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JOBLESS RECOVERY. ¿UNA CUESTION DE PODER?

He aquí el artículo que apareció en Expansión el jueves. Como si hubiera sido un detonante, Europa, y especialmente los países mediterráneos, se incendiaron y las llamas no han sido apagadas todavía. En cierta medida y forma en el artículo ya se anunciaba jaleo. Aquí lo tienen.

`JOBLESS RECOVERY´: ¿UNA CUESTION DE PODER?

En ese lugar virtual que hemos dado en llamar “nube de etiquetas” ocupa un lugar privilegiado, reflejado por el tamaño de sus letras, la jobless recovery, una expresión acuñada en los años 30. Brilla entre otras muchas etiquetas como capitalismo, nudge, regulación, transparencia, desequilibrios, demanda de seguridad, incertidumbre, agencias de rating, mercado de valores, modelo productivo, déficit, financiación, apalancamiento, inmigración, identidad nacional, PIB y muchas otras. Me atrevo a recomendar su traducción como recuperación estéril pues de poco servirá el crecimiento positivo del PIB (en caso de que lo hubiere y no fuera tan reducido como el anunciado por el FMI) si, a pesar de que el aparato productivo o capital físico ha permanecido intacto y de que el capital humano no se ha quedado del todo obsoleto todavía, ese crecimiento no genera vacantes que puedan ser ocupadas por los desempleados o por los jóvenes recién llegados al mercado de trabajo. Mi intuición es que esa esterilidad se trata de una cuestión de poder ejemplificada, pero ni mucho menos agotada, por las dificultades, disculpas, malos entendidos y estrategias oportunista por parte de los protagonistas del diálogo social en España hoy. Con la explicitación de esta intuición terminaré esta columna, pero antes es conveniente dibujar la situación en la que nos encontramos y que parecería dar la razón a los que, jugando con las letras, nos predecían una recuperación en U o en W.

En efecto, los desequilibrios comerciales siguen ahí a pesar del esfuerzo de los ciudadanos de los países ricos (léase EE.UU.) por reducir su endeudamiento incrementando su ahorro y disminuyendo su consumo de bienes importados. La permanencia de estos desequilibrios explica la continuidad en la demanda proveniente de todas las esquinas del mundo de deuda segura, una demanda que no puede cubrirse con los bonos de corporaciones en buena situación en sectores con futuro y que, en consecuencia, sigue dirigida hacia el papel publico a largo plazo emitido por esos países que, pese a todos los pesares, siguen generando confianza (vuélvase a leer EE.UU.). Esto presiona los tipos a largo hacia abajo de manera que los bancos centrales relevantes se resisten a abandonar sus prácticas imaginativas para inyectar dinero en el sistema y conducentes a mantener los tipos a corto tan bajos como han estado en el último año. Esto, junto con los déficits públicos, difíciles de reducir ante la persistencia del desempleo, y los efectos poco incentivadores de las posiblemente necesarias subidas de impuestos, hace que el peligro de inflación sea real. De hecho lo es tanto que los motores actuales de la economía global (léase China) comienzan a frenar su crédito interno. Esto hace que la fe en su crecimiento anunciado se desvanezca y sea sustituida por la actualización de un pesimismo siempre latente que, a su vez, genera una bajada de los precios de las materias primas y deprime el mercado de valores con el correspondiente “efecto-pobreza” que retraerá la inversión en general y hará bajar más la bolsa encareciendo el capital. A nadie deberá extrañar que la regularidad recogida por Okun, y que da nombre a una “ley” que lleva su nombre, tenga que modificarse en el sentido de elevar el nivel de la tasa de crecimiento a partir de la cual la tasa de desempleo empiece a reducirse.

En una situación como ésta parece natural que sea el mercado de trabajo el que centre los esfuerzos intelectuales para tratar de encontrar un paliativo a la esterilidad de esta recuperación. Por la parte de la demanda ya sabemos que las subidas en ese salario real basadas en subidas del salario nominal no van a facilitar la creación de empleo a no ser que la productividad del trabajador aumente consistentemente lo que no es de esperar. De ahí todas nuestras discusiones sobre la reforma del mercado laboral incitadas además por el propio Gobernador del Banco de España. Pero es que la oferta tampoco ayuda. Parecería que ante subidas del salario real la intensidad de la búsqueda de empleo y, por lo tanto, la probabilidad de encontrarlo, aumentaría. Pero, de forma un poco herética, me atrevo a insinuar que aquí no importa solo la elección entre ocio y trabajo, sino que hay que tener en cuenta las medidas de protección al trabajador porque pueden influir, de una manera contraintuitiva y paradójica, en la intensidad de búsqueda. Si el Gobierno se guiara por lo que se dice que dicen los empresarios y redujera imperativamente, el costo de despido, la intensidad de la búsqueda de empleo por parte de jóvenes bien formados podría disminuir o su salario de reserva aumentar. La razón de este comportamiento podría ser que aceptar un empleo es en realidad entrar en el club de los que, a partir de ese momento, seguirán disfrutando de ese y otros derechos sociales en los diversos trabajos por los que vayan pasando durante su vida laboral y ese club ya no sería tan atractivo. Como vemos, la consideración aislada del mercado de trabajo, lejos de facilitar la comprensión de la situación general, la hace todavía más opaca y menos halagüeña pues, por las razones apuntadas y porque los empleos nuevos exigirán una formación que el expulsado de la construcción no tiene, es de suponer que la famosa NAIRU ( tasa de desempleo no aceleradora de la inflación en sus siglas inglesas) aumente como reflejo de un mercado segmentado por formación y por edades.

Podría pensarse que eso último ofrece una oportunidad al cambio de modelo productivo; pero, si bien esto puede ser cierto, habrá que preguntarse si el precio no va a ser desmesurado. Sea cual sea la respuesta a esta duda lo que sí se me antoja evidente es la conclusión que anunciaba al principio. Lo que los responsables de la política económica acaben haciendo será una cuestión de poder. Si la situación fuera como yo la veo, nos encontraríamos en una especie de sumidero que impide el éxito de una negociación social que solo lo tiene cuando se trata de repartirse un excedente. Y como ese no es el caso toparemos con una lucha de poder que se manifestará de muy distintas maneras.

Está, para empezar, el pulso entre las dos potencias citadas, Los EE.UU y China, pulso escenificado con efectismo obvio en la cumbre del cambio climático en Copenhagen, en las presiones americanas para que se revalúe el renmimbi e incluso en las fricciones entre el gobierno chino y empresas americanas como Google. Pero no es este el único pulso. Pensemos en la puesta en entredicho de la independencia de los bancos centrales que, aunque en buena parte es comprensible debido a la captura a la que han sido sometidos por el sector financiero, puede tener efectos colaterales no previsibles como parece estar ocurriendo en Argentina donde aparecen medidas de fuerza. Pensemos en las posibles medidas de Obama sobre el sector bancario ( desde imposición al pasivo a la remodelación obligatoria) que parecerían avivar el enfrentamiento entre contribuyentes y banqueros surgido a raíz del rescate bancario con dinero público.

Parece pues tiempo de confrontación y de ello hay que ser conscientes; pero es que, además, tengo la sensación de que surge la amenaza embozada de la lucha de clases, un concepto que parecería obsoleto en su versión marxista puesto que, a través de la popularización de la Bolsa y de su utilización por los fondos de pensiones, casi todo el mundo es dueño de los medios de producción. Se trataría ahora de la lucha implacable por la participación en la producción del trabajo y del capital. Estas participaciones, que se suponen constantes a largo plazo, no lo son a corto plazo y constituyen un objeto de deseo por parte de patronal y sindicatos. Sigamos con atención el diálogo social.

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