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Identidad vacía

Lo único que define tu ser es esa existencia variable y a menudo contradictoria, y que se va perfilando como una secuencia de experiencias que oscilan entre la extrañeza de lo extranjero hasta la cotidianeidad de una aburrida vida burguesa y que nunca llega a conformar un tejido único y eterno.

The OutsiderTodos los veranos me ocurre lo mismo. Mis vacaciones de jubilado duran más de un mes y ocurren fuera de la vivienda habitual. En consecuencia tengo que hacer mi maleta de libros eligiendo entre los muchos cientos que recientemente han ido ocupando el poco espacio todavía vacío en el suelo y las paredes del amplio estudio de casa de invierno en donde se amontonan las últimas adquisiciones caprichosas y no pocos títulos adquiridos hace muchos años pero que han sido desenterrados por algún motivo que no siempre recuerdo.

En la maleta de este año conviven Enemigos Públicos de Houellebecq (M.H.) y Bernard Henry Levy (B.H.L.), una recuperación de correspondencia entre dos intelectuales, un literato y un filósofo con una diferencia en el estilo de pensar imposible de explicar por los simples 10 añitos de diferencia de edad, y Beyond the Outsider de Colin Wilson (C.W.) otro enfant terrible mucho mayor que los dos anteriores.

Creo que ye he hablado en otras ocasiones, como esta o esta otra, de El Outsider de C.W. que tanto me influyó en aquel verano del 67 en Oxford previo a la huida a los EE.UU. desde una España que ya no podía soportar. Pues bien en su día también leí el citado Beyond the Outsider el libro final del ciclo del Outsider. Después de darle muchas vueltas a la simple idea de ser incapaz de sentirte cómodo en un determinado ambiente social por razones ignotas comienza la aventura de construir una personalidad presuntamente única que no necesita ser muy diferente u original para servir como parapeto para lidiar con los mismos problemas que explican la huida.

Y es este conumdrum del ego el que me hizo meter en la maleta de libros el intercambio epistolar citado entre dos outsiders a los que me he sentido en un momento u otro bastante cercano. B.H.L. llegó a mí a través de los noveaux filosophes y M.H. fue masticado por mis mandíbulas aun jóvenes y devorado con un exceso de sexual drive generado a raíz de esa maravillosa novela titulada Las Partículas Elementales y otras de sus obras hasta llegar a La Carte et le Territoire que ya me encandiló desde su mismísimo título y, desde luego, a Sumisión que hace un par de meses me tragué sin parar ni a beber agua.

Y resulta que que mi vieja tendencia a procurar singularizarme, a pesar de mi buen carácter social, revive y me parece que Wilson en sus conclusiones me da pistas para entender la posible significación de estos dos enfants terribles. Este joven siempre airado nos dice finalmente que el existencialismo en el que el había crecido a pesar de ser galés no da más de sí y nuestro vacío interior debe de llenarse de formas siempre cambiantes: no hay esencia, todo es existencia y esta se forma inventándola sobre la base de un potpourri hecho de los memes de nuestro entorno y nuestras propias experiencias, a veces sobrevenidas y a veces producidas por nosotros mismos, a partir de lecturas u otras experiencias que creemos especiales y definitorias de nuestra personalidad, potpourri este que llegamos a creérnoslo como si fuera verdad en un sentido profundo.

Esta herencia existencialista era tan de mi época que me jugué horas de arresto en la milicia universitaria por perder parte de mi tiempo con lecturas intensas de Los Caminos de la Libertad de Sartre, una trilogía que me llevó a pensar que el relleno de la esencia vacía exigía quizá la lucha por los desposeídos o privados de su libertad. O quizá una lucha menos clara por la propia nación para hacer de ella una construcción ejemplar. Ahí me quedé y nunca pude admirar del todo la literatura definitoria de los nuevos filósofos, compañeros de generación más o menos, de B.H.L.,que añadían una nueva dimensión a las dos que tenían que definir la lucha de clases y la lucha nacional. Una dimensión nueva menos rebelde y más pegada a la forma de hacer política dentro de una democracia occidental.

Son estas últimas lecturas las que acabaron con mi deseo de singularidad y con la creencia de que mi vaciedad esencial podría ser rellenada por vivir una vida heroica como académico o como ejerciente de otro tipo de profesiones entre las que ha oscilado mi vida en una búsqueda inconsciente de la autenticidad para llegar a concluir, tal como he explicado en este blog bien recientemente, que no hay forma de encontrar tu propio relleno, que lo único que define tu ser es esa existencia variable y a menudo contradictoria y que se va perfilando como una secuencia de experiencias que oscilan entre la extrañeza de lo extranjero hasta la cotidianeidad de una aburrida vida burguesa y que nunca llega a conformar un tejido único y eterno. Acabas aceptando que solo queda como propio la cadencia de esa cotidianeidad dinámica hasta que, entre una y otra lectura de verano o de una tarde aburrida de crudo invierno, caes en la cuenta de que es una repetición de muchas otras idénticas.

Aunque se pueden elegir. Por ejemplo uno podría tratar de comportarse como un Houelebecq desquiciado o como un Levy nunca fuera de quicio. Con una vestimenta estrafalaria de mendigo apátrida o como un rico francés con pleno éxito social siempre con camisa de seda incluso en plena guerra extraña que el originalmente argelino visita en una muestra de turismo arriesgado. Pero engañarte con este tipo de disfraces tiene también su límite y a poco que pretendas no engañarte del todo acabas reconociendo que sigues vacío y que necesitas una nueva forma de relleno.

Como desespero de que el nuevo relleno sea solamente mío prefiero simplemente entrar en la discusión de cuál es hoy la aventura que mejor va como continuación de mis engaños anteriores. Y justamente hoy La Vanguardia me desengaña hablando para una gran audiencia que, por cierto debe de debe estar al cabo de la calle, de que la economía compartida o colaborativa y la diversidad en la gobernanza son dos asuntos ya convencionales que yo creía eran novedades radicales que, con la ayuda de los indianos, podrían servirme como nuevo relleno de mi vacía identidad.

«Identidad vacía» recibió 5 desde que se publicó el domingo 26 de julio de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Bueno @juan, esto último ya lo vimos en París, de ahí y de encontrarnos con la generación veinteañera y sus demandas, que decidiéramos el muy arriesgado salto adelante de pasar a hablar directamente de la abundancia, vindicarla y enseñarla. No se si será irreductible para la gran máquina de destruir significados -creo hoy que sí- pero desde luego, si lo intentan, no van a tener una digestión fácil y de hecho, parece que se dan cuenta porque a lo que han resignificado la economía colaborativa solo le han dejado la puerta abierta, falsamente alternativa, del decrecimiento, es decir la renuncia final y total no solo al sueño de la abundancia, sino a lo productivo, como si nos dijeran: o aceptas el juego rentista o te retiras a la reserva preindustrial, pero si sueñas con la abundancia no hay camino.

  2. Está cerrado el artículo que comentas de la Vanguardia, pero los primeros párrafos dejan ver el ánimo divulgativo y la frase: «Este fenómeno … empieza a cambiar la forma de organizarse» Coletilla que aparece en prensa mínimo 5 años después de que algo significativo haya sucedido 🙁 La economía colaborativa está en el Capitalismo que viene, ahí la empezamos a esbozar y descubrir, pero gracias a ti y no al revés. Coincido con @david en que el camino a profundizar va por la abundancia. El consumo colaborativo, que a las finales es de lo que hablan todos cuando se refieren a economía colaborativa supone una optimización en la forma en la que consumimos y por lo tanto, una capacidad de transformación realmente limitada.

  3. @nat es verdad. Y volviendo al tema central del post, creo que basta con releer los trabajos de @juan sobre la abundancia -o relacionados directamente con ella- de estos años para realmente sentir vértigo. Juan ha creado a la vista de todos y especialmente a la nuestra, todo un campo de conocimiento de una forma y con una aproximación tan original y al tiempo tan claramente en continuidad con el pensamiento económico, que desmienten la parte «pesimista» de este post: su heroísmo pagó en resultados. Otra cosa es que sea reconocido. Pero eso creo que no tiene que ver ni con su originalidad ni con @juan, sino con la capacidad de @lasindias para traducirlo al movimiento social y cultural y el contexto en que lo hacemos.

  4. @david @nat @juan @juan @lasindias Me ha gustado muchísimo el post. Hay una verdad muy profunda en este párrafo. En mi opinión, detras está una dilectica de asimilación y acomodación con lo que nos rodea, y un proceso de individuación como lo llamaba Jung:

    "que lo único que define tu ser es esa existencia variable y a menudo contradictoria y que se va perfilando como una secuencia de experiencias que oscilan entre la extrañeza de lo extranjero hasta la cotidianeidad de una aburrida vida burguesa y que nunca llega a conformar un tejido único y eterno" 

    Cabe hacer aquí la misma observación que hacía Durand a los estructuralistas. El vacío del existencialismo, al igual que el famoso significante vacío tan de moda ahora, no se rellena con cualquier cosa. Un hueco tiene un relive, es un vacío de algo. Afortunadamente tenemos donde elegir, como bien decís todos. Y la abundancia parece una apuesta fabulosa. 

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