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ILUMINACIONES. XXXIII: SILENCIO Y ABDOMINALES

El sonido de mi ordenador me evoca el silencio catedralicio. Se trata del ordenador que uso en casa. Es un Acer, Aspire 36… y ya no se ve el resto. Tiene varias letras desgastadas y dos completamente borradas desade hace tiempo, la A y la E. Hoy ha entrado en una nueva fase:su sonido se ha catedralizado.

He entrado en él y mis pasos resonaban en un eco misterioso. Me oía a mí mismo con distanciamiento además del sonido hueco de una puerta de confesonario al cerrarse dubitativamente. Y me parecía oir el trajín de un sacristán amortiguado por cientos de escarpaduras producidas en las imágenes originales por el viento gélido de la falta de fe. Unos taconcillos de monja se escuchan a lo lejos cada vez que le doy a la flecha de retorno. Será que ya no hay vuelta atrás y solo me resta seguir tecleando hasta que este pobre animal no de más de sí.

Y en medio de esa soledad, solo comprensible para el visitante a hurtadillas que invade el recinto sagrado acompañado del último premio Goncourt que estudia seriamente el plano, siento que soy el primero en descubrir, así, de repente, el verdadero significado de los abdominales.

Antes de llamarle para felicitarle me he reparado con unos ejercicios de gimnasia para resistir su segura palinodia de desagravios y, en cuanto hemos programado nuestro paseo y como primera parada hemos elegdo esa iglesia con aires de catedral envejecidada y retocada con desaliño, he descubierto el centro del sí mismo – soimeme insiste el pemiado-. No está en el cerebro, está en los abdominales. Y “ya me voy haciendo dueño de mí a medida que los desarrollo”, le cuento en un susurro. Puedo sotenerme en una sola pierna y como un yogi pasar un buen rato de esa guisa. Todo debido a ese músculo que me centra, que me permite distribuir mi peso según mis necesidades puntuales y me hace sentir invulnerable.

No se trata de la tableta de chocolate o de la apariencia cachas que él hubiera querido tener en su ya bastante lejana juventud. Se rata de otra cosa. Se lo digo en medio del silencio eclesial: “siento que ahora puedo resistir un hábil interrogatorio sin cantar”. Me mira de manera extraña pues sabe que ayer por la noche nos acercamos a este punto en la conversación cuando nos preguntábamos borrachos hasta donde resistiríamos la tortura. Y por sus ojos noto que se ha dado cuenta que digo verdad.

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