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Jorge Nieto: unas palabras no solo de homenaje

Jorge y yo recelábamos de dejarnos encerrar en pequeñas cajitas todas iguales elaboradas para nosotros en la Universidad. Parecía que a ambos nos atraía más la posibilidad de hacer saltar esas cajitas.

jorge-nietoPues sí, como decía cogí el tren y no me ocupé para nada del discurso que al día siguiente, viernes, tenía que hacer en homenaje a Jorge Nieto. Llegó la hora y me levanté tembloroso con un papel que hace una eternidad había escrito y que leía procurando mezclar la primera persona, la segunda y la tercera siguiendo la pauta de la novelita que me leí durante el viaje. La cosa salió como salió y ahora le pongo un poco de orden para que Ana sepa como terminó el cuento.

Esto es lo que leí y a lo que ahora añado unos enlaces:

Muchas gracias a los organizadores por invitarme a pronunciar unas palabras en este homenaje que sus colegas le ofrecen hoy en la que ha sido su Universidad en los últimos 25 años aproximadamente. Me siento doblemente honrado por esta invitación ya que no me creo acreedor de este honor. Por un lado Jorge no me debe nada (excepto una cosa que luego contaré) y, por otro lado, si bien nunca hemos dejado de saber el uno del otro, nuestros contactos han sido esporádicos y nunca hemos compartido proyectos de investigación ni firmado juntos un trabajo.

Por estas circunstancias vitales no pueden esperar de mí el temblor de voz o el lagrimeo de un abuelete. El abuelo es él y lo es a través de dos preciosos gemelos a los que conocí hace unos días. Nada de esto me toca a mí, ni balbuceos ni lágrimas. Lo que sí me toca es llevar a cabo un breve repaso a algunos encuentros que recuerdo vívidamente seguramente porque en ellos saltó una chispa que me hizo descubrir una persona que resonaba en la misma frecuencia en la que yo creía resonar. Naturalmente no me estoy refiriendo a la fama que le precedía cuando nos encontramos por primera vez allá por el año 72 o 73 del pasado siglo recién llegado yo a Sarriko desde las Américas y recién licenciado él en esa facultad. A través de jóvenes mujeres que habían coincidido con él supe que Jorge brillaba no solo por su inteligencia sino también por su belleza física y especialmente por la forma de su cabeza. Lo que yo pude ver inmediatamente fue que esa cabeza estaba amueblada con un gusto nada convencional que le acercaba a mi manera de pensar sobre el entorno entonces naciente.

Lo que detecté fue un cierto sobrentendimiento implícito que pienso nunca ha dejado de existir al menos por mi parte. Nuestro último encuentro tuvo lugar inesperadamente hace unos dos o tres años en el acto de entrega de los Premios al Conocimiento de la Fundación BBVA en el palacete que hoy ocupa en La Castellana de Madrid. Allí me anunció, como de pasada y después de unas risas propias de amigos que se reencuentran sin haberlo previsto. que había decidido no escribir más en inglés. Aunque este comentario estaba hecho en el contexto de un festejo y en medio de un grupito de gentes con sus copas en la mano, creí entender que me estaba diciendo que su muy apreciable trayectoria investigadora llegaba a un cierto fin por propia voluntad y seguramente con la finalidad de entregarse relajadamente a la tarea de redactar el párrafo perfecto. Así lo creo pues pienso, desde el primer día que hablamos, que parte de su vocación y un reto en parte pendiente es la literatura.

Y es que ya tenía ese brillo en la mirada que me llamó la atención cuando tanto él como yo nos inaugurábamos como parte del claustro de Sarriko.

No le interesaba a Jorge lo que yo pudiera haber aprendido en Boulder en el campo de la Teoría Económica, sino lo que hubiera podido yo otear u olfatear de aquella cultura de sexo, droga y rock and roll que asociábamos sin mucha precisión a la generación beat o a su más inmediatos sucesores. Tanto él como yo nos dejábamos atraer por Pete Seeger (RIP) y recelábamos de dejarnos encerrar en pequeñas cajitas todas iguales elaboradas para nosotros en la Universidad. Parecía que a ambos nos atraía más la posibilidad de hacer saltar esas cajitas siguiendo los pasos del maestro Burrougs o de Kerouac o de aquel canto enardecedor del Howl de Ginsberg.

Hablamos poco de Samuelson y bastante más de Ferlengetty o de su mítica City Lights Yo presumía de cómo muchos miembros de aquella generación mágica pasaban el verano en el campus de La Universidad de Colorado en Boulder y de lo fácil que era acercarse a ellos. Y Jorge, más ambicioso, se preguntaba sobre la conexión secreta entre la cultura sureña de Faulkner y esta nueva cultura.

El era joven y su mirada estaba abierta todo el mundo. Yo era un poco mayor y me desmelenaba menos por una especie de pudor de profesor que se fuerza a matizar el deseo haciéndolo oscilar entre su verdadero deseo, (que consistía en ser como aquel profesor de Oxford que interpreta Dirk Bogard en aquella famosa película de Joseph Losey , Accidente creo que se llamaba, que decidió mi destino) y lo que hay que hacer para alcanzarlo, algo mucho más sacrificado que encima te puede enganchar.

Yo buscaba la sabiduría por el camino equivocado: mucha teoría económica, un toque de literatura y una pizca de aquella memoria de la abundancia que había aprendido en Marcuse. Jorge más valiente y más vivo se marchó a donde esa sabiduría supuestamente radica: hacia el este. Pero volvió y nos cruzamos otra vez, él mucho más sabio y yo mucho más rígido en mi profesionalidad aunque (re)tocado por mi nueva huida hacia el oeste en donde además de un poco más de Teoría Económica me dejé envolver por el Tao, versión Allan Watts, y por la psicología de la Gestalt asociada a las prácticas en el Instituto Esalem.

Es en ese punto en el que Jorge me hizo el honor de pedirme que le dirigiera la tesis. Yo me negué y le derivé hacia Salvador Barberá. Esto es lo único que Jorge me debe a mí, esa deuda a la que me refería al comienzo y fue de esta manera que mientras yo me alejaba, Jorge se metía de lleno en esa manera de hacer Teoría que le ha llevado muy lejos en la profesión y que él ha contribuido a difundir y aplicar. Todavía recuerdo las vueltas y revueltas sobre la paradoja de Allais que junto con José Ramón Uriarte y José María Aizpurúa -e Ichiisi–le llevaron a pasear por el mundo y tomar contacto con un Rubinstein en aquel entonces menos escéptico que hoy.

Y desde ese punto de partida exitoso ha continuado con el pensamiento lógico manteniendo -afirmo- el pensamiento mágico, soterrado pero vivo. Por eso espero estar celebrando hoy algo más que un homenaje. Te invito Jorge a dejarte llevar y construir esa escritura viva que, de párrafo en párrafo, nos descubre las claves para disipar la niebla de la incertidumbre que nos ciega. Aunque hayan pasado los años, y siempre que tu quieras, yo estaré disponible para tratar de aprender y siempre con la esperanza de quizá enseñar un poco de sabiduría a alguien.

Este es el final del cuento que quería Ana en su comentario al post anterior. Me doy cuenta que hablo casi más de mí que de Jorge; pero esto es lo que pasa con la literatura.

«Jorge Nieto: unas palabras no solo de homenaje» recibió 2 desde que se publicó el domingo 9 de febrero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Ana dice:

    Muchas gracias, Juan.

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