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XXXIII. Qué hacer? Bietan jarrai. Confederación

El resultado es que en el límite (una manera de pensar muy de economista teórico) se hace posible imaginar la desaparición da la noción misma de Estado, algo que nos gusta a los que no hemos perdido del todo el gusto por la desmesura anarquista.

La reforma territorial: la confederación

    la Flaca República Pacte Tortosa

  1. La situación de Cataluña y la de Euskadi, con unas elecciones recientes dejan el llamado Estado de las Autonomías en un escenario complicado en el que se mezclan intereses partidistas, un independentismo apoyado más o menos en ideas identitarias, una obsoleta financiación autonómica y una enorme incertidumbre respecto al futuro de Europa. Por todo ello parece conveniente que reflexionemos sobre la organización política interna de esas comunidades (en el sentido de Gemeinschaft, no de Comunidades Autónomas), más o menos grandes, en cuyo seno todos habitamos y nos relacionamos haciendo y deshaciendo memes, y sobre la estructuración de su interdependencia. Desde que se convocaron las elecciones catalanas así como a lo largo de la correspondiente campaña electoral, hemos asistido a una rotunda oposición al independentismo consistente en subrayar las dificultades de la secesión de cualquier Comunidad Autónoma española sobre la base de la Constitución que exige un referendum en todo el territorio nacional y teniendo en cuenta, además, el posible y discutible coste económico de esa secesión para esa comunidad autónoma así como la falta de protocolos para el mantenimiento del nuevo Estado en la UE y en la zona euro. Se escucha que tres son las posibles opciones: que Cataluña como nacionalidad se mantenga como Comunidad Autónoma (con retoques de la financiación autonómica más o menos a medida) que se cambie la Constitución para pasar a un sistema federal y que Cataluña forme un nuevo Estado.

    Que se discuta la modificación de la Constitución parece un adelanto. Ya se ha hecho, empujados por Europa, en relación al techo de gasto de las CC.AA. y se ha hecho en poco menos de quince días, pero que se vislumbre que se pueda hacer para, presumiblemente, facilitar la salida de España de cualquier comunidad autónoma es toda una novedad. Ahora bien, con ese viento en las velas, no parece debiera haber ninguna dificultad para plantearse la posibilidad de que España diera pasos significativos hacia constituirse en una Confederación, un arreglo simple y potente. La Confederación, en efecto ,se basa en un único principio relevante, el principio de subsidiariedad, según el cual nada que pueda hacerse a un nivel inferior de gobierno de la comunidad debe hacerse a un nivel superior de forma general aunque quepan los arreglos entre aquellas comunidades que deseen delegar conjuntamente poder hacia arriba. Y este simple principio hace que ese arreglo sea escalable de forma que puede aplicarse a nivel local, de comunidad más amplia e incluso de nación o del mundo global. El resultado es que en el límite (una manera de pensar muy de economista teórico) se hace posible imaginar la desaparición da la noción misma de Estado, algo que nos gusta a los que no hemos perdido del todo el gusto por la desmesura anarquista.

  2. Todas las cuestiones que hoy nos desasosiegan como el reparto de competencias entre comunidades y el centro o la forma de su financiación dejan de existir como problemas teóricamente insolubles en el marco de una Confederación. El reparto de competencias por niveles está gobernado por el principio de subsidiaridad con posibles arreglos asimétricos si así se desea y cada parte de la Confederación recauda lo que le de la gana para aplicarlo a lo que le de la gana. Si a los miembros de una comunidad no les gustan los servicios públicos que se les ofrecen pueden largarse a otra con la que tenga acuerdos, además de tratar de cambiar las reglas de esa comunidad. Pero contra una propuesta así ya oigo argumentar la imposibilidad de ponerla en práctica precisamente, en este caso, por la falta de un Estado (o punto culminante de la pirámide que sería la Confederación global) como último depositario de la fuerza. Incluso se hace ver que Euskadi no admitiría una generalización del sistema de concierto que traería inexorablemente una reconsideración del cálculo del cupo. Pero esa es justamente la gracia de la discusión que se abre sobre el eterno dilema acerca de en dónde reside la legitimación última del Derecho, si en la fuerza de un Estado o en un simple formalismo convencional, el del Derecho Puro: si en Schmitt o en Kelsen. Una distinción que me recuerda a la ya aparentemente obsoleta entre los partidarios del Big Bang y los del Estado Estacionario como concepciones alternativas del Universo. Dos concepciones que revelan las dos maneras de funcionar de nuestro cerebro: o desde un punto de apoyo o sin él. La Confederación correspondería a la idea del estado estacionario la única, según Fred Hoyle, sostenible por las matemáticas en las que se plasma nuestra mejor representación del universo.

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