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Holywood vs. Broadway

BIRDMANCada vez que Ramón abre la Odalisca se dice a sí mismo que no tiene sentido usarla en casa pues siempre acaba escribiendo mucho más que unas simples notas recordatorias de impresiones del mundo por el que se pasea y utilizando para ello o bien el ordenador o bien un cuaderno de hojas en blanco de los que no se atreve a prescindir como tampoco puede dejar de utilizar esos rotuladores de punta superfina que le permiten una caligrafía tan microscópica que pone de manifiesto su inseguridad pues no quiere que nadie entienda lo que escribe.

Piensa que él no ha sabido ser lo suficientemente rupturista y que su manera de entender el continuismo creativo, como el de Rafael respecto al Perugino, con su toque innovador, no le ha llevado a ninguna parte o eso siente él aunque no pocos colegas señalan algunos de sus trabajos como rompedores. Sin duda lo son pero en una medida a su juicio tan pequeña que su impulso revolucionario exhibicionista se siente frustrado. La pregunta que no consigue contestarse es justamente cómo se hubiera sentido en la soledad del que se queda aislado en la profesión porque sus ideas o comentarios son recibidos como la consabida palinodia de un loco y no como la iluminación del genio.

Ha llegado a esta situación poco a poco; pero ya parece estar a punto de poder contestarse esa pregunta pues se aísla sin remedio. Ya no le queda más que los almuerzos en el comedor de profesores como único campo de batalla en el que ejercer lo que él cree sus iluminaciones contra los convencionalismos habituales de los comensales cada vez más escasos que se sientan a su mesa. El más fiel de los colegas en esa escasa media hora que dura el almuerzo resultó ser finalmente ese colega fallecido hace poco más de un año y posible predecesor en la Academia de XXXX en caso de que él acepte escribir ese discurso que empaña sus sueños pues no puede decir nada interesante de él ya que era cualquier cosa menos interesante tanto en su trabajo académico como en sus comentarios cotidianos sobre las noticias del día ya fueran éstas propias del centro de trabajo en el que coexistían ambos o ya se trataran de los editoriales del periódico que, curiosamente, leían ambos.

En el primer caso solían estar de acuerdo pues curiosamente, pensaba ahora, este tipo vulgar y él compartían una especie de ascesis cumplidora de la literalidad de los reglamentos vigentes, una especie de docilidad, disfrazada de honradez casi heroica, que ya no se llevaba nada. Pero en cuanto entraban a valorar una opinión de terceros relacionada con algún acontecimiento del momento estallaba la ira de uno u otro y solo muy pocas veces la de ambos simultáneamente de manera que en esas raras ocasiones no sabían contra quien alzar la voz.

Detiene su rotulador de punta fina y su imaginación vuela hacia la ya imposible comida de un próximo día en la que él habría tratado de enzarzarse en una discusión colérica de la crítica cinematográfica de una película recién estrenada y que se mencionaba como seria candidata al Oscar a la mejor película en la ceremonia que se celebraría en unos días. Se extrañó de echar de menos a este idiota que seguramente no tendría nada que decir respecto a esta película que, sin embargo, podría tomarse como una imagen en un espejo de la relación entre ambos, los dos viejos del lugar y los dos que ya aceptaban su soledad pero que luchaban contra ella de maneras diametralmente opuestas.

Pocos días antes de morir y encontrándose ya bastante pachucho había comentado que si pudiera empezar otra vez le hubiera gustado tomar una actitud como la que él entendía que había tomado yo alejado de todo y de todos en una soledad irritada, pero que su carácter no le permitía la irritación. Recuerda ahora con la noche ya caída y en plena luna nueva que no tuvo la educación de agradecerle el piropo porque en el comentario no vio eso sino una crítica más de la arrogancia que le constaba Javier le atribuía en conversaciones con otros.

Al fin y al cabo sería acertado pensar que Javierito debía mofarse de que Ramón escribiera siempre en inglés sus trabajos, que se negara a escribir divulgación en los periódicos o revistas en castellano y que, aunque asistía a numerosos congresos en los que a veces incluso presentaba algo y conocía a muchos de los investigadores admirados en esas fechas, no era sino un endiosado pobre hombre que no tenía amigos ni el suficiente éxito profesional ni social. Al fin y a la postre él, Javier, estaba bien relacionado con las fuerzas vivas mientras que este orgulloso y presumido intelectual era sistemáticamente ignorado en cualquier área de la vida social, algo que su esposa actual, lo mismo que la anterior, le reprochó mil veces antes de marcharse de casa por una temporadita, según ella.

Esta circunstancia poco gratificante era, en este momento, una bendición pues le dejaba espacio y mucho tiempo para enfrentarse con ese maldito discurso que poco a poco se iba perfilando como una última conversación en la hora del almuerzo en aquel comedor lúgubre de la Universidad, una en el que le gustaría ser especialmente cruel pero en la que no sabía si se atrevería a serlo. Pensó en esa película que vio ayer con su mujer antes de acompañarle a ese apartamentito en el que ella se tomaba su tiempo antes de decidir qué hacer con el oso cavernario con el que se había casado, en segundas nupcias ambos.

Ramón pensaba que él era como el protagonista de esa película, alguien que había brillado en su juventud cuando se trataba de mostrar mucha inteligencia y no poco conocimiento y que ahora luchaba contra la muerte tratando de ser sabio mientras que Javier, de estar vivo, habría seguido siendo un pobre recolector de estadísticas cada vez menos hábil, lo que no le habría obligado a abandonar su asidua presencia en las tertulias televisivas para las que sin duda tenía un cierto don, pero probablemente le habría empujado hacia el cultivo del conocimiento, como información estructurada, pero sin ni siquiera oler lo que es ser sabio.

Terminaría ya por hoy la escritura de ficción y tomaría unas notas para comenzar mañana su performance como actor de un teatro que pretendía abrir caminos hacia la sabiduría. Y nada mejor para ello que inventarse una crítica de esa película reciente, Birdman, que tenía un subtítulo realmente intrigante («la inesperada virtud de la ignorancia») y usaba, a guisa de mesa del comedor de profesores, un teatro de Broadway en el que se estrenaría pronto una obra de Carver («De qué hablamos cuando hablamos del amor») en la que se enfrentarían los dos personajes correspondientes a su Ramón y su Javier.

Resaltaría, como siempre, que la verdad y lo imaginado no son fáciles de distinguir en una obra de ficción lo mismo que en esa asignatura de la que ellos debían aprender sin que él enseñara nada y se limitara a comentar sus pasos en el camino desde la información a la sabiduría pasando por el conocimiento, ese conocimiento anémico en el que se quedaría los simples. Pero esta vez iba a ir un poco más allá y les comentaría como de pasada que no estaría mal que investigaran quién era el director, Iñarritu, y se asomaran al cráter de ese volcán que es la exploración del propio ego.

Esta última imagen, por cierto, podría ser la clave de la parte de su discurso en el caso que se tratara del de aceptación y no el de rechazo. Su vida no había sido sino una tensión continua entre Holywood y Broadway, una tensión que pudo ser creativa, pero que no llegó a desvelar la importancia de la sabiduría como conocimiento auténtico.

«Holywood vs. Broadway» recibió 0 desde que se publicó el martes 20 de enero de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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