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Hospitales , pijamas y un camisón

En 1976 visité el Instituto Esalem y aprendí que nada debía nunca apretar mi cuerpo: ni el cinturón ni el reloj y ni siquera la goma o cinturilla de la cintura de un calzoncillo.

pijamasHace unos días acompañé a mi hijo Rafael a una intervención no muy seria pero que requería un postoperatorio de un par de noches. Desde aquella primera intervención en la que me extirparon la vesícula biliar, mi olfato, mi vista y mi oído no dejan de percibir ciertas connotaciones indescifrables en cuanto entro en una clínica, un hospital o un sanatorio, sean estas instituciones públicas o privadas. Pero estos últimos días he comenzado a descifrar el enigma a través de unas conexiones realmente surrealistas.

Todo comenzó cuando la madre de Rafa me ordenó prestar uno de mis pijamas, quizá un par de ellos y, desde luego, un batín más o menos abrigado. Argumenté que para las operaciones te imponen unos de esos camisones abiertos por detrás que tanto rubor me producen; pero mis protestas fueron totalmente infructuosas ante la evidencia de que ante las visitas previstas no podría nuestro hijo presentarse con semejante indumentaria reminiscente de imposturas lingüísticas, batas blancas y un olor a éter que me recuerda indefectiblemente a la que fue realmente mi primera intervención, si así se pude llamar a una fimosis en vivo o casi, atrapado por un celador que me inmovilizó por completo y cuyo postoperatorio recuerdo como una maravillosa vacación llena de caprichos y rellena de helados de Aberasturi de limón, avellana y fresa.

Así que me lancé a la búsqueda de esos pijamas y batines que no he tenido más remedio que usar en postoperatorios más serios que ya de mayor he sufrido y también agradecido. Pero no fue fácil localizarlos pues no están todos juntos y ninguno está en un sitio apropiado. Es como si después de cada intervención deshacerme de ellos fuera un instinto básico irremediable. Para empezar alguno estaba entre las cosas de Marisa quizá porque es ella quien los compra cada vez que mi hospitalización se hace necesaria, cosa que siempre ocurre fuera de nuestro domicilio habitual, y siempre me encuentra sin esos que guardo previsoramente en un extraño cajón de mi armario casi imposible de descubrir en un intento de olvidar el éter y todo lo demás. Porque como habrán adivinado ya nunca uso pijama.

Esto exije una explicación o quizá no; pero en mi caso tiene un origen curioso. En 1976 visité el Instituto Esalem en donde me interesé por la psicología de la Gestalt y aprendí que nada debía nunca apretar mi cuerpo: ni el cinturón ni el reloj y ni siquera la goma o cinturilla de la cintura de un calzoncillo. Con el tiempo recuperé el cinturón a fin de apretarme la cintura y disimular la barriga y desde luego el reloj; pero el calzoncillo, o más bien su ausencia, perduró más en mi actitud psicoanalítica y retornó muy poco a poco comenzando por usarlo diariamente como ropa íntima y terminando por no quitármelo para dormir.

Así que parece obvio que no sepa donde están mis pijamas ni falta que me hace pues como ya he dicho mi amante esposa me compra la última moda cada vez que tengo que ingresar. No sorprenderá por lo tanto que ayer me diera todo un susto al ver todos juntos en una repisa de mi armario. No soy capaz de asociar cada uno de ellos con cada intervención quirúrgica pero asusta un poco ver juntos un par de pijamas rosas, uno más cereza que el otro, uno con goma en la cintura y el otro con una especie de cordel en ese mismo lugar, otro par de ellos de finas rayas blancas y azules y debajo de los anteriores varios de tonos claros, desde uno como casi blanco y otro de suaves dibujos lineales de colores muy suaves desde el blanco al amarillo marcando como cuadraditos imperceptibles. Ese montón me devolvió al mundo del éter y las camillas, de las batas blancas y las verdes del quirófano, pero cuando ya casi empezaba a marearme apareció debajo de esta colección de pijamas y al lado de los batines a juego- mi mujer no hubiera permitido un desliz de mal gusto- un camisón de cuadrados azules y blancos que no reconocí de inmediato ni tenía nada que ver con hospitales o quirófanos ni se abre por detrás.

Se trataba de eso, un camisón pero, eso sí, de varón, de esos que hace sesenta años, o incluso menos, todavía usaban los verdaderos caballeros como mi padre que murió con uno de ellos puesto. Casi se me saltan las lágrimas por ese recuerdo, pero luego recuperé la alegría rememorando las visitas infantiles nocturnas al cuarto de mis padre donde siempre fui bien recibido especialmente por mi padre y su camisón. Solo en esas ocasiones le vi con esa prenda pues jamás salía de su habitación de otra forma que no fuera ya vestido de calle. Pero quizá ese es sólo mi recuerdo y quizá no coincida con el de mis hermanas mayores pues fue una de ellas la que me regaló hace poco esta prenda de vestir que solo he utilizado una vez y ello en la cama de mi habitación de casa en contra de mis principios. Esa noche me di cuenta de que el camisón quizá no estaría prohibido por Fritz Perls o que, aun si lo estuviera, yo podría usarlo en honor de un padre que fue acogedor y protector mientras pudo. Esa figura de padre que ya he evocado en Faroladas y, por lo tanto también en este post allí acogido me hizo gimotear quedamente toda la noche y ayer mismo me empañó los ojos. Quizá me lo ponga más a menudo pues, además, no aprieta la cintura.

«Hospitales , pijamas y un camisón» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 2 de Marzo de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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