre todo por parte de su madre, era de un acto que llamaban «botadura» y al que siempre quería asistir a pesar de la mala cara que ponía mi padre ante tal perspectiva. Pero hoy entendía este joven, ya nada niño, de la margen izquierda, que ese acto era todo un acontecimiento que a juzgar por los comentarios de súplica de su madre debía concentrar a gentes ricas y poderosas, bien porque eran los dueños de los astilleros, bien porque eran los armadores del buque que ese día, y en cuanto una madrina muy escogida rompiera sobre el casco la botella de champán de la viuda, se deslizaría suavemente hacia la ría siguiendo la corriente y desde luego en horas de marea alta que evitaría cualquier accidente prematuro que dañara la quilla de este nuevo buque, como tal vez había pasado con el pesquero botado ayer sin ningún boato y en un dique de los pequeños.

Sí, ciertamente esto de las botaduras debía de ser algo realmente grandioso, pues ahora recordaba que la gorra de marinero que acompañaba a su traje de primera comunión llevaba la inscripción Magallanes, un carguero botado hace años y que debía de haber sido, ahora lo comprendía, una heroicidad tecnológica para aquellos tiempos seis años atrás pues todavía, recordó el joven, se comentaba en ciertos círculos muy ligados al negocio de construcción de buques que a veces visitaban a mi padre en aquel salón que mi madre seguramente hubiera querido reservar para meriendas un poco más elegantes que las que ocurrían cuando se reunían allí algunos que ahora cree el chiquillo, no debían de ser de la buena sociedad del momento pues no tomaban té ni eran acogidos o reconfortados con sandwiches de pepinillo.

Quizá fue la parada en la estación más grande del recorrido y la entrada en tropel en el vagón de una gran cantidad de hombres vestidos con monos azules la que obligó a este joven, que por primera vez era lejanamente consciente de que estaba pensando, a retirar su cartera llena de los libros del colegio del asiento contiguo y de paso a cambiar de registro y recordar o imaginar que seguramente era alguno de aquellos contertulios casi clandestinos de su padre el que le traía cada año una zamarra de las que, decía, usan los bacaladeros allá por Terranova. El tejido era muy abrigado y exhibía unos colores y unos cuadros que le habían hecho famoso en su paseo al colegio cuando cada día acudía caminando hasta él desde su piso del centro. Pensó en el capitán de la noche anterior y este pensamiento le llevó de nuevo hacia las botaduras a las que su madre hubiera querido acudir del brazo de mi padre vestido éste con su mejor traje y su sombrero tipo Mr.Eden para no desentonar después cuando la verdadera fiesta comenzara en un hotel de la Ciudad no demasiado alejado de los astilleros. No se sabe si lo logró alguna vez antes de que el niño tuviera uso de razón, pero ciertamente sí que lo consiguió -piensa el joven- en aquella ocasión en la que su madre y él acudieron de tiros largos a una botadura al menos tan importante como lo había sido la del Magallanes.

El camino desde el domicilio hasta los astilleros no era muy largo y se podía recortar cruzando un bonito parque pero, aun así al chiquillo le hubiera gustado haber cogido un taxi pues se avergonzaba de la presunta elegancia de su madre. Un vestido amplio y vaporoso quería disminuir un poco el volumen de una señora de carnes generosas y poseedora de unos pechos que el joven entendía ya por qué un día le fueron prohibidos y tuvo que dejar de acariciarlos y de usarlos como almohada todas las noches ya vestido con su pijama de pantalones zambos y justo antes de retirarse a su habitación. El escote esa tarde era un poco más atrevido de lo habitual y servía de escaparate para un collar de perlas cultivadas que le rodeaba el cuello en varias vueltas cada vez más amplias. La madre tomó de la mano al chiquillo que se iba haciendo cada día más hombre y que ya nunca olvidaría el roce continuo del diamante que girado sobre el dedo anular, a fin de evitar tentaciones de robo, le dañaba la palma de su mano ya grande y velluda. Así llegaron a la plaza en la que se abría una gran verja para permitir la entrada de vehículos de gente principal y por la que su madre y él hicieron su entrada aquella tarde en la que algo iba a ocurrir, presentía este viajero del tren de la margen izquierda, que pronto llegaría a la estación en la que tendría que apearse.

Pero la memoria se le acelera y recuerda cómo trepó con su madre, quien hacía el gesto de apoyarse en él como si quisiera expresar que no estaba sola, hasta la tribuna preparada al efecto cerca de la popa del nuevo carguero en donde lucía el nombre del que él no se acuerda, pues ya le bastaba con la preocupación de estar jugando un papel que no le correspondía y que no sabía interpretar, pues a pesar de su altura sigue llevando pantalones cortos. Van llegando los primeros invitados, todos más tarde que madre e hijo, y poco a poco esta tribunita se va llenando de personalidades de la vida local acompañados de sus esposas que con una cierta displicencia, se van presentando a mi madre que se identifica como la señora de su marido, alguien del que las esposas engalanadas para la ocasión fingen conocer al menos de oídas.

Sigue llegando gente y como sin esfuerzo se va configurando la primera fila que rodea a la señorita madrina, quizá hija del armador y que como por escalafón se conforma con los propietarios, armadores y altos cargos de la empresa con la excepción de mi padre ,al que el chico cree detectar en el dique vigilando los carriles y las vigas que, de momento, frenan el deslizamiento. No va de postín y se cubre con una boina muy alejada del sombrero inglés con el que a la madre le hubiese gustado verle a su lado y no lejos del gobernador civil y su señora un pelín apartada y a la que mi madre hace lo que en el cole del chico se llama la pelota, discreta pero evidente.

Llega el momento y la madrina deja caer la botella de champán que estalla contra la popa. Algunos cables deben de ceder al mismo tiempo y el buque se desliza suavemente como una enorme mole que, junto con la distancia deja empequeñecida la figura del padre que sigue vigilante de la buena marcha de la botadura. Pero ocurre algo y hay como un silencio repentino y total cuando el buque silencioso, a media distancia del camino de su bautismo y ya con la proa en el agua de la ría, chirría casi imperceptiblemente y una de las vigas que deberían ir cediendo dóciles sale disparada y pasa rozando la boina y la cabeza del padre. Sigue un grito de horror y algunas señoras se dirigen a la madre con grititos de alivio. El resto es confusión para algunos y éxito para los propietarios de los astilleros que se felicitan mutuamente con los armadores. Los confundidos siguen rodeando a mi madre y se prestan a esperar al marido y a acompañar a ambos hasta el hotel donde se celebrará este acontecimiento de una botadura que siempre es un hito en una ciudad portuaria.

Recuerda el joven que en un momento determinado, cuando apenas podían haber pasado cinco minutos desde el vuelo de la viga, llega un obrero con la boina en una mano y un sobre en la otra que entrega a la madre que se hace un lío con el pañuelo que ha sacado del bolso nuevo recién comprado y la apertura del sobre. No revela su contenido, pero su rostro se torna lívido y acaban sus mohines. Toma el brazo del hijo que en medio del jaleo se siente ya mayor y desciende poco a poco las escaleras de la tribuna para enfilar la puerta de autoridades y volver a paso ligero por el mismo camino por el que ambos habían llegado en lugar de caminar majestuosamente por la calle grande hasta el hotel. Las lágrimas se deslizaban por aquellas mejillas tan suaves como su pechos y el silencio solo se rompía por unos hipidos que este hijo ya para siempre identificaría con el ahogo del disgusto y el desengaño.

Los hombres con mono azul descendieron de aquel vagón y el chico les siguió a paso lento, pues tenía mucho tiempo para llegar al colegio, y porque así podía seguir pensando en aquel acontecimiento curiosamente no olvidado y que podría ser clave para ese cambio de domicilio que hacía tan difícil sus encuentros con esa chica que le miraba todas las mañanas y que hoy no tendría más remedio que contestar algo cuando él le abordara a la entrada del colegio de chicas, al que acudía todos los días recorriendo el camino inverso al de la mayoría de las niñas en aquellos años de posguerra tardía.

«La botadura» recibió 3 desde que se publicó el Jueves 8 de Mayo de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Jesús dice:

    Ardo en ganas de leerla, pardiez, meseteño como soy

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Pues tendrás que esperar…un buen rato.

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