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Hockney

Como se sabe Bilbao es el centro del mundo. Por eso hay que acercarse de vez en cuando si ya no vives allí permanentemente. Y nunca te defrauda. El sábado por la noche hay que ir al estreno de Nabucco en el Euskalduna y antes es obligatorio acercarse a los museos. Hoy les hablaré del Museo berria, el nuevo, el que llaman Guggenheim.

La exposición de Hockney en el Guggenheim te abre los ojos y el alma a muchas cosas que interesan y, sin embargo, no aparecen en las agendas de los periódicos. Mi mujer y yo conocemos a este pintor desde hace muchos años y desde aquel día en el que por poco nos endeudamos para comprar un par de sus composiciones realizadas a base de fotos de máquina polaroid, hemos seguido su trayectoria con todo el cuidado que un simple aficionado puede permitirse. Le seguimos en Los Angeles en donde vimos aquella preciosa película A bigger splash sobre su personalidad y sus pinturas de piscinas californianas con un agua límpida con miles de reflejos. California tomó un significado distinto desde aquel momento. Y ahora llega a Bilbao con una exposición que incide justamente en mis preocupaciones como si él y yo nunca nos hubiéramos separado.

Al volver a casa lo primero es la tierra, tierra querida, lur maitea. Y quien dice tierra dice mar. Volver a Bilbao es volver al mar lo mismo que para Hockney volver a su tierra es volver a los campos y a los bosques de su Yorkshire natal. Pero la nostalgia de este pintor no es melancólica. Está llena de ideas.

La primera es que no hay nada puramente natural. Hasta la naturaleza tiene algo de artificial y así nos lo cuenta con tractores o automóviles al borde de un camino, de ese camino que no puedes evitar te evoque Munch y, por lo tanto, un poquito de expresionismo que se añade a toques de impresionismo y de surrealismo. Hay en sus pinturas un juego perverso de señales de tráfico que avisan que por allí pasan caballos. Y lo que parecería pura naturaleza es amenazador, tanto como lo sería una selva llena de serpientes.

Otra idea en la que se basa mucho del montaje de su obra en Bilbao es la del punto de vista. Una vez más no hay forma de no ser relativista. Las cosas son distintas, hablan diferente según como las mires. El ojo es ya un instrumento y si ese instrumento mira a través de una cámara oscura o de una lente, nuestro cerebro ve otra cosa y se da cuenta de que un pequeño cambio de ángulo del instrumente intermediario puede cambiar totalmente la percepción.

Y ¿qué decir del camino? es una figura retórica tan polimorfa que te quedas extasiado. Irse o llegar, huir o invadir, pasear o correr, salir o entrar. Todo en él evoca el dentro y el afuera esa dicotomía central para entender el principio de lo que es entender.

No sé si es una idea, pero también inquietan los troncos delgados cortados y los troncos fálicos muertos. Me lleva pocos años y él, Hockney, y yo sabemos de lo que hablamos. Por eso no me paro delante de esa sección sin embargo tan central en la muestra. No estoy para ideas de decadencia. Estoy pata ideas liberadoras, así que por la noche Nabucco de un tal Verdi, gran hincha del Athletic. Pero eso se lo contaré mañana.

«Hockney» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 21 de Mayo de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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