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XXXI: Qué hacer? Bietan jarrai. Fiscalidad

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presupuestos 2013

Presupuestos 2013. Tamaño del estado y regulación

  1. Se acaban de aprobar y ya están en entredicho por la cifra de crecimiento en el que está basado el modelo de crecimiento sobre el que se asientan. El gobierno trabaja para el 2013 con una bajada de solo el 0.5 % mientras que los organismos europeos e internacionales dan la cifra de 1.5 % de bajada. De una u otra forma ya se cuenta con que España necesita más tiempo para estabilizar sus cuentas pues, además de las pobres cifras de crecimiento, no lo puede hacer demasiado rápido si se quiere evitar problemas sociales serios. Esta posible moratoria sería en la práctica algo bueno para nosotros siempre que supiéramos utilizar ese tiempo con la vista puesta en el superávit primario de forma que podamos pagar los intereses de la deuda sin necesidad de endeudarnos para hacerlo. Francamente no sé si los presupuestos de este año van por este camino.
  2. En este punto es el momento adecuado para comentar la guerra de multiplicadores. El interés político de esta guerra está en las diferencias entre los partidarios de incrementar el tamaño del Estado a través del incremento del gasto público y aquellos que creen que esto último no lleva a ningún sitio puesto que el multiplicador fiscal, lejos de ser de magnitud significativa como creen los primeros, es muy pequeño y posiblemente inferior a la unidad. Lo que importa aquí, en efecto, es si un euro de mayor gasto financiado por un euro de incremento impositivo es mayor o menor que la unidad. En este segundo caso la austeridad sería la receta adecuada, pero solo en ese caso. El asunto es pues crucial, pero no estamos seguros de cuál es el caso pues el cálculo da la magnitud relevante depende de cómo se haga: si en base a modelos puramente estadísticos tipo VAR, o en base a la estimación a la antigua de modelos macro estáticos o, finalmente a partir de los modelos estocásticos y dinámicos de equilibrio general (DSGE models) a los que me referiré con un poco más de cuidado más adelante. Y lo que ocurre es que nadie tiene buenas razones para usar uno u otro método más allá de la vanidad académica y técnica o de la ideología: ¿estabilización de las cuentas o relanzamiento?, ¿en qué orden?
  3. Lo que quizá subyace a esta discusión huérfana de buena teoría, más allá de la vanidad intelectual, es, en mi opinión, la ideología y sus sesgos respecto al tamaño del Estado. Demorémonos aquí un poco. Una de las enseñanzas de la campaña electoral americana es que la discusión sobre el tamaño del Estado es algo que no se puede dar por zanjado y que vuelve a la atención pública y a la discusión académica a caballo de la posición de uno y otro candidato sobre el liberalismo de la política económica, un asunto que creíamos olvidado durante los años de la Gran Moderación en los que pensábamos que no había lugar para la discusión pues la libre competencia se había mostrado un magnífico arreglo para la creación de riqueza y las desigualdades que pudiera acarrear eran aceptables pues la acumulación de riqueza estaba abierta a todas las personas dispuestas a trabajar y eran en parte solucionables mediante un sistema impositivo razonablemente progresivo. La discusión en los EE.UU. de América es fácil de resumir o, si se quiere, de caricaturizar. Obama querría que nadie se quede fuera de los cuidados médicos, para lo que hay que gastar bastante, y Rommney no quiere que los ricos paguen más al fisco porque son ellos los que crean riqueza. Los empresarios quieren pues disminuir el tamaño del sector público para que no se inmiscuya en decisiones o en las formas de gestión en las que no parece que se desenvuelve muy bien y los profesores, por hablar de otra capa social en la que se encierran la mayoría de los intelectuales e investigadores (incluidos algunos economistas, pero no todos) les gustaría que el Estado estuviera a cargo de la financiación de los bienes públicos en general y, en particular de los fondos para la investigación y el desarrollo, especialmente para aquella pues la básica no es muy apreciada por los empresarios que solo la apoyarían en la medida en que fuera cierto que, sin ella y al final, la fuente de las innovaciones tecnológicas aprovechables por la industria acabaría secándose.
  4. Esta discusión es asunto viejo para cualquier economista que esté al tanto de la discusión entre dos liberalismos, el escocés y el austriaco, que creen firmemente en la competencia, a poder ser perfecta, pero que crecen en dos viveros distintos. En uno, el escocés, cada uno de nosotros nos sentimos irrelevantes ya que somos tan pequeños que nada de lo que hagamos puede influir en el bienestar de los demás a no ser que haya defectos de mercado de cualquier tipo en cuyo caso la única solución es la intervención regulatoria del Estado. En el otro liberalismo, el austríaco, no hay defectos de mercado y es la propia fuerza de la competencia la que, por un proceso de interacción no muy bien conocido, consigue que se llegue a una situación estable sin intervención del Estado. Este enfrentamiento nunca ha sido dirimido en la teoría, pero hoy en día, a cinco años del inicio de la crisis financiera después de dos décadas de éxito fulgurante de la iniciativa privada, parecería que la desregulación en general no ha sido a la postre demasiado exitosa al menos en el sector financiero. En este sector, y yo diría que en todos los demás aunque con mayor recato, se ha observado a dónde nos lleva la falta de regulación propia de un liberalismo a ultranza. Bajo el disfraz de competencia han crecido hasta límites obscenos las rentas apropiadas por los que tenían ocasión de hacerlo sin que esa competencia catalítica haya sido freno a esa captura solapada.
  5. Es por esa razón que junto a la discusión del tamaño del Estado surge de golpe, como si nos percatáramos del problema de repente, la sospecha de que la desigualdad ha crecido mucho tal como nos lo indican los índices generalmente utilizados y nos damos cuenta de que esa desigualdad es peligrosa y genera una envidia, y un resentimiento en la época de las vacas flacas, que no se puede obviar mediante llamadas a la responsabilidad individual o mediante la condena de la actitud que pide a los demás, y más concretamente al Estado, la solución de sus problemas. En los comentarios finales hablaremos con más detalle sobre el problema de la desigualdad. Baste ahora con apuntar que, sea a través del Estado o de cualquier instancia empoderada por la votación de todos, es necesario que no dejemos que la presunta eficiencia de la gestión privada acabe con la equidad que a todos nos interesa al menos desde detrás del velo de la ignorancia en nuestra situación originaria. Cualquier reforma fiscal que se plantee hoy (como en Francia por ejemplo o en los USA) tendrá que estar basada en principios básicos hace tiempo desatendidos que se relacionan con la equidad. Se necesitaría un Libro Blanco ad hoc que nos recuerde la maraña de excepciones, subvenciones y demás y trate de simplificarla para aumentar la transparencia de quién paga y quién no lo hace.

«XXXI: Qué hacer? Bietan jarrai. Fiscalidad» recibió 2 desde que se publicó el martes 18 de diciembre de 2012 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] Juan está preocupado por el incremento de la desigualdad y sus efectos. No puedo compartir más su preocupación. Busca respuestas en un reforzado intervencionismo estatal. Sin embargo, el origen del rápido crecimiento de la desigualdad está en la increíble captura de rentas de los últimos años, que ha originado eso que llamamos «descomposición» y que destruye al tiempo al estado y al mercado. En EEUU esas capturas llamativas tomaron en parte la forma, es cierto, de una desregulación (sobre todo en el sector financiero)… pero no en menor medida que, en los mismos EEUU y en Europa, tomaron la forma de regulación (por ejemplo con la propiedad intelectual), el control político (licencias de medios) o las subvenciones (desde las escuelas concertadas a los cultos religiosos pasando por la «ayuda al I+D» recibida por grandes consorcios de telecomunicaciones, energía y aeroespacial). Mi impresión es que viniendo de ese recorrido, una mayor intervención estatal sostendrá el desarrollo de la desigualdad porque en vez de secar sus fuentes, dará un nuevo carril y futuro a los grupos rentistas, del mismo modo que las subvenciones agrarias europeas han acabado favoreciendo más a la gran propiedad que a la población agraria. […]

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