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XIII: Mad Men, Niágara… y Hopper

La competencia ha de ser como los partidos de fútbol infantiles de mi época. Te entregas sin reservas sea cual sea el calendario. Y ganes o pierdas la emoción dura un suspiro. Justo unos minutos. No se puede comprar al árbitro y la revancha llega sin necesidad de pedirla y mucho menos de imponerla.

niagaraTodo el mundo aquí, cuando les ves y les saludas avisando que ya has venido de vacaciones, te habla de los rescoldos de los incendios, de las ovejas quemadas vivas y amontonadas unas sobre otras, de las cenizas que cubrieron hasta los mostradores de los comercios y, sobre todo, de los muertos. Lo que ocurrió en Portbou me parece simbólicamente revelador. Los que tomaron el camino largo salvaron la vida, dando un rodeo como si dijéramos. Los que tiraron por la calle del medio se tuvieron que lanzar al vacio con mayor o menor fortuna llegando a estrellarse y morir. Estas dos maneras alternativas de proceder me parecen, como digo, simbólicas de lo que nos pasa en Europa. Y, mira por dónde, creo que llevan a situaciones muy distintas en el medio y largo plazo tal como muestran algunos objetos culturales que las crisis de la televisiones traen a nuestra retina.

La distinción entre los fallos de diseño de la zona euro y la salida de esta crisis, tanto a largo como a corto, es el eje del dictamen propiciado por INET y sobre el que ha escrito Luis Garicano en «Nada es Gratis», firmado por economistas respetables y, lo que es significativo, por algunos de los llamados «sabios» alemanes. Su descripción de la situación y su insistencia en que el coste de la no acción es demasiado grande hacen de este documento algo que yo he echado en falta desde hace meses, pero que ya está aquí. Por otro lado el artículo de Xavier Vives de la cuarta de «El País» de hoy, además de inteligente, se me antoja mucho más equilibrado y conocedor de la situación española de lo que leo por ahí en cualquier día. Lo interesante para mi deseo de ir encontrando la forma de contarnos lo que pasa es que no solo reconoce Vives que nuestro capitalismo está lleno de enchufes y chanchullos, sino que, solucionar eso va a llevar tiempo y, añado yo, cambios en las sensibilidad social y en la psicología de las gentes que hacen esa vida social y la riqueza que la sostiene.

Me parece que las películas de los cincuenta ya no están protegidas por ninguna forma de derechos de autor y eso nos permite volver a visionar films como, por ejemplo, Niágara. La gran depresión y la segunda guerra mundial no han terminado hace mucho. La segunda sacó a los EE.UU de la depresión y la sociedad se recupera inventando nuevas formas de crear riqueza y también formas de contrarrestar la depresión psicológica que produce la guerra de Corea. Más allá de la manera de narrar, está la imagen y allí aparece una vez más Hopper con su plasmación pictórica del aislamiento de los hombres y mujeres y los silencios de gentes que han sufrido y todavía arrastran las heridas, no del todo cicatrizadas, de un mundo que se desmoronó y que solo supo curarse por medio de la violencia. La estética es la misma que la actual recreación de la época en Mad Men, los hobres que desde un pasado turbio tienen que sobreponerse con «alcohol y mujeres» sin dejar curiosamente de mostrar un cierta buena voluntad que no sabe cómo expresarse.

Esta serie televisiva tan destacada nos enseña el origen de una forma de competencia que comienza a mezclarse con el chanchullo y la chapuza aderezado todo ello con ingentes cantidades de whisky y quizás nos muestra también una ingenuidad en aquel entonces disculpable. Y he ahí justamente el epicentro de nuestra decadencia pues ya no podemos ser ingenuos al respecto, ya no podemos confiar en comparecencias parlamentarias para la tarea de desnudar nuestro tiempo, descubrir su decadencia e imaginar la regeneración sin duda a mucho más largo plazo que el que parece necesitar el nuevo empuje a Europa.

Ahora que comienzan los juegos olímpicos de Londres es un buen momento para caricaturizar cómo debiera ser la competencia y condenar a lo que no son sino falsas imitaciones (que incluyen los propios juegos cuyas dimensiones no permiten el mero deseo de vencer en buena lid). La competencia ha de ser como los partidos de fútbol infantiles de mi época. Te entregas sin reservas sea cual sea el calendario. Y ganes o pierdas la emoción dura un suspiro. Justo unos minutos. No se puede comprar al árbitro y la revancha llega sin necesidad de pedirla y mucho menos de imponerla. Nada que ver con la competencia de Londres, una competencia que tiene más que ver con el diseño de los chándales que con la velocidad, la capacidad de salto o la fuerza de lanzamiento en un momento determinado; una competencia enfermizamente involucrada en el paso del tiempo y en la necesidad de tomar posiciones hoy para tener ventajas mañana. Y, sobre todo, de estar a buenas con todo el mundo no vayan a mandar mañana y te quedes sin prebendas.

«XIII: Mad Men, Niágara… y Hopper» recibió 1 desde que se publicó el Jueves 26 de Julio de 2012 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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