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ILUMINACIONES. XLIII: BURKA Y VOYEURISMO

La idea me la dio anoche una amiga hablando de los acontecimientos del mundo árabe. Vestir un burka-afirmaba ella- puede tener sus ventajas, así que ni corto ni perezoso esta misma mañana me he envuelto en uno que como capricho pintoresco adquirimos hace algunos años y que tiene un colorido “azul eva shanung” además de una rejilla tupida a la altura de los ojos que, en cualquier caso, he sombreado con el rimmel de mi mujer. No es que quiera disfrazarme de mujer como tantos hombres en carnaval, sino que se trata de un experimento sobre la densidad del deseo grupal que, ahora entiendo, es como una nube que distorsiona nuestra visión del mundo y de la vida. Sin burka, es decir siempre, soy incapaz de no pavoneamrme por la calle exhibiendo mis pectorales y caminando como quien afirma, en una especie de egotrip, “aquí estoy yo y mírame de verdad que ya te he visto que me echas miradas furtivas”. Pero esto me ha hecho descuidar mis abdominales de modo y manera que pierdo el control de mí mismo y el exhibicionismo, que contribuye a la nube de deseo tan socialmente definitoria, se convierte en una especie de estúpido remedo del placer solitario sin posible valor social alguno y carente de todo valor epistémico. Pero todo esto se redefine cuando uno va por la calle ataviado con un burka sin que nadie pueda saber si se está cruzando con una mujer o con un hombre disfrazado. Pero este hombre disfrazado, que es mi caso, puede practicar impunenemente el voyeuriso más descarado y menos convencional. No solo puedes observar unas figuras humanas deseables sin disimulo ninguno, sino que además, y esto es crucial, puedes disfrutar del placer de la mirada sin aflojar los abdominales y sentirte como un dios al que nada se le puede ocultar y que ve desde fuera el baile desenfrenado de las miradas lascivas de los demás a los demás así como la tela de araña que el deseo va tejiendo en cada esquina, en cada semáforo, en cada cola de autobús y en el mero ondear de las corrientes de personas que cambian como las mareas que, ya sean altas o bajas, siempre cubren y descubren algo que es lo que realmente mantiene la luna en su sitio. Todo el mundo me mira sin verme y a todos miro impunemente viendo cosas que nunca soñé mi sensibilidad embotada por mi exhibicionismo pectoral. Pienso que Newton puede ser enmendado.

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