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Impotencia, Terrorismo y Competencia

Salvador García Atance nos regaló hace un mes un magnífico artículo sobre “Terrorismo, Poder y Ciudadanía” en el que dejaba a un lado las explicaciones más comunes del fenómeno, que confunden su naturaleza con las razones de su persistencia, y centraba su discurso en la necesidad de perseverar en el respeto de los derechos civiles y en el imperturbable ejercicio de nuestras tareas cotidianas a fin de acabar con un terrorismo que lo que persigue de verdad es el poder. ¿Para qué habría yo de añadir algo si estoy totalmente de acuerdo y encuentro por fin alguien que responde a la pregunta adecuada? La contestación es que lo voy a hacer porque creo que puedo enriquecer lo que significa la falta de poder, la impotencia, y profundizar en cómo debería ser ese ejercicio cotidiano de nuestros quehaceres.

El terrorismo es el espejo de muchas de nuestras carencias, una superficie lisa en la que se refleja la imagen opresiva de nuestra impotencia. Parece que vivimos en el mejor de los mundos y, seguramente, es cierto que no ha habido épocas con mayor bienestar para tantas personas; pero esta verdad oculta el malestar propio de una época que, si bien parece capaz de eliminar carencias y sobrepasar la impotencia, no acaba de conseguirlo. Hay hoy un recrudecimiento virulento de problemas filosóficos, tecnológicos o psicológicos que, entrelazados entre sí, generan una perplejidad que escuece.

Confesaba Camus su duda sobre si el único problema filosófico respetable era el del suicidio o el del asesinato. La duda es comprensible porque uno y otro reflejan aspectos cruciales del devenir filosófico. Si el mundo en el que vivo me desvela cada día que no hay lugar para el humanismo y que en él nadie puede ser el autor definitivo de nada, tengo que inclinarme a pensar que yo y los otros no somos más que piezas de un enorme mecanismo difícil de descifrar en el que jugamos un papel del que no conocemos los detalles. Que no somos más que vehículos de los genes o que lejos de inventar el lenguaje es él el que nos perfila, son ideas que dominan hoy la sensibilidad del hombre culto sin que los paliativos religiosos de siempre alcancen su eficacia tradicional.

Por primera vez el hombre no ve en el suicidio nada especial, culminado así un par de siglos de agonía del sujeto. La persona no es nada y debajo de la máscara de mi nombre no hay nada sustantivo. Y por primera vez también el asesinato no es muy diferente de la disposición diaria de la basura entendida como excrecencia inevitable de una objetividad que se desborda autónomamente y sin control. La impotencia es palmaria y ante ella surge la tentación de la violencia que solo puede ser paliada por la risa de Nietzsche o por la idolatría. Y, si una u otra no llegan a tiempo, nos topamos con el terrorismo que funciona como una confirmación de la sospecha de impotencia.

Por otro lado la tecnología de destrucción no es indiferente; sino que refleja metafóricamente uno u otro de los orígenes de la impotencia. La muerte del sujeto exige la pistola o el puñal para acabar con una instancia personal que insiste en negar la evidencia de su inanidad, se trate de mí mismo, de alguien representativo o de alguien que pasaba por allí. La horca, la autoinmolación por el fuego o el despeñamiento tienen demasiada dosis de exhibicionismo como para ser usados como tecnología propia del tiempo de la impotencia: quien se cuelga, se pega fuego o se precipita al vacío desea dar una lección y quien eso desea no ha perdido toda esperanza en el hombre como sujeto.

La insurgencia iraquí, llámese terrorismo o no, no se quema a lo bonzo sino que hace explotar la dinamita que recubre su cuerpo reventando, simultáneamente, a docenas de los que antaño se llamaban personas. Todas las armas de destrucción masiva tienen este componente simbólico, acaban con trozos de realidad perfectamente prescindibles para lo que Sloterdijk llama el “parque humano“.

Además de los aspectos filosóficos y tecnológicos del terrorismo, está su aspecto psicológico. El terrorismo, sea individualizado o masivo, se instala en el fulcro de una extraña balanza. Es como un rito de paso hacia la identidad tribal, hacia la pertenencia, es decir hacia la ansiada aceptación por una comunidad que es la única capaz de dispensar algún sentido a la falta de sentido de mi individualidad inane. Pero también es como un signo de ruptura con esa comunidad que no me deja ser yo mismo. Entre la especie y el individuo se instala una tensión irresistible que acaba explotando.

Estas tres reflexiones pretenden enriquecer el certero diagnóstico de García Atance que ve en el terrorismo la manifestación del sentimiento de impotencia. Lo que yo quiero añadir es que no es solo que ETA pretenda tener poder para configurar Euskadi como le de la gana; que no es solo que Bin Laden aspire a la instauración de la verdad revelada a Mahoma como forma de vida universal. Es también que quienes ejecutan los actos presuntamente conducentes a esos objetivos no encuentran sentido a la vida tal como ésta se vive en los espacios poderosos que, por otro lado, les atraen como una serpiente a un pájaro; es que no encuentran su sitio entre sus experiencias personales y la férrea regla de la tribu.

Si esto es así, podemos entender que, como dice García Atance, vayamos a tener terrorismo para siempre. En su artículo este hecho se verifica porque el acceso al poder que todo terrorismo pretende es imposible. Pero también parecería cierto que, según mi reflexión complementaria, la pulsión destructiva no es coyuntural; sino que responde a una deriva psicológica, intelectual y tecnológica imparable y contra la cual, en mi opinión, los consuelos religiosos no son ya efectivos.

¿Cómo vivir con esta evidencia?. Hace tiempo que estoy convencido de que lo que propone García Atance es necesario. No podemos dejar que la pulsión destructiva que genera la impotencia, destruya nuestras rutinas entre las cuales se encuentra el respeto de las libertades civiles. Estos derechos ciudadanos es lo único que tenemos para desarbolar, aunque solo sea a medias, las causas profundas de nuestra sensación de impotencia: pueden blindarnos ante la muerte del sujeto y el sinsentido del mundo y colaboran a establecer un compromiso aceptable entre la tribu y mi irreductible conciencia individual.

Rutinas es lo único que la evolución ciega de la vida nos ha proporcionado como nave para surcar un mar sin puntos cardinales ni referencias de ningún tipo. Usémoslas. Diríamos que esas rutinas son necesarias para sobrellevar la constatación de que el terrorismo nos va a acompañar siempre. Y, sin embargo…

Sí, efectivamente, yo vislumbro alguna extraña posibilidad de que sea el mismo mundo que nos apabulla con su autonomía y con sus automatismos ciegos el que nos proporcione una salida que permita una esperanza más allá de la voluntariosa persistencia en nuestros hábitos. Para explicar este final esperanzado, yo no tengo más remedio que usar un poco de pensamiento económico.

Creo no desviarme mucho de lo que persigo si digo que la impotencia que está en el origen de la pulsión terrorista, se debe a la constatación de que hay gente o incluso países que disfrutan de unas rentas (marshallianas) que no son merecidas; pero que, sin embargo, parecen inexpuganables. ¿Y si fuéramos capaces de pensar que el mundo va hacia la “contestación” de esas rentas? Pues bien, yo creo que lo somos, que tenemos los instrumentos conceptuales suficientes como para contarnos una historia plausible y esperanzadora.

En mi trabajo El Capitalismo que viene he tratado de contar detalladamente esa historia. En 500 páginas. Ahora seré más escueto. Si reconocemos que las TIC van a reducir los costes de transacción y que, en consecuencia, van a florecer todos los mercados imaginables, nos damos cuenta de que la competencia es inevitable. Y cuando reconocemos el carácter no solo estático sino dinámico de la competencia, bien sea entre agentes individuales, bien sea entre Estados, nos percatamos de que, en un futuro, esas rentas que, detectadas en los demás, excitan nuestra violencia soterrada, van a ser poco permanentes y van a pasar de unos agentes a otros, de unos países a otros, de manera aleatoria y de una forma tal que, como media, todos disfrutemos de ellas en una medida parecida.

La conclusión es obvia. No solo no hay que eliminar los derechos civiles y potenciar las rutinas de la vida cotidiana; sino que hay que utilizar este último recurso para fomentar la competencia, esa que conforma el mundo como un gran mecanismo aleatorio que nos induce a tratar de aprovechar cualquier oportunidad para arrebatar su renta al vecino. Esta dinámica nos conduce a un mundo en donde, a efectos prácticos, es como si las rentas se hubieran disipado. En un mundo así nadie se siente impotente y todos actúan de manera que refleja su creencia en que acabarán gozando de alguna renta en algún momento. Eliminada la impotencia el terrorismo desaparecerá.

«Impotencia, Terrorismo y Competencia» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 28 de Noviembre de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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