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LI: sobre transparencia total y otros absolutos

El peligro, heraldo del sufrimiento, es justamente absoluto, y su búsqueda también. Y es ese anhelo de lo imposible lo que subyace a todos los intentos de los salvapatrias de un color u otro.

Cuatro días antes del infarto de corazón que casi me tumba hace pronto dos años escribía este post en el cual se citaba a Stan Brakhage a cuyas clases de cine asistí puntualmente mientras debería estar preparando los prelims allá en Boulder. Pero aprendí algo más importante que la Economía, aprendí a mirar y creo que no lo he olvidado. Se trata de no reconocer el contenido de la imagen sino recrearse en las luces y las sombras, lo que podríamos llamar el continente. Este gran artista que fue Brakhage nos hacía ver las películas desenfocadas para que aprendiéramos a mirar sin dejarnos arrastrar por otras facultades, sin duda necesarias para la vida, pero irrelevantes a la hora de ver. Me acuerdo muy a menudo de aquellas lecciones ahora que, a pesar de la operación de cataratas, me posee la neura de que la ceguera avanza irremisiblemente. Pero no son mis cuitas de viejo sobre lo que quiero escribir unas breves reflexiones, sino sobre las leyes que nos acechan y que pretenden ordenar cuestiones estructurales comenzando por la de transparencia, sin duda relacionada con el cine, pero también sobre otras a las que se pueden aplicar las enseñanzas de aquella juventud.

La corrupción que poco a poco se va desvelando así como la defensa de la privacidad aparentemente amenazada por las nuevas aplicaciones del internet móvil y, a menudo, ambas cosas hacen que se anuncie una Ley de Transparecia que parece puede llegar a alcanzar hasta la llamada Casa Real. Debido posiblemente a las circunstancias que nos ha tocado vivir en esta época, cada iniciativa política refleja un deseo de absoluto que no casa en absoluto con el trabajo político. Queremos los ciudadanos enterarnos de todo y los políticos preocupados por las elecciones próximas (siempre hay alguna cercana) pretenden echar carnaza al pueblo. Por eso se anuncia que la transparencia será total o esa totalidad es demandada, exigida, por los movimientos ciudadanos. Pero si pensamos un poco nos daremos cuenta de que si la transparencia fuera total no podríamos ver nada pues eso que pretendemos percibir con la vista sería a su vez transparente. Jamás podríamos disfrutar de las veladuras insinuantes de una gasa sobre una carne apretada.Todos seríamos como ciegos.

Pero esto va más allá y aplica a nuestro cerebro mismo. Prometí robar la siguiente cita a Juan Hernandez quien me la ofrecía como un comentario a este otro post que escribí en enero de este año. Y ahora cumplo con mi palabra:

El cerebro humano es un telar encantado donde millones de velocísimas lanzaderas van tejiendo un diseño que continuamente se disuelve, un motivo que tiene siempre un significado, por más que éste jamás perdure, y no sea más que una cambiante armonía de subdiseños.

Una buena reflexión para quien quiere enhebrar los finos hilos de una gasa hasta que se pueda entrever eso que en un relato sincopado nos hace imaginar como verdadero o como falso cuando en realidad no es sino un subdiseño provisional. Hemos tenido que llegar a la entrada LXI de este intento de construir un nuevo relato para empezar a entender que este esfuerzo no tiene éxito posible y que sin embargo nos es aparentemente necesario para vivir. Es esa voracidad por lo absoluto lo que parecería dotar de sentido a nuestra vida.

El peligro, heraldo del sufrimiento, es justamente absoluto, y su búsqueda también. Y es ese anhelo de lo imposible lo que subyace a todos los intentos de los salvapatrias de un color u otro. Me limitaré a solo un ejemplo más: la flexibilidad del (falso) mercado de trabajo. En el límite estaríamos hablando de un sistema de relaciones laborales que permitiría la renovación instantánea de cualquiera de las condiciones que lo definen: por ejemplo, jornada y salario sufrirían modificaciones instantáneas cuyas consecuencias serían imposibles de evaluar en su momento o, mejor dicho, el intento de evaluación haría imposible el mismísimo trabajo que se pretende regular.

Y aquí me vuelve a la cabeza una vieja iluminación sobre la enfermiza felicidad que, contaba yo, me proporcionaba una vida randomizada que yo me fabricaba de acuerdo con un mercado de valores accesible en todo momento.

«LI: sobre transparencia total y otros absolutos» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 22 de Mayo de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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