Desde mi sillón

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Historias de Lourdes

Venga Lourdes, empecemos esta noche, déjame contarte mis manías y lo poco que yo te puedo ofrecer. Solo algo de Teoría del Conocimiento. El resto es muy poco y muy poco ortodoxo; pero, ¿quién sabe? Igual tú me lo permites.

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Me parece Esperanza que me has metido en un buen lío. Tratando de contar contigo como ayudante de meriendas intelectuales, todo ello en favor de la universidad pública, me has entregado en manos de Lourdes, una viuda joven y rica, pero llena de problemas. No está mal que sea rica, pues esta vida en la que estoy metido, si bien es lo que yo quiero, no me da como para hacer extravagancias que también quiero llevar a cabo por lo menos en aquellos momentos en los que el cariño de mi padres me dejan libre del cuidado de su nieto nacido en LA y sin madre. No quiero pensar en aquellos meses en los que tenía que escribir la tesis, una vez finalizada la formación previa realizada a trompicones, mientras visitaba médicos con aquella mujer, quizá la pieza más cotizada de mi colección perversa, pero sobre todo un carácter sólido que era lo que yo necesitaba dada la inestabilidad caprichosa de hijo varón único y la cierta holgura financiera que un día heredaré de mis padres. Pero las visitas médicas se hicieron más frecuentes, ella no pudo seguir con su tesis, y un día decidió que quería morir en España. No nos dio tiempo de prepararlo todo y está enterrada en el cementerio del mismo Westwood, entre héroes de guerra y en donde algún día, cuando nuestro hijo sea ya un jovencito, la visitaremos.

No, no está mal que sea rica, pero la pena que arrastra no es un simple duelo, es algo hondo que viene de muy atrás y en lo que me voy enredando a pesar del distanciamiento que he procurado mantener, pues yo solo estoy para hacer bien mi trabajo de profesor/actor y para continuar con mi colección erótica. Me ve como alguien de otro lugar al que le cuentas todo lo que, en general, te guardas para tí. Como si fuere un compañero de asiento de un vuelo transoceánico con el que acabas hablando de tu propia familia o incluso inventándote anécdotas divertidas para hacer más llevadera la imposibilidad de dormir en esos asientos de clase turista que los que no somos tan ricos como tú, querida y lejana Esperanza, son los únicos que nos podemos permitir. Ya he entendido que su padre no nació rico y que su madre no era de buena familia y, lo más importante, que ambos se prometieron no hacer pasar a sus cuatro hijos por las mismas humillaciones que tuvieron que pasar ellos para ser aceptados como parte de la comunidad rica de la Ciudad. Pero el padre lo consiguió y de una forma bien peculiar. No me refiero a los negocios, que también eran poco corrientes, pues una fábrica de chapas para botellas no es lo que la Cuidad admira, sino que me refiero a sus inversiones en tierra en un mundo en que la poca calidad de ésta ha obligado a emigrar a generaciones casi enteras en un pasado no tan remoto. Montes enteros pasaron a sus manos y su madera le dio mucho dinero cuando, en silencio, la construcción comenzó a constituir una buena inversión. Mejoraron su domicilio y esto, me cuenta Lourdes, le permitió cambiar de colegio y coincidir contigo en ese colegio al que tantas veces te acompañé hace veinte años.

Que no le recuerde a ella cuando ella jura que nos veía con envidia todas las mañanas cuando nos separábamos con tiempo suficiente para que yo no llegara tarde a mi colegio, le produce una especie de dolor que no consigo quitárselo ni con dosis crecientes de aguardiente, que lejos de alegrarle, parecen ensombrecer su sonrisa hasta hacerla desparecer, cosa que ocurre indefectiblemente cuando añadiendo tiempo a nuestro trabajo de coordinación, que se ha convertido en más frecuente, rememoramos nuestros veraneos, el mío donde ya sabes y el de ella no lejos de la Ciudad, pero tierra adentro, como si sus padres quisieran exportar su éxito en los negocios al terreno de la alcurnia y ésta se encontrara solo en tierras de caza con su correspondiente casa de campo que, además, sirve para dedicar fines de semana a este deporte e invitar a conocidos escogidos entre lo más florido de la Ciudad para anudar relaciones y propiciar posibles oportunidades de negocio.

Con el tiempo, pensaba su madre, acabarían aceptando la invitación hijos e hijas de sus nuevos amigos y Lourdes y sus hermanos podrían integrarse entre la gente bien de la Ciudad y hacer una buena boda. Esto es justamente lo que Lourdes hizo. Al terminar el colegio ya estaba ennoviada con un hijo de buena familia, de las que solía ir a cazar a la finca de sus padres, y que extrañamente había empezado a estudiar arquitectura en Madrid. Era una carrera larga, pero Lourdes supo esperar con la ayuda de personas como tú, Esperanza, que no he conseguido saber cómo, has llegado a ser como una hermana para ella. Una hermana cuyas intenciones en relación conmigo tampoco consigo aclarar.

Tendrás que concederme que he llegado a saber mucho en el poco tiempo que nos deja la organización de la siguiente merienda intelectual en tu casa. Decidimos el tema de común acuerdo y luego pensamos quién podría jugar el papel de conferenciante siempre que, en un momento posterior, esa persona aceptara ese papel en los términos un poco raros para un soit disant pensador o científico consistentes en que las chicas no consiguen saciar su sed de conocimientos probablemente porque no llegaron a terminar ningún estudio superior. Esta semana, por ejemplo, hace dos días, he conseguido que el catedrático de astronomía acudiera a ese café donde tú me maltrataste a fin de convencerle de que sus conocimientos eran intensamente demandados por unas señoras jóvenes -y guapas, añadí yo, como para romper un hielo que por otra parte no parecía existir- cuyas labores de casa no les permitían acudir a centros regulados y de calidad contrastada y cuyos maridos tampoco habrían estado muy contentos con la confesión pública de que sus esposas no estaban del todo satisfechas. Lourdes le tiró de la lengua pues el tema parecía apasionarle y este interés sirvió de coqueteo entre ella y este profesor y observador del universo, mientras yo solo deseaba con impaciencia que terminara ese coqueteo y tuviera que levantarse para ir a su casa con su familia después de una dura jornada, y Lourdes, viuda sin hijos, y yo, viudo con un hijo pequeñito y muy bien atendido, pudiéramos tener unos momentos solos y alargar la noche tanto como quisiéramos.

Dada la experiencia, que empezaba a ser abundante, todo ocurrió como estaba previsto y una vez que yo comentara que la cuenta del refresco y la copa que había consumido el futuro conferenciante corría de mi cuenta, finalmente nos encontramos Lourdes y yo uno enfrente del otro. Solo eran unos segundos, pero todos los meses, cuando llegaba ese momento recordaba yo con amargura cómo prácticamente me tiraste el dinero a la cara aquel primer día que te cité en este mismo café.

En esta ocasión yo había anunciado que me gustaría invitar a Lourdes a un restaurante del casco viejo que en el pasado había sido escenario de muchos buenos momentos. No estaba lejos del café y un paseíto le vendría bien a Lourdes, le permitiría refrescar las ideas. Cuando volvió del guardarropa con el abrigo puesto me quedé impactado, pues el abrigo era una copia de aquel abrigo de mouton rasé con el que siempre recordaré a aquella señora del Simca 1000 de la que nunca te he hablado a ti, Esperanza, pues me colocaría en una situación incómoda por evocar un aspecto de la Ciudad y de mi vida que tu entenderías en toda su complejidad e ignorarías como una excentricidad más. En vuelta su cabeza entre las enormes solapas del abrigo, en una postura que el tiempo otoñal no exigía, aceptó andar hasta el restaurante a lo largo del trozo de la ría que hace un suave círculo hacia el Mercado. Curiosamente el camino le era familiar y me dijo que lo hacía a menudo cuando de joven se quedó un tanto descolgada. No solo conocía la historia del teatro Arriaga, sino también el edificio de la Bolsa vieja y esa esquinita desde la cual se puede ver la basílica de Begoña, un lugar que pocos conocen y cuya identificación revela a un verdadero habitante de esta ciudad, de esos que no la han abandonado para dispersarse por la margen derecha muy cerca ya del mar abierto.

Pero esa no había de ser la mayor sorpresa de la noche. Al quitarse el abrigo casi me deslumbra el brillo de un collar de diamantitos que sostenía un diamante muy grande y, en cierto modo, inadecuado para el tipo de cena que yo tenía en la cabeza, informal y bastante alcohólica, como el inicio de una complicidad irrompible de esas que creemos poder forjar en una juventud que todavía no ha tenido tiempo de conocer de primera mano la potencia rupturista del olvido que el paso del tiempo siempre trae consigo. Cumplimos con todos las exigencias gastronómicas del local, comenzando por un aperitivo bastante alegre que, si bien al principio solo sirvió para que Lourdes pudiera observar a su antojo a las mesas de nuestro alrededor hasta convencerse de que no había nadie cuya presencia le disgustara, enseguida desató su lengua. Y así comenzó una especie de monólogo en una dirección totalmente inesperada para mí. Creo que la elección de ayudante que tú forzaste fue muy bien pensada.

Para ti será una historia demasiado conocida, pero para mí fue un descubrimiento que alguien como ella no se resignara a esperar inactiva la terminación de la carrera de ese novio que tanto le convenía y aprovechara los años para matricularse en la Universidad privada de la Ciudad en la carrera de Filosofía casi recién inaugurada. Por lo visto no le importaban mucho las notas y tampoco la mayoría de las materias, pero cuando se encaprichaba de una podía dedicarle todos los minutos del día, ya fuera en la casa paterna, ya fuera en la biblioteca. Así ocurrió con la Teoría del Conocimiento que finamente “me derrotó”, confesó ella entre la ensalada y el plato de caza que había elegido de segundo. Sigo sin entender cómo podemos estar seguros de cualquier explicación por reconocida que ésta sea. No me refiero, por ejemplo, al tipo de tela de tu camisa -“que por cierto es muy elegante”, añadió como para saber si debía seguir con la exposición de sus preocupaciones epistemológicas o si yo esperaba algo menos técnico y más frívolo-.

Ella no debe saber lo que tú tampoco conoces, Esperanza, pues si lo supieras se lo habrías contado, que prefiero lo técnico, pues me parece lo más frívolo. Así que el gesto serio que debí hacer por la fuerza de costumbre parece que le convenció de que yo prefería su conferencia sobre la imposibilidad de saber que los comentarios sobre moda masculina.

Este hombre -se refería al próximo conferenciante- parece creer que las explicaciones científicas sobre el nacimiento del universo son el ejemplo del método empírico que nos acerca inexorablemente a la verdad. Yo no sabré nada, pero me parece que el método empírico exige muchos experimentos para ir disminuyendo la probabilidad de error. Y aunque esos experimentos fueran económicamente asequibles, como esta cena, digamos, nunca podrían elevar la probabilidad a la unidad, con lo que siempre es posible que otra teoría en la que no hemos pensado nunca sea la verdadera, y digo verdadera pues no sabría como usar otra palabra que reflejara nuestra ignorancia insalvable.

Ni ella ni yo habíamos probado bocado del segundo plato y pareció el momento de cumplir con la cortesía y las buenas maneras mordisqueándolo y fingiendo un apetito que al menos yo había perdido. Así que me lancé a un discurso improvisado e interesado.

Cuanto me alegra lo que me has contado, querida Lourdes, pero por razones quizá inadecuadas. Yo pretendía acercarme esta noche a ti con intenciones no muy santas y héteme aquí que tú tocas una fibra muy íntima y lo haces de manera totalmente inesperada. Pero ¿cómo es posible que una mujer joven como eres, y más que lo eras en esos años, pueda entregarse a un tipo -perdona mi lenguaje, pero son ya muchas copas- que solo pretende, digo yo, construir casas o lo que sea, aunque fueran iglesias, en un mundo del que no sabemos nada?. Y mientras tú aquí en casa de tus padres viendo cómo tus amigas se ennoviaban de verdad y honraban sus hormonas. Lo tuviste que pasar fatal y me extrañaría mucho que no se lo hicieras pagar a tu marido cuando finalmente os casasteis. No me siento mal preguntándote ahora mismo si fuiste feliz con ese hombre, si te satisfizo vaya, si perdiste la cabeza aunque fuera por unos segundos.

Callamos unos minutitos mientras nos ofrecían el famoso postre de la casa que aceptamos sin rechistar. Ya quedábamos pocos en el restaurante y quizá por eso Lourdes sonrió y fue muy franca:

-No Jon, nunca, ni un segundo fui feliz. Este marido no hizo sino aprovecharse del dinero de mis padres o mío una vez heredada para sus aventuras de todo tipo. Las arquitectónicas fueron lo de menos. Las más horribles fueron los constantes engaños que comenzaron con los imprescindibles -según él- viajes y poco a poco se fueron extendiendo a esta Ciudad nuestra tan poco discreta y tan dada a la murmuración. Se dijo de todo y todo lo que se dijo era cierto. No me quedaba más que Esperanza que hizo lo que pudo por ayudarme y por tener en mi una confidente, pues tampoco a ella le fueron las cosas tan bien. Pero ella tuvo hijos y ese hecho te da fuerzas para resistir lo que sea. Pero ahora que esos niños son ya mayorcitos pierde resistencia y se empieza armar contra cualquier enemigo, real o imaginado. Yo nunca le he traicionado con su marido, pero empieza a sospechar, y por consiguiente pretende echarme en tus brazos.

– No me gusta ser utilizado, pero en esta ocasión creo que se lo voy a tener que agradecer.

Sonreí pícaramente mientras pedía la cuenta.

-Venga Lourdes empecemos esta noche, déjame contarte mis manías y lo poco que yo te puedo ofrecer. Solo algo de Teoría del Conocimiento. El resto es muy poco y muy poco ortodoxo; pero, ¿quién sabe? Igual tú me lo permites.

Salimos en dirección al Mercado. Lourdes le había dado la noche libre al conductor y por allí había una parada de taxis. Tomamos el primero y para cuando yo introduje mi cabeza en el asiento de atrás, después de franquearle la puerta a Lourdes, ella ya había dado su dirección al taxista. Tardaríamos en llegar y no era el caso de entablar una conversación que continuara la del restaurante. Así que tanteé un acercamiento al objeto de mi manía secreta.

«Historias de Lourdes» recibió 0 desde que se publicó el Jueves 14 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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