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XXIII: El tamaño del Estado

Si competimos entre nosotros como gurkas con el cuchillo entre los dientes pidiendo la eliminación de cualquier limitación a la libertad económica, acabaremos solicitando de rodillas al dios Estado que un día a la semana no se permita abrir el negocio y podamos descansar un poco leyendo a Tennyson.

Parlamento alemánUna de las enseñanzas de la campaña electoral americana es que la discusión sobre el tamaño del Estado es algo que no se puede dar por zanjado y que vuelve a la atención pública y a la discusión académica a caballo de la posición de uno y otro candidato sobre el liberalismo de la política económica, un asunto que creíamos olvidado durante los años precrisis en los que pensábamos que no había lugar para la discusión pues la libre competencia se había mostrado un magnífico arreglo para la creación de riqueza y las desigualdades que pudiera acarrear eran aceptables pues la acumulación de riqueza estaba abierta a todas las personas dispuestas a trabajar y eran en parte solucionables mediante un sistema impositivo razonablemente progresivo.

La discusión en los EE.UU. de América es fácil de resumir o, si se quiere, de caricaturizar. Obama querría que nadie se quede fuera de los cuidados médicos, para lo que hay que gastar bastante, y Rommney no quiere que los ricos paguen más al fisco porque son ellos los que crean riqueza. Los empresarios quieren pues disminuir el tamaño del sector público para que no se inmiscuya en decisiones o en las formas de gestión en las que no parece que se desenvuelve muy bien y los profesores, por hablar de otra capa social en la que se encierran la mayoría de los intelectuales e investigadores (incluidos los economistas) les gustaría que el Estado estuviera a cargo de la financiación de los bienes públicos en general y, en particular de los fondos para la investigación básica no muy apreciada por los empresarios que solo la apoyarían en la medida en que fuera cierto que, sin ella y al final, la fuente de las innovaciones tecnológicas aprovechables por la industria acabaría secándose.

Esta discusión es asunto viejo para cualquier economista que esté al tanto de la discusión entre dos liberalismos, el escocés y el austriaco, que creen firmemente en la competencia, a poder ser perfecta, pero que crecen en dos viveros distintos. En uno, el escocés, cada uno de nosotros nos sentimos irrelevantes ya que somos tan pequeños que nada de lo que hagamos puede influir en el bienestar de los demás a no ser que haya defectos de mercado de cualquier tipo en cuyo caso la única solución es la intervención regulatoria del Estado. En el otro liberalismo, el austríaco, no hay defectos de mercado y es la propia fuerza de la competencia la que, por un proceso de interacción no muy bien conocido, consigue que se llegue a una situación estable sin intervención del Estado. Este enfrentamiento nunca ha sido dirimido en la teoría, pero hoy en día, a cinco años del inicio de la crisis financiera después de dos décadas de éxito fulgurante de la iniciativa privada, parecería que la desregulación en general no ha sido a la postre demasiado exitosa al menos en el sector financiero. En este sector y yo diría que en todos los demás, aunque con mayor recato, se ha observado a donde nos lleva la falta de regulación propia de un liberalismo a ultranza. Bajo el disfraz de competencia han crecido hasta límites obscenos las rentas apropiadas por los que tenían ocasión de hacerlo sin que esa competencia catalítica haya sido freno a esa captura solapada.

Es por esa razón que junto a la discusión del tamaño del Estado surge de golpe, como si nos percatáramos del problema de repente, la sospecha de que la desigualdad ha crecido mucho tal como nos lo indican los índices generalmente utilizados y nos damos cuenta de que esa desigualdad es peligrosa y genera una envidia, y un resentimiento en la época de las vacas flacas, que no se puede obviar mediante llamadas a la responsabilidad individual o mediante la condena de la actitud que pide a los demás, y más concretamente al Estado, la solución de sus problemas. Sea el Estado o sea cualquier instancia empoderada por la votación de todos es necesario que no dejemos que la presunta eficiencia de la gestión privada acabe con la equidad que a todos nos interesa al menos desde detrás del velo de la ignorancia en nuestra situación originaria.

Si competimos entre nosotros como gurkas con el cuchillo entre los dientes pidiendo la eliminación de cualquier limitación a la libertad económica, acabaremos solicitando de rodillas al dios Estado que un día a la semana no se permita abrir el negocio y podamos descansar un poco leyendo a Tennyson.

«XXIII: El tamaño del Estado» recibió 2 desde que se publicó el Martes 6 de Noviembre de 2012 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Juanjo Pina dice:

    Pero, ¿realmente ha habido esa desregulación y ese liberalismo a ultranza? Porque los austroliberales no parecen muy contentos con lo que ha pasado en los últimos treinta años. De hecho, pregonan aparentes “liberticidios” como el coeficiente de caja del 100% por narices.

    La verdad es que poco a poco, sobre el relato, vas llegando a cosas que me interesan cada vez más. Hay tantos aspirantes a nuevo relato que no tienen consciencia de plantearse como tales que alguien consciente de lo que busca resulta profundamente refrescante.

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Gracias por los ánimos para seguir explorando un posible nuevo relato que sustituya a una narrativa que ya no nos dice nada o muy poco. Claro que no ha habido nunca un liberalismo coherentemente completo, pero difreenciar entre el escocés yel austríaco me parece importante para no caer en el dogmatismo de este último.

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