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XXV: Signos de descomposicion

Lo que hace del mundo en que vivimos algo sorprendente es nada más que la ausencia de una lágrima, aunque fuera fingida. Esa esa falta de compasión, quizá solo aparente, la que ha derrotado a Romney frente a Obama demostrando que es posible que haya elementos del antiguo relato que estén todavía por ahí no tan desaparecidos.

El segundo número de la revista Claves de Razón Práctica en su nuevo formato constituye el número 223 desde su fundación. El anuncio de su salida nos muestra que viene dedicado a las tribulaciones del intelectual en tiempos de mudanza bajo el título general de «Buscando el Rumbo», una etiqueta que me parece similar a esta de «Hacia un nuevo Relato» cuya entrada XXV está constituída por este post. Quizá ambas etiquetas comunican una idea, esa que preside el blog de Jesús Zamora, A Bordo del Oto Neurath y que muy bien podría predicarse delos intelectuales de estos tiempos sin una narrativa generalmente aceptada: «Somos marineros que han de reconstruir su barco en altamar…»

Esta falta de rumbo fue parte de la inauguración de un ciclo de conferencias organizadas por el Casino de Madrid cuya conferencia inaugural corrió de cuenta de Victor Pérez Díaz, un intelectual que, de manera elegante dibujó inmplícitamente un cierto rumbo que nos llevaría a ir esbozando un cierto relato nuevo. No puso Victor demasiado énfasis en la pérdida del rumbo por lo que este post podría quizá considerarse como una muy humilde aportación a la descomposición general en la que nos encontramos inmersos conducida mediante la llamada de atención sobre unos cuantos signos de descomposición de lo que ha sido nuestra heurística hasta bien recientemente. Sin meternos en honduras en las que, por otro lado, quizá deberíamos meternos, bastará con señalar unos pocos acontecimientos recientes.

La desgracia del concierto, rave, o fiesta que se organizó en el Madrid Arena, un recinto propiedad del Ayuntamiento de Madrid y que acabó con la muerte de tres mujeres jovencísimas puede o no exigir una investigación y puede o no ser jurídicamente hablando responsabilidad del Ayuntamiento, pero que en medio de la conmoción la Alcaldesa de la Villa se ausente de la ciudad que ella trata de regir, se me aparece como algo inusitado en otros tiempos en los que en cosas como estas primaba la compasión o su apariencia. Que la Señora Botella sepa encauzar o no una investigación de la que se sigan responsabiliddes es, en cierta medida, irrelevante. Así mismo lo es que dimita ella, tal como muchas voces airadas la piden, o que no lo haga. Lo que hace del mundo en que vivimos algo sorprendente es nada más que la ausencia de una lágrima, aunque fuera fingida. Esa esa falta de compasión, quizá solo aparente, la que ha derrotado a Romney frente a Obama demostrando que es posible que haya elementos del antiguo relato que estén todavía por ahí no tan desaparecidos.

Esto mismo es lo que desearía fuera verdad en los caso de dos despidos facilitados por las últimas reformas laborales. El del periódico El País, o más bien de su propietaria PRISA, es chocante para aquellos que nos hemos hecho maduros protegiéndonos del desamparo ambiental cobijándonos bajos sus páginas. Claro que los tiempos no pintan bien para la prensa en papel y que ya han tenido que cerrar muchas cabeceras, pero a mí me suena raro esta debacle de una sociedad como PRISA cuyas acciones se abisman en el vacío sin fondo desde hace tiempo y que sigue manteniendo a su presidente sin ninguna protesta accionarial conocida. El desprecio que la propiedad ha mostrado hacia los sindicatos no es propio del tono del periódico que parece haber entrado en una deriva para mí desconocida si pensamos que su explicación de la huelga a los lectores es un signo de su nuevo rumbo. Causas similares, es decir falta de adaptación a los tiempos, parecen subyacer al ERE de Iberia, una línea aérea que parece no poder competir por rutas todavía rentables y que habría llegado tarde al transporte low cost. Parecería que estos dos casos muestran que tanto los sindicatos como la continua disminución de los costes del transporte ya no forman parte del relato que compartimos.

Y ¿qué es lo que muestra esa cuestión de los desahucios que nos acaba de enfrentar al abismo del suicidio? Un amplio abanico de desajustes en relación al arreglo al que creíamos haber llegado hace solo unos años. Una ley obsoleta, ya denunciada por Europa, y que además se liberalizó en su día para permitir unos intereses de demora abusivos; una patronal bancaria aparentemente poco alerta pues el boom inmobiliario, por muy burbujeante que fuera, debería haberle hecho pensar sobre las deseables novedades legales; la imposibilidad de entender el interés que puede tener la banca en ejecutar los desahucios cuando no sabe lo que hacer con los pisos que le entran en sus balances y, finalmente, la extraña injerencia de la judicatura en esta tesitura por muy duro que les resulte hacer cumplir la ley ante la imposibilidad de distinguir entre los hipotecados realmente golpeados por la crisis de aquellos que se aprovechan del tono general de los tiempos.

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  1. […] del estado nación espacio y discurso para arropar sus propios valores… precisamente porque los valores más comunes de la cohesión social no se reflejan ya en el estado. Paralelamente el ámbito de la identidad se traslada paulatinamente desde la comunidad imaginada […]

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