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Kontraren kontra

Lo que entonces unos cuantos pretendíamos era pertenecer a un grupo humano especial e intertemporal que conforma una profesión que, como tal es como una iglesia con su comunidad de los santos. Y lo conseguimos. ¿Tendríamos que avergonzarnos ahora de dicha pertenencia a la luz de las acusaciones que se vierten contra la Macroeconomía?

¿Nada que decir? Eso es lo que pensaba cuando redacté mi última columna para Expansión, que no había nada más que decir sobre la Gran Recesión que fuera novedoso o relevante. Aunque al final de la columna abría un portillo diminuto a la posibilidad de decir algo, sigo pensando que una buena dosis de comedimiento verbal no vendría mal a la salud pública ya suficientemente asustada por el presunto mal posicionamiento de la economía española ante la posible recuperación. Sin embargo quiero hoy utilizar ese portillo para realizar algunos comentarios tentativos, que casi tildaríamos de especulaciones, en relación con lo que se supone ha hecho la macroeconomía en los últimos años, y hacerlos justamente ahora cuando parece que se le está sometiendo a un juicio sumarísimo por su incapacidad de predecir la crisis, su falta de orientación para la política económica y su mutismo respecto a las vías de salida.

Cuando lean esta columna de la Mirada del Economista yo ya habré vuelto de la conmemoración del 30 aniversario de la creación de la asociación de economistas teóricos del sur de Europa (ASSET) y su colección de papeles de trabajo que adoptó el nombre, quizá premonitorio, de SEEDS. Lo que entonces unos cuantos pretendíamos era pertenecer a un grupo humano especial e intertemporal que conforma una profesión que, como tal es como una iglesia con su comunidad de los santos. Y lo conseguimos. ¿Tendríamos que avergonzarnos ahora de dicha pertenencia a la luz de las acusaciones que se vierten contra la Macroeconomía?

Recordando lo que dije en esa conmemoración me vienen a la cabeza algunas reflexiones que quisiera compartir con los lectores, aunque siga sin estar seguro de si no sería mejor callarse. Especialmente cuando lo que tengo que decir es tan poco convencional como breve. Trato, en el fondo, de hacer honor a la queja que sobre mí se vertía en el hogar en que crecí. Yo era un kontraren kontra, y este tipo de personaje no es, según la lógica del euzkara, el que está en contra de los que están en contra, sino, más en general, el que lleva la contraria por sistema. Hoy quiero hacerme cargo de esa fama y defender lo que se ataca por doquier sin perder la perspectiva del irreductible deseo de pertenencia.

Olvidémonos de las luchas internas entre los que han dado en denominarse economistas de agua dulce y los que, por oposición, llamaríamos economistas de agua salada. Lo que quiero contemplar con contundencia y brevedad no son estas luchas internas a la profesión, sino la acusación generalizada de que la Macroeconomía no sirve para nada cuando debía ser la rama de la economía que susurrara al oído del soberano qué es lo que hay que hacer en el ámbito agregado de un sistema económico para conseguir que éste funcione sin sobresaltos. A la luz de lo acaecido las tres últimas décadas esta acusación es inesperada. Nadie expresó ninguna preocupación por el estado del aspecto macro de la ciencia lúgubre en aquellas épocas de los shocks petrolíferos a pesar de que de ahí surge la economía de la oferta y el rechazo al keynesianisno. Se aceptaron las expectativas racionales como la manera menos tosca de modelar la razonable opinión de que nadie persiste en el error continua y sistemáticamente. Se consideraron problemas informativos y se comenzó a elaborar modelos cuantitativos microfundados, es decir compatibles con la racionalidad individual, modelos que, notémoslo, eran integradores de un sector financiero agregado (de una u otra manera) a la vez que calibrables de acuerdo con los datos pasados del sistema económico que se estaba considerando y que nos marcarían la pauta para cuantificar los parámetros que se creían cruciales. La recesión del 87 tampoco puso en jaque la teoría macroeconómica como tal ni los modelos mencionados, sino que, con cuidado y poco a poco, los bancos centrales comenzaron a disponer de sus propias versiones de los modelos en donde se colaban detalles poco ortodoxos como rigideces de precios y desequilibrios de mercados. La ciencia siguió su camino impasible ante la crisis asiática y sus derivaciones rusas o latinoamericanas o ante la crisis de las puntocom. Los bancos centrales y los gobiernos parecían haber cogido el tranquillo a la modelización de los ciclos y específicamente a la modelización del sistema financiero.

Esto es lo que estaban haciendo los macroeconomistas cuando les cogió la tormenta y empezaron a decirles que no se habían enterado ni de las causas ni se iban a enterar de cómo salir de esta Gran Recesión. Ni lo uno ni lo otro es cierto, pero es verdad que parece que se encastillaban en la mejora y refinamiento de esos modelos de equilibrio general computables que no se paraban en la estática o el corto plazo sino que dibujaban la dinámica de un sistema agregado y compatible con los fundamentos microeconómicos. Y es ese quehacer el verdadero epicentro del terremoto que constituyen las críticas al hacer teórico. Mi defensa de ese encastillamiento consiste justamente en defender a aquellos que han contribuido a las hipótesis más disparatadas e irrealistas, no porque lo sean ni porque el realismo no importe, sino porque conforman una grupo humano con el que me identifico precisamente por la naturaleza artesanal de sus miembros. Lo que éstos tratan de hacer es entrenarse para ser los mejores en preparar un lienzo sobre el que se pueda pintar. Si se hace bien esta tarea, luego el pincel funciona de una forma más manejable y puede alcanzar matices que solo se pueden conseguir sobre una superficie completamente neutral. Este oficio es pues una búsqueda desesperada de la neutralidad. Y no empleo esa palabra a humo de pajas. Por ejemplo, para estos preparadores de lienzos, un modelo (un lienzo) no es aceptable si el dinero no resulta ser neutral (si no es lo mismo pintar sobre la parte derecha o la izquierda). Para los artistas preocupados por la política monetaria su éxito depende de encontrar lo que hace que, en una situación determinada, ese dinero no sea neutral, pues dependiendo de lo que ello sea habrá de imaginar una solución u otra. Y quien habla de neutralidad del dinero puede estar diciendo lo mismo de la racionalidad de las expectativas, del uso eficiente de la información o de la irrelevancia de la financiación mediante deuda o capital. Tenemos que saber cómo funcionaría una economía con esas características para alcanzar una opinión razonable de cómo se romperá esa economía por el rozamiento de elementos que no están en el modelo. Ahí está el fruto de este oficio sobre el que ahora llueven las críticas.

Mi defensa de este proceder artesanal llega hasta aquí. Pero dicha defensa no quiere decir que no tenga críticas sobre la práctica profesional especialmente cuando se disfraza de ciencia traicionado su naturaleza artesanal. La principal es que los artesanos hacen de la preparación del lienzo una finalidad en sí misma y que todo el mundo que les rodea parece, a veces, que apreciaría esa calidad del lienzo tratándola como una obra de arte en sí misma con la confusión que eso trae consigo tal como nos lo hizo ver Yashmina Reza en su famosa comedia, ARTE, hace unos años. Esta actitud es equivalente al empecinamiento en seguir mejorando el lienzo mediante nuevos tratamientos pero olvidándose aparentemente de que hay que pintar en el lienzo, que hay que susurrar en el oído el soberano y ello con tanta más insistencia cuanto mayor es la fe en el modelo.

«Kontraren kontra» recibió 3 desde que se publicó el Domingo 22 de Noviembre de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] ejemplo así parecería imposible tratar de sugerir, tal como sería el reflejo espontáneo de un Kontraren Kontra como yo, que el fracaso nunca enseña nada, pero lo puedo intentar afirmando que, incluso en el […]

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  3. […] un Kontraren Kontra. La censura que yo me quiero saltar por el mero hecho de que existe es la de la ortodoxia académica entendida en sentido amplio. Cualquier moda intelectual, cualquier manera de hacer convencional […]

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