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Holgura

Publicado en Expansión, martes 2 de octubre de 2007

Ahora que acabamos de conmemorar el sexto aniversario del atentado de las torres gemelas se me ocurre que hay una extraña relación entre el nuevo terrorismo, la estructura de mercados y esa innovación financiera que resulta no ser independiente de la crisis por la que atravesamos.

El hilo conductor de esa relación pasa por la holgura, una noción económica que nunca se explícita y que, sin embargo, es central para la manera de pensar específicamente económica. Los economistas saben algo de ella de forma implícita a través del examen de la programación lineal.

Imaginemos un problema típico, el de maximizar una función de bienestar social con sujeción a las restricciones de recursos de acuerdo con las cuales lo que se necesita de cada bien para producir la cantidad de uno determinado de acuerdo con una función de producción de coeficientes fijos, ha de ser menor o igual que la cantidad disponible. De este problema matemático surgen unas constantes, llamadas precios sombra, que son unos indicadores de la escasez social y solucionan el problema dual de minimizar, a esos precios, el coste de producir, con la tecnología indicada, un nivel dado de bienestar social.

Lo interesante de ese ejercicio de introducción a las matemáticas para economistas es que, cuando uno de esos precios sombra es cero, quiere decir, no que no haya que pagar por él, sino que es socialmente abundante ya que un pequeño incremento de en su cantidad no nos sirve para incrementar el bienestar. En términos de holgura diríamos que, en lo que concierne a ese recurso en particular, no tenemos que preocuparnos mucho ya que, en definitiva, una pequeña perturbación de su cantidad disponible no va a cambiar la asignación de bienes. Es decir que, en presencia de esa holgura, la asignación de bienes (que es lo que les preocupa a los economistas) deja de ser frágil. Que la holgura nos defiende de la fragilidad es la idea que quiero exponer en este artículo. Más en concreto, lo que pretendo es aplicar esa intuición económica de la holgura tanto al terrorismo de nuevo cuño como a la crisis financiera que vivimos.

Respecto al nuevo terrorismo suicida que hace su presentación en el atentado de las torres gemelas de NY me gustaría recordar algunas ideas de pensadores bien conocidos, El ya fallecido Baudrillard nos remite, en L’esprit du terrorism, al suicidio del propio sistema que muestra su fragilidad y a la banalidad del mal que muestra que el sistema no solo es frágil sino también transparente. Por otro lado Temblores de Aire. En las fuentes del terror de Peter Sloterdijk, sugiere cómo el terrorismo hoy es la prolongación inevitable de la tecnología de la manipulación del medio ambiente que permite eliminar las condiciones de vida de cualquiera y de todos.

No hay pues refugio frente a ese terrorismo de la misma forma que no hay abrigo en la guerra total asociada a la movilización total de Jünger: seas lo que seas estás movilizado y no te queda espacio para la persecución de tus objetivos individuales. Retengamos esas categorías de fragilidad, transparencia, saturación y movilización total que parecen caracterizar a una sociedad como la nuestra en la que surge el terrorismo suicida. En ninguno de los autores citados se habla de holgura; pero me parece obvio que la parte agónica de sus ideas tiene que ver con su falta.

¿Qué tiene que ver esto con la Economía? Aparentemente nada; pero, además de la noción técnica de holgura que ya he introducido, hay algunas nociones abstractas y profundas de la manera de pensar económica que reciben nueva luz de estas consideraciones filosóficas y nos vuelven a confrontar con dicha holgura. A continuación me referiré a dos de esas nociones que corresponden a dos características definitorias de una economía en sentido teórico: la racionalidad y el mercado.

Respecto a la primera ya he expresado en alguna ocasión mi opinión nada favorable sobre el diseño como una sobredosis de racionalidad ya que en él todo tiene su función y no hay nada arbitrario. La moraleja es que hay que ser sabios, no sólo racionales, para saber prescindir del uso de la escueta racionalidad funcional en aras de una reserva de capacidad creativa a ejercer en circunstancias no previstas. La racionalidad excesiva que yo asociaba al diseño, y que hoy asociaría a la transparencia total, podría generar otra vez una enorme fragilidad. La holgura es pues necesaria.

Con relación al mercado paso ahora a describir las (relativamente) nuevas ideas que conforman la trama de lo que ha dado en llamarse estructura (in)completa de mercados. La manera convencional de tratarla comenzaría por suponer que, además del conjunto de individuos, están dados el número de mercancías y de empresas, cada una de estas últimas con su tecnología propia que especifica cómo unas mercancías de las dadas se convierten en otras mercancías de las dadas.

El problema es encontrar un vector de precios, uno para cada mercancía dada, una asignación de bienes para cada consumidor y un plan de producción para cada empresa dada, tales que cada consumidor maximice su utilidad sujeta a su restricción presupuestaria y cada empresa maximice su beneficio desde su tecnología. En esta descripción convencional la estructura de mercados es completa, es decir todos los mercados (spot, de futuros o contingentes) están hoy operativos de forma que el tiempo no juega ningún papel.

Si la estructura de mercados fuera incompleta, es decir si hoy no existieran todos los mercados, el tiempo importaría, las expectativas contarían y el número y naturaleza de empresas y mercancías debería ser endógeno. Si se forma un cierto conjunto de coaliciones productivas (empresas) tendremos un cierto conjunto de mercancías; pero sí se formara un conjunto distinto de coaliciones productivas el conjunto de mercancías disponibles será distinto. En una situación así, que contraste con la convencional, cualquier cambio en gustos o en tecnología acarrea un cambio en el conjunto de mercancías disponibles. Como los cambios tecnológicos pueden ser el resultado de la labor innovadora, nos encontramos en presencia de la destrucción creativa de Schumpeter. De acuerdo con el cambio tecnológico algunas empresas desaparecerán mientras nacen otras que nos proporcionarán, a través de las nuevas mercancías que producen, un mayor bienestar. Pues bien, si esta mejora continua es posible, es porque no hemos agotado en la práctica el catálogo de bienes concebibles que existen en el cielo platónico: la movilización nunca es total, ni el espacio esta saturado, hay holgura.

Para terminar veamos que estas ideas son aplicables a la crisis financiera de este verano y que continúa ya entrado el otoño. La fragilidad y la transparencia, la saturación del espacio y la movilización total son categorías que no pocos economistas asociaríamos intuitivamente al sistema económico con estructura completa de mercados. Lo interesante es que nos acercamos poco a poco a esa situación, gracias o a causa de, la innovación financiera que, a través de la proliferación de productos derivados, va completando la estructura de los mercados ya que los nuevos mercados financieros son equivalentes a los mercados contingentes para entregar una mercancía en una fecha futura o en una contingencia determinada.

Fiarlo todo a los mercados, como en un modelo con estructura completa de mercados, parece como un arriesgado número de circo efectuado sin red, es decir como sostenido únicamente por la interacción entre los propios mercados que, por su parte, no se sostienen en nada externo a ellos. A mi juicio no hay idea más interesante que este auto-sostenimiento del sistema de mercado; pero cuando uno la piensa en toda su profundidad no hay más remedio que reconocer que, en ausencia de otras instituciones que le dotaran de holgura, ese sistema de mercado es de una fragilidad tal que bien podría estar simbolizada por la implosión de las torres gemelas al derretirse sus varillas arquitectónicas maestras, algo no del todo ajeno al posible derrumbe del sistema financiero al desaparecer la confianza.

En resumen, que llevar las cosas a sus extremos aunque esos extremos sean atractivos, tal como son las ideas de transparencia o el desideratum de la estructura completa de mercados, tiene el peligro de la fragilidad y de la saturación que acaban no dejando espacio a la autonomía personal precisamente porque ponen en peligro la solidez del sistema justamente por la falta de holgura.

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