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Internet Revisitada

El pasado quince de febrero Madrid convocó a cientos de miles de personas en protesta contra la guerra de Irak. Sea por la inesperada afluencia, sea por un deseo explícito de no facilitar el éxito de la convocatoria por parte de las autoridades, el hecho es que, como alguien dijo a los pocos días, aquello no era una manifestación; sino una concentración en la que mis acompañantes y yo no creo que recorrieramos más de cincuenta metros.

En consecuencia no pude oír la lectura del manifiesto que, aparentemente y según dicen voces autorizadas, era una colección de despropósitos que en ningún momento criticó cosas atacables como, por ejemplo, el autoritarismo de Sadam. Pero sí pude observar la heterogeneidad de los participantes. Entre los que no llevábamos pancarta o pegatina los había con corbata, con chupete y con muletas y entre los que sí querían gritar algo concreto había de todo, desde pacifistas a ultranza hasta antiamericanos pasando por músicos charangueros o miembros de Amnistía Internacional. Encontrar homogeneidad en esa turba humana es un ejercicio de ilusionismo. La manifestación o concentración era un ejemplo de empaquetamiento: ninguno de los asistentes apoyaba todos los lemas; pero todos aceptábamos el paquete por alguna razón.

Nada distinto de un programa electoral partidista al que muchos acabamos votando con la esperanza de que algunas propuestas no se lleven a cabo. Este es un primer hecho que me gustaría destacar para añadir inmediatamente un segundo consistente en que la cadena de manifestaciones similares que se fueron realizando a lo largo de los diferentes husos horarios acabaron impactando tanto a los jefes de gobierno y de Estado de la UE reunidos el lunes siguiente en Bruselas para tratar de consensuar un documento de mínimos para aportar al Consejo de Seguridad de la ONU, como al mismo presidente Aznar que el martes matizó su tono y consiguió romper la oposición al presentar para su votación el documento europeo, un escrito más descafeinado que sus declaraciones previas, parlamentarias o televisivas.

Ambos hechos -el tamaño, heterogeneidad y coordinación de las manifestaciones y su impacto en los representantes políticos- me parecen enormemente significativos y novedosos. Creo que anuncian una manera distinta de formar la opinión pública, siempre tan heterogénea, y una restricción adicional a la actividad de los políticos, nunca totalmente arbitraria. Y creo que esta novedad en sus dos aspectos se debe precisamente a Internet, a la posibilidad generalizada, y aún no del todo desarrollada, de comunicación en red. De ahí que haya que revisitar el concepto Internet.

En primer lugar hay que volver sobre él para no confundir su verdadera potencialidad. Su poder no está en ser un vehículo publicitario nuevo, ni en que pueda disminuir significativamente los costes de transacción entre negocios (B2B) o entre negocio y consumidor (B2C) o en que constituya un canal de comunicación entre empleados de una empresa. Creer que esto era la esencia de la red fue una confusión que no cometieron los que nacieron en ella desde el principio; sino los advenedizos que creyeron poder apropiársela. Y las confusiones se pagan. Las empresas que nacieron on line -con pocas y notorias excepciones- y las que soñaron reinventarse en la red o intentaron complementarse con un cierto apoyo en ella, no han resistido la prueba de una mala coyuntura de forma que los llantos de las plañideras no dejan oír lo que siempre han dicho los que entienden la lógica de la red.

Cuando calle el llanto por las fenecidas puntocom, empezaremos a ver con claridad que la clave está en la comunicación entre personas. Si queremos podemos llamar a esto P2P y citar como ejemplo el intercambio de archivos musicales o las noticias entre dos pequeños nodos de una red que, sin embargo, pueden formar parte de un cluster de nodos formado alrededor de una identidad o de intereses comunes que, a su vez, está conectado con otro cluster con el que comparte algún interés común o algún rasgo identitario. No hay nada conceptualmente complicado en esto. Lo nuevo es la velocidad a la que, gracias a Internet, pueden realizarse tanto los intercambios entre personas como la evolución de las redes con sus cambios de forma y perímetro e incluso de miembros. Es este elemento crucial de Internet el que explica que en una manifestación puedan coexistir muchos intereses y rasgos identitarios diversos siempre que haya un rasgo común como pueda ser, en nuestro caso, el no a la guerra.

En segundo lugar Internet debe ser revisitada para, una vez conocida su potencialidad, intentar entender qué actividades han sido definitivamente redefinidas por su nueva existencia. Los periódicos ya nunca serán como antes sino que tendrán que cambiar su modelo de negocio para servir a las comunidades indentitarias que pueden conquistar y mantener. Al llegar a ser prácticamente personalizados el valor añadido ya no está en la amplitud de los contenidos o la fabricación física de cincuenta páginas impresas en papel; sino en la caza de la noticia, al principio de la cadena, y en su tratamiento editorial al final de la misma. Pero más interesante que los cambios que Internet va a traer a la prensa escrita son los que acarreará al broadcasting que hasta ahora parecía ser el arma de la doma o la conformación de la opinión pública. Simplemente el casting dejará de ser tal para convertirse en un intercambio bidireccional y lejos de ser broad, o igual para todos, acabará siendo muy especializado. Es decir la opinión pública conformada por Internet será muy distinta a la conformada por el broadcasting de la misma forma que, tal como mostraron las últimas elecciones autonómicas en el País Vasco, los medios tradicionales fracasaron frente al boca a boca que tiene lugar entre dos millones escasos de personas que, además, están curadas de espanto ante la manipulación mediática. Pues bien el mundo es un simple País Vasco para la potencia del boca a boca electrónico. Televisiones y periódicos pueden ir olvidándose de la capacidad que creen tener para informar a la opinión pública y manipular la democracia.

En el límite, cuando Internet se generalice, y esto llegará más pronto que tarde, la opinión pública será desde luego heterogénea; pero además universal o global. Y esto no puede pasar desapercibido por los políticos que no tendrán más remedio que plantear soluciones concretas a problemas concretos que conciernen a comunidades identitarias concretas. La ordenación del tráfico de Londres es un ejemplo muy a mano. No podrá permanecer como un experimento insular. Los conductores de todas las ciudades conocerán a la perfección las características del experimento y lo admitirán o rechazarán ante sus administradores. La iniciativa ha cambiado de manos. Las manifestaciones, por ejemplo, parece que surgen como las setas en el campo después de la lluvia, de forma totalmente espontánea.

Si llegamos a entender bien la naturaleza y la potencia de Internet quizá lleguemos a hacer negocio con la red, no en la red. Lo crucial a vender, lo que dará dinero, es la confianza, que es lo que permite los intercambios bilaterales. Pero hoy no me interesa el negocio, me interesa la conformación de la opinión pública, cómo ello va a cambiar las formas del ejercicio de la democracia y, sobre todo, cómo van a tratar de frenar la libertad en la red. Vigilemos porque en el intercambio de información hay material inflamable. Hoy he recibido una entrevista con el ex-embajador español en Irak, aquel a quién la ministra llamó poco menos que demente por dimitir, recordándonos así unos regímenes totalitarios que encerraban a los disidentes en manicomios. Pero no les voy a contar la entrevista. Mañana se la reenvío.

«Internet Revisitada» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 26 de Febrero de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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