Desde mi sillón

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Juan Crisóstomo

Machalen no pudo matizar los últimos acordes y nuestras miradas se cruzaron un segundo que bastó para que supiéramos que nuestro destino se acababa de escribir.

Teatro ArriagaHabían sido muchas las emociones de esa comida en la que mi padre y su abuelo se habían reconocido con algo más que con simpatía, con cierta complicidad difícil de entender, ya que la complicidad suele desarrollarse entre amigos de juventud unidos por infinidad de trastadas, y estas dos personas mayores no se trataron asiduamente durante la juventud, y lo que hicieron juntos no era una trastada sino más bien un acto de resistencia ejecutado con toda calma y poca fe por dos hombres que sabían que tenían que llevarlo a cabo sin preguntarse por las posibles consecuencias, por dos hombres hasta cierto punto ya muertos hace años. Necesitábamos Machalen y yo asimilar todo aquello que habíamos aprendido solo hace unas horas y de lo que nunca habíamos oído hablar. Quizá era justamente ese silencio el que más nos pesaba pues, aunque caminábamos en silencio, bien sabíamos cada uno lo que pensaba el otro. Todo podía haber sido distinto desde el mismo momento que nos conocimos allá en Salzburg y reconocimos nuestra extrañeza de no conocernos de vista viniendo como veníamos de la misma Ciudad. Si hubiéramos sabido lo que ahora sabíamos seguramente hubiéramos tratado de compensar los efectos de la guerra de los mayores y no hubiésemos establecido fronteras o, de haberlo hecho, las hubiéramos cruzado no solo con cariño sino también con algo de ira heroica.

-¿Es ya tarde?

Miré al reloj, pero inmediatamente caí en el sentido de su pregunta.

No, querida, no es tarde. Tenemos toda la vida para reparar el dolor y esta noche no es la noche de la separación sino la noche del principio de un pacto secreto más firme que cualquiera de esos en los que la tragedia griega nos ha educado. Espero que no acabe en tragedia, pero ciertamente será peligroso pues nos toca nada menos que liberarnos con la verdad por delante.

-Pero ¿Cuál es la verdad Jon? ¿Quizá la que transmite la mansedumbre al menos aparente de tu padre o quizá la belicosidad que todavía deja traslucir el abuelo?

-Son dos movimientos musicales complementarios– dije sonriendo- Y de eso sabes tú mucho Machalen.

Continué:

-Siempre me has dicho que uno no puede vivir sin el otro…hasta cierto punto. La composición como un todo tiene que mostrar tanto uno como otro si lo que quiere mostrar es la belleza de la armonía. Sí, esa que estudiabas en el Conservatorio. Pero también me has dejado saber que para ti como directora es muy importante si la pieza de que se trate termina con la vibración hasta la extenuación de una cuerda de violín o con un golpe definitivo de un timbal, pues de eso depende el sentido de tu dirección.

-Bueno, tu siempre me entiendes como te da la gana; pero sí, más o menos has aprendido la lección, dijo sonriente.

-Pero ¿y qué?

Pues está muy claro y aquí tengo que apelar a tu sentido de la composición. Tú y yo estamos obligados a repetir la historia cambiando los papeles. A ti te toca la ira asociada a los timbales y a mí la mansedumbre de una lira irlandesa. Juntos compondremos algo grande que, además, redimirá a nuestros mayores.

Me miró con tristeza y ralentizó un poco el paso ya cercanos al inicio de la subida al monte. Caminamos en silencio, pero se le notaba el esfuerzo por componer una frase que realmente dijera lo que ella sentía.

– Y para esta labor heroica que según tú nos espera es necesario que cada uno afine su instrumento y ambos ensayemos nuestro papel. Dime que esta labor no llevará toda nuestra vida y que un día podremos salir a escena a presentar nuestra obra conjunta. Dime, por favor, que yo no tengo derecho a perderme en el circuito musical europeo y que tú no te vas a perder en ese mar solo aparentemente tranquilo de los campus americanos. Dímelo antes de entrar en esta casa que nunca volveré a pisar.

Le dejé pasar mientras le decía que así era, que nuestros destinos estaban para siempre entrelazados y que no teníamos que vigilarnos mutuamente ni cada uno a sí mismo. Que hiciéramos lo que hiciéramos un día nos encontraríamos y sabríamos que había llegado el momento de dejar saltar por los aires toda nuestra potencia acumulada. Continué divagando, pues quería llegar con suavidad a decirle que esa noche, la víspera de su concierto, del homenaje a su abuelo del que disfrutaría mi padre y de nuestra partida en direcciones opuestas, debía ser una noche…..

– No se cómo decirlo…

– Me quieres decir que no haremos el amor, ¿no es eso?

Nos desvestimos en un respetuoso silencio y nos acostamos cada uno al lado de esa cama que fue de los padres de Machalen. Antes de apagar su luz preguntó quedo cómo se llamaba mi padre. Le dije que Rafael y ella apagó su lucecita. Antes de apagar la mía le pregunté cual era el nombre de su abuelo. Siguió un silencio que me hizo pensar que había caído en un sueño profundo que a mí me permitía distenderme. Apagué la lamparita de mi mesilla de noche y como desde muy lejos creí oír, o quizá solo soñé:

-Crisóstomo


arriagaLa recuerdo como una noche plácida y sin sobresaltos, justo lo contrario de lo que debía haber sido. Nos despertamos al mismo tiempo y solo cinco minutos antes de que sonara el despertador. Salté de la cama y me acicalé a toda prisa para dejarle a ella todo el tiempo que le hiciera falta para ponerse en su papel de mujer directora de orquesta, guapa y seria. No le llevó mucho tiempo y dos horas antes de que golpeara con la batuta el atril que sostiene la partitura reclamando silencio, su abuelo ya estaba en casa de su hija en su día y ahora de Machalen, y yo salía hacia casa de mis padres para organizar mi equipaje para mañana a primera hora, y para recoger a ambos para llevarlos en un taxi especial hasta el teatro que se había convertido en el propio de la Sinfónica al estar el Arriaga fuera de servicio digno.

Mi padre vestía un traje azul con rayitas de esos que mi madre le obligaba a hacerse y que casi nunca se ponía y que, esta vez, no hubiera debido hacerlo porque en estas fechas hace mucho calor en la Ciudad. No sé por qué yo había llegado pensando que en un día como este quizá utilizara uno de aquellos sombreros de primer ministro inglés que reposaban hace años en el paragüero del hall, pero lo cierto era que sentado en su silla de ruedas y ya con perlitas de sudor en la calva daba vueltas en sus manos a una de sus boinas negras mientras esperaba a que mi madre decidiera… si gris o negro …si alto o bajo. Aviar mi equipaje no fue trabajoso y en poco tiempo estábamos los tres en el portal donde ya esperaba uno de esos taxis especialmente equipado para embarcar a gente en sillita de ruedas en el que llegamos al teatro casi al mismo tiempo que Machalen y el abuelo, quienes habían venido andando con el timbalista acarreando los trastos y el smoking de su nieta. Teníamos orden de acercarnos al teatro por la puerta de atrás por la que entraban los músicos a fin de poder utilizar el montacargas para poder subir a mi padre en su sillita de ruedas hasta el nivel de los palcos, en uno de los cuales el abuelo había ubicado a mi madre y a mi padre en su primera fila. Aunque quedaba tiempo, los dos músicos y yo bajamos unas escaleras hasta el nivel de la entrada principal por donde ya empezaba a llegar el público habitual de las temporadas de la Sinfónica y otra mucha gente que no parecía muy familiarizada con este ritual generalmente dominical. Nos desviamos por una puerta semisecreta hacia los camerinos. Ellos fueron cada un al suyo y yo me quedé remoloneando entre las bambalinas. Uno de los encargados del telón y seguramente para que no diera la lata con mis paseítos de intruso, me pasó un programa de mano en el que se leía no solo el nombre de el abuelo y el de Machalen sino también las piezas que componían el programa, sin olvidar a los solistas completamente desconocidos para mí. El concierto extraordinario estaba compuesto de dos piezas gordas, de Hyden y de Britten, separadas por un descanso, y seguramente seguidas, pensé yo, por algunas palabras de homenaje al abuelo y, seguí pensando, por una propina bien elegida.

Los músicos fueron entrando en el escenario que, con su enorme profundidad, dejaba espacio para una inmensa orquesta, y comenzó ese ruido de afinación de instrumentos que tanto me ha gustado siempre a mí. Como si fuera el jaleo de una vida cotidiana llena de malentendidos que, sin embargo, acaba por alcanzar un punto en el que parece que todos han llegado a encontrar un punto de coordinación completamente inesperado. Allí estaba el abuelo delante de los cuatro timbales, como un armador que vigila al capitán del buque mientras finge afinar su difícil instrumento acercado una u otra oreja al parce correspondiente y comprueba el efecto de cada martillete, como les ha llamado siempre él, en cada parte del parche de cada timbal. Sabe muy bien que las piezas elegidas en su honor son ricas en este sonido coordinador que emiten los timbales y sabe también que estos tambores están en su punto; pero cree que debe seguir el ritual de cualquier concierto sin traslucir su emoción por este homenaje que él considera como un desagravio de los vencedores que dejaron la Ciudad sin música sinfónica durante años y como un agradecimiento secreto de los que ese día no están ahí tanto por la música como por la celebración silenciosa de una victoria que de ninguna forma venga la derrota pero la hace, después de tantos años, un poco menos amarga.

Yo espero con impaciencia la salida de Machalen, pero todavía he de esperar un ratito a que salga el primer violinista y trate de empastar a su manera, que yo supongo negociada con la directora de orquesta, el sonido de todos los instrumentos. Se sienta y entonces entra ella con un paso casi marcial con el que nunca le había visto caminar y toma posesión de su podio como si fuera el piloto del barco que va a levar anclas. Ajusta el atril, ya perfectamente ajustado, como si fuera necesario ponerlo a su altura, examina la partitura como para asegurarse de que no le falta ninguna hoja, y hace sonar la batuta contra el atril mientras levanta la mirada y la pasea majestuosamente por toda la orquesta, incluidos los timbales.

Yo sé que es su primer concierto y lo importante que es para ella que esta primera experiencia en su oficio ocurra en honor de ese abuelo semiconspirador. Pero su profesionalidad le hace parecer como una experimentada Venus caminando sobre las aguas. Hace descender la batuta y comienza a sonar la inconfundible música de Hyden. Desde mi posición discreta fuera de la vista de prácticamente todo el mundo, puedo sin embargo observar a mis padres en la primera fila de ese palco con el que el abuelo rinde su particular homenaje a otro conspirador anónimo para el mundo y que nunca pudo recibir ni el más somero gesto de agradecimiento hasta quizá hoy. Mi madre está como siempre, absorta en la música con balanceos de cabeza que varían con los movimientos de la sinfonía. El abuelo parece haber recuperado años y, con el rostro enrojecido aparentemente por el esfuerzo, parece estar disfrutando de algo más allá de esta música barroca de un alemán en el Reino Unido solo unos lustros después de una guerra entre los unos y los otros.

Termina esta primera pieza del concierto y se encienden las luces. Yo acudo al palco y ayudo a mi padre a deslizarse hasta el cuarto de baño mientras mi madre se pierde en el foyer como esperando ser reconocida como esa señora del palco que parece ser la dueña del local. Allí observa cómo el abuelo está rodeado de gentes que ella no reconoce y se siente una vez más como una extraña en la Ciudad. Antes de que se escuche el timbre que anuncia la reanudación en cinco minutos está ya de vuelta en el palco en el que ya está instalado su marido que parece estar disfrutando de un concierto del que ha prescindido en los últimos años. Yo ya he vuelto a mi escondite cuando Machalen reaparece con una sonrisa imperceptible que yo creo poder interpretar como el bienestar de alguien que sabe estar haciendo algo bien. Un poco demasiado deprisa da pie al principio del primer movimiento de este «War Requiem» de Britten que llora la muerte sin pretender arreglar cuentas. Es una pieza larga y profunda y sospecho que poca gente, además de mi padre, podrá seguir las palabras no demasiado patrióticas de este hombre solo fiel a sí mismo. Pero lo que hoy importa es que el trabajo del timbalista acapara la atención de cualquier público. Es este trabajo el que es premiado con unos aplausos más bien tibios que esta Ciudad no está para modernidades.

timbalesSe recupera el silencio y Machalen se vuelve hacia el público con cara de compromiso pues tiene que decir algo en honor de D. Juan Crisóstomo, de cómo la Ciudad le debe en buena parte la conservación de la afición musical y de cómo -y aquí yo diría que la lágrima que asomó a su rostro no estaba ensayada- ella le debe simplemente todo. Respira y anuncia que, para terminar, la orquesta va a interpretar la Obertura de los Esclavos Felices de nuestro Mozart local. Me pareció que la audiencia respiraba aliviada pues, al menos una parte de ella, sabe bien que esta propina es apropiada pero sobre todo corta. Semibarroca, semiromántica, la obertura oscila entre la intimidad y lo profético, entre la épica y la lírica, como la ciudad misma. Un minuto antes de su final lírico, Arriaga dio su do de pecho en lo que concierne a lo épico y compuso lo que es de hecho un tour de force para el timbalista. El abuelo pareció rejuvenecer y cuando daba su último redoble en lugar de erguirse orgullosamente como diciendo «misión cumplida», se derrumbó sobre el segundo timbal de los cuatro que tenía delante de él. No podía estar afinando el instrumento pues su actuación había terminado.

¡Estaba muerto! Me adelanté y entré en el escenario. Machalen no pudo matizar los últimos acordes y nuestras miradas se cruzaron un segundo que bastó para que supiéramos que nuestro destino se acababa de escribir. Me encaramé hasta la posición de los timbales y desde allí miré al palco. Milagrosamente mi padre estaba de pie y aplaudía como un joven entusiasta ante la mirada atónita de mi madre.

«Juan Crisóstomo» recibió 0 desde que se publicó el sábado 26 de julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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