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Identidades ambiguas y silencio

Por un lado me llama la atención los remilgos que algunos homosexuales oponen al matrimonio gay, y por otro lado me irrita la crítica de los conmiserativos heterosexuales que dicen que los pobres llegan tarde al matrimonio pues ya nadie se casa. Los homosexuales remilgados me recuerdan a los “gentlemen farmers” ya sean anglo-irlandeses o carlistas vasco-españoles. Ambos tipos de aristócratas rurales exhiben una especie de señoritismo parecido al de un supersensible homosexual que sea, por ejemplo, responsable de un teatro de ópera exclusivo centroeuropeo.

Ser anglo-irlandés es un lujo identitario. Se trata de ciudadanos irlandeses de origen inglés que son ricos como cresos, propietarios de magníficas mansiones campestres e integrados en la magia del mundo celta y que, aunque no forman parte del independentismo irlandés, entienden la genialidad irlandesa y respetan el gaélico, cosas todas éstas que les permiten sentirse por encima de esa clase media inglesa que zampa fish-and-chips y raciona, en su digna pobreza, el agua de la ducha. No muy distintos de los carlistas vasco-españoles, los únicos aristócratas (dicen ellos) en un país rural y bastante igualitario. Son más vascos que nadie, no repudian el uso del euskera y hasta entienden al nacionalista más radical hasta el punto de que, como en el caso de Telesforo Monzón, noble vergarés de kaiku y maquila, pueden acabar siendo un icono de la radicalidad sin que les sea exigido renunciar a una españolidad genuina que les hace mucho más señores que los flacos hidalgos castellanos.

Un gay aceptado y admirado dentro de un pequeño reducto en el mundo de los ricos que hasta ayer no querían ver a los homosexuales, ha encontrado hace tiempo su sitio. Como el anglo-irlandés o el vasco-español es más sensible que los otros que pertenecen a su primer aspecto identitario, el homosexual tosco y vergonzante del mundo de ayer, pero, a la vez, cosechan éxitos importantes en el mundo hetero de su segunda identidad como excitadores de la sensibilidad de algunos “precios@s ridícul@s“. Y, como en los otros dos ejemplos, no es difícil entender que se encuentren cómodos en su doble identidad. Así uno puede jugar al ajedrez consigo mismo; pero me supongo que, cuando se trata de la misma partida repetida hasta la saciedad con los mismos enroques e idénticas aperturas rutinarias, la brillantez del juego puede acabar resultando tediosa.

Me cuentan que uno de estos homosexuales exquisitos dice con desparpajo que “hay que volver al armario ahora que está holgado“. Es quizá la actitud de los pioneros del orgullo gay ya integrados. La misma actitud de quien dice que, ahora que los irlandeses son ricos, hay que presentarse como inglés o como quien, ante la vulgarización de lo vasco, quiere hacer valer su señorío español. Es una actitud que me resulta antipática como la de aquellos que siguiendo la estela de Cela se preguntan, fingiendo extrañeza, cómo es posible que hoy en día que nadie se casa, un homosexual desee hacerlo.

Me resulta antipática porque me recuerda a quienes dicen no entender que alguien hecho a sí mismo quiera comprarse un coche de gama alta mostrando así su insensibilidad por el medio ambiente o que ese mismo rico solo reciente quiera navegar en su yate cuando, ante la amenaza del melanoma, el moreno ya no se lleva. Como la actitud de aquella aristócrata que ordenó que echaran de comer a los periodistas que querían ser recibidos, la de los homosexuales “de toda la vida” me parece una muestra del desprecio cobarde que a menudo se siente frente a lo que nos recuerda lo que somos.

Comprendo el orgullo de pertenecer a una minoría así como el horror de ser un ejemplar “repe” dentro de un grupo numeroso. Pero para ser único no hace falta tratar de humillar a quienes quieren ser reconocidos como ungidos por la identidad del grupo, sean éstos irlandeses, vascos u homosexuales, poco finos. Basta con callarse.

«Identidades ambiguas y silencio» recibió 0 desde que se publicó el Martes 5 de Julio de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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