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Hace 9 años: El Plan Ibarretxe

Ideas que conforman una postura poco corriente ante un problema de secesión como el actual de Cataluña. Igual sirve para algo.

Lo que sigue está escrito hace nueve años, justo en vísperas de la Navidad del año 2003. No recuerdo si se publicó ni, ciertamente, en donde lo hizo si lo hizo. Creo en todo caso que contiene ideas que conforman una postura poco corriente ante un problema de secesión como el actual de Cataluña. Igual sirve para algo.

El plan Ibarretxe, un punto de vista excéntrico

Ante la aprobación del texto articulado del Plan Ibarreche por el Gobierno Vasco y su posterior admisión a trámite como proyecto de ley por la Mesa del Parlamento Autonómico, caben dos puntos de vista, no del todo alternativos, sobre la innegable pulsión soberanista que lo informa y que concreta el ya antiguo «ámbito vasco de decisión», en su día admitido por todos quizá porque algunos no se lo tomaban en serio, y hoy totalmente olvidado. Para casi todo el mundo que expresa su opinión estos días en la prensa diaria, y aún dejando aparte el recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional y la modificación sorprendente del Código Penal, el Plan Ibarretxe es una afirmación secesionista totalmente extemporánea en un mundo globalizado y en el contexto de la formación de la Unión Europea.

Para unos pocos, entre los que me encuentro, este plan constituye, sin embargo, una oportunidad de comenzar a elaborar un esbozo de alternativa a la Teoría del Estado tradicional y a experimentar con ella, una oportunidad que debiera aprovecharse con mucha cautela, porque podría quebrar una tradición intelectual bien enraizada sin ofrecer a cambio un sustituto definitivamente elaborado, y porque podría desencadenar una praxis cuya generalización no es obvia. Intentaré a continuación explicar mi punto de vista, que por minoritario y personal podría calificarse de excéntrico, y que se queda más acá de importantes discusiones juridico-técnicas (como, por ejemplo, si la doctrina de la concurrencia de actos podría quizá justificar que la modificación del Estatuto de Gernika y la necesaria, y previa, modificación de la Constitución se efectúen en un mismo y único acto) y de profundas reflexiones filosófico-políticas (relativas, por ejemplo, a cual podría ser la norma básica o Grundnorm kelseniana que dota a la Constitución de su poder legitimador exclusivo).

Me centraré primero en lo que considero los dos rasgos principales del plan y sólo después pasaré a deducir las consecuencias políticas que de ellos se derivan. No diré nada por lo tanto sobre muchas cuestiones candentes como serían, entre otras, la posibilidad de articular un lenguaje para el diálogo, el oportunismo de la presentación del Plan o de su «penalización», la pretendida exclusión de la mitad de los vascos, la inseguridad jurídica y la incertidumbre económica que podría acarrear, el problemático encaje en el entramado constitucional o la comparación con la práctica de otros países europeos. Callaré sobre esto porque mi competencia técnica al respecto es limitada por no decir nula. A pesar de ello quiero intervenir en un debate que, a mi juicio, debería ser previo al que ya ha comenzado (¡y con qué ruido!) sobre esas cuestiones candentes, a pesar de que se niega su posibilidad, y al que me llama la simple responsabilidad ciudadana.

El primer rasgo básico del Plan Ibarretxe es su carácter de acto fundacional. Esto significa, utilizando una analogía quizá no muy apropiada, que no se trata de un documento de divorcio que pone fin a una relación matrimonial formal y previa especificando quién se queda con qué. La relación entre España y una parte de ella, que hoy llamamos Euskadi, ha sido durante siglos una relación de hecho que, aunque pespunteada por actos simbólicos propios de un matrimonio formal, como por ejemplo la Constitución actual, o la jura de los Fueros en Gernika antaño, se ha conformado históricamente, y por lo tanto, de manera contingente. Esta afirmación no pretende ser sólo una finura intelectual más o menos petulante sino una denuncia doble. Por un lado la afirmación de contingencia histórica (o lo que es lo mismo de la no necesariedad de la forma actual de la relación) pretende denunciar discretamente las doctas explicaciones históricas del encaje profundo de Euskadi en España como ciertas pero inútiles para la discusión política que, se quiera o no, se abrirá en torno a la propuesta de Ibarretxe.

Pero, por otro lado, esa afirmación quiere llamar la atención sobre el chirriante contraste entre un acto fundacional de afirmación de soberanía nacional y el deseo de anclaje histórico motivado por la necesidad de colgar el acto fundacional de la legitimidad de los derechos históricos reconocidos explícitamente por la Constitución y el Estatuto. Este anclaje histórico es una finta jurídica hábil; pero para alguien que como yo entiende la historia como explicativa de todo y legitimadora de nada, es algo que sobra y que incluso puede llegar a ser peligroso para la propia afirmación nacional tal como mostró la utilización interesada de la ley de Territorios Históricos hace casi veinte años.

En efecto para un nacionalista que descree de la historia, y por lo tanto heterodoxo, el acto fundacional contenido en el Plan Ibarretxe conforma no un divorcio sino un contrato prematrimonial. Un contrato prematrimonial ciertamente extraño, pues intenta plasmar las reglas del juego entre dos viejos amantes que, a juicio de quién esto escribe, deberían haberse decantado hace mucho; pero al mismo tiempo rejuvenecedor e incluso ilusionante ya que, por primera vez, es propuesto por Euskadi, la parte díscola de la pareja de hecho. A diferencia de la historia, los contratos, que duran lo que duran las circunstancias que los propician y lo que tarda en reducirse suficientemente el coste de romperlos, no explican nada; pero son, mientras duran, la única fuente admisible de legitimación por parte de una ciudadanía que cree saber que la Grundnorm kelseniana que hace de la Constitución la única fuente de la que se deriva la legitimidad del Estatuto, debe estar precisamente en el pacto implícito desde el que se redacta aquella, pues si no habría que ubicar su origen último en la fuerza que mostró el Estado en el 23 F del año 81 y entonces entraríamos en un vacío que se me antoja abismal.

Quiero discutir ahora el segundo rasgo básico del Plan Ibarretxe; el hecho de que pueda entenderse como un acto de asimilación del terrorismo. Asimilar el terrorismo quiere decir, en primer lugar, aprovecharse objetivamente de él aunque pueda producir repugnancia subjetiva. Para quién privilegie el punto de vista histórico aquí no puede haber sorpresa ni escándalo alguno pues desde siempre, y hasta hoy mismo, la violencia y el terror han sido utilizados o aprovechados de forma casi general, bien con ignorancia de las víctimas inocentes que produce, bien con su reconocimiento como simples consecuencias no deseadas, o bien con respeto genuino que sin embargo no llega a ver en ellas una causa suficiente para acallar la expresión de una voluntad determinada.

Para quién no cree en la historia como factor legitimador, aprovecharse del terrorismo o de sus víctimas para hacer política en una u otra dirección es, sin embargo, envilecedor de forma que merece la pena renunciar temporal y unilateralmente a las propias ideas si éstas van a tener una cierta ventaja (deseada o no) con relación a un terrorismo del que se aborrece; pero cuyos efectos dañinos para la convivencia, bien se produzcan éstos por sotavento, a través de la coacción intolerable que representa, bien por barlovento, a través del estigma moral con el que se acompaña la extensión indiscriminada de su autoría, no pueden evitarse de manera alguna. Pero asimilar el terrorismo es también hacerlo desaparecer transformando al terrorista en un actor político no violento y respetuoso con las reglas, tal como ocurrió con otras ramas de ETA. No me cabe duda de que el Lehendakari Ibarretxe, a pesar de que, digan lo que digan, no descarta ni rechaza las medidas policiales en general, pretende esto último y, en particular, cree ver en su plan esta virtualidad pacificadora. Pienso que ésta es la única manera honrada de entender su insistencia en retrasar el acto fundacional definitivo por parte de la ciudadanía vasca a un escenario del que haya desaparecido la violencia. Y sin embargo el propio Lehendakari debería entender que es difícil, y para muchos imposible, evitar la sospecha de que además de acabar así con ETA, no esté, él y todo el nacionalismo, aprovechándose de su amenaza latente para pactar implícitamente con los parlamentarios de Sozialista Aberzaleak un voto favorable a su Plan.

Puesto que hay dos alternativas para entender uno y otro de los rasgos básicos del Plan Ibarretxe, nos encontramos con cuatro posturas posibles y es muy sencillo ubicar a cada partido político o a cada comentarista en una u otra. El ejercicio es recomendable porque ayuda a comprender las posturas que se observan sobre cuestiones políticas concretas. El Gobierno, por ejemplo, parece creer que el Plan Ibarreche es un acta de divorcio que se aprovecha del terrorismo. Yo me voy a limitar a explicitar las consecuencias políticas de mi postura específica, que, a diferencia de la del Gobierno, ve en el Plan Ibarreche un contrato prematrimonial que intenta, quizá torpemente acabar con ETA.

La primera consecuencia política y la más ambiciosa es que la idea de contrato prematrimonial debería generalizarse. No sólo España sino cualquier Estado, e incluso todo el mundo, debería considerarse como una red de redes o comunidad de comunidades, es decir como una red de grupos cada uno de los cuales está conformado por individuos que quieren estar juntos por una u otra razón (incluyendo, naturalmente, como posible razón legítima un sentimiento identitario) y que desean cooperar, en mayor o menor grado, con otros grupos similares. Elaborar esta idea nos llevaría a una idea del Estado en la que éste deja de ser una forma concreta de protegernos de nosotros mismos mediante la delegación del monopolio de la violencia y se diluye en un conjunto de grupos, conjunto que se autosostiene y se autoregula de manera quizá volátil, pero que refleja los intereses cambiantes de esos grupos.

Esta primera consecuencia política de mi punto de vista sobre el Plan Ibarretxe puede parecer ingenua a cualquier experto en Teoría del Estado, quién no verá en ella más que una exposición postmoderna de la idea de confederación; o incomprensible a un filósofo del derecho que, positivista o formalista, se sentirá incómodo por no saber donde ubicar el origen de la fuerza de la ley; pero no parecerá extraño a un economista familiarizado con dos ideas recientes. Por un lado tenemos al historiador económico Avner Greif que ha mostrado cómo existió antes de la emergencia del Estado, un sistema de mercado que sostenía el intercambio no simultaneo entre miembros de comunidades distintas desde la autoregulación interna a cada comunidad. Por otro lado, Alesina y Spolaore arguyen convincentemente que la descentralización y la secesión son inevitables en un mundo en el que la globalización erosiona las ventajas del tamaño y en el que la homogeneidad de las preferencias de un grupo pequeño facilita la correcta provisión de bienes públicos. De acuerdo con esta primera consecuencia de mi postura específica, el Estado podría ser entendido como un bosque rasgado por cortafuegos entrecruzados o como un acuerdo mínimo entre comunidades. Si lo vemos de la primera manera nos daremos cuenta de que perdemos cubicaje de madera cuando no hay incendios; pero que conservamos mejor la que hay en caso de incendio.

El acuerdo mínimo con el que también podríamos identificar al Estado alternativo que trato de dibujar, consistiría en disciplinar a los miembros de la propia comunidad en sus relaciones con un miembro de cualquier otra. El Estado se desmaterializa, se desmenuza y se enerva su poder único, desdibujándolo entre el de muchas comunidades, cada una de ellas con poder escaso pero suficiente.

La segunda consecuencia política que se sigue de mi postura específica sobre el Plan Ibarretxe es más obvia y está relacionada con la torpeza que muestra como intento de acabar con ETA. El juego de hacer y deshacer comunidades y plasmar acuerdos ya es suficientemente complicado como para llevarlo a cabo con la violencia terrorista de por medio. En el caso del Plan Ibarreche su propuesta debería culminarse, si ahí se llegara, no sólo en “ausencia de violencia” (formulación ésta que admitiría a estos efectos una tregua indefinida de ETA) sino sólo algún tiempo después de la entrega de armas de manera publica y verificable.

Aquí acabo. Soy consciente de lo que queda por discutir y se que nada de lo que se haga o se diga podrá resarcir o rendir homenaje suficiente a los que, en los últimos treinta años, han sido víctimas directas o indirectas del terrorismo de ETA. Sin embargo también creo saber que son precisamente el respeto a esas víctimas y la conveniencia de discutir muchas cuestiones ausentes de este artículo las que exigen una reflexión seria sobre los dos puntos del Plan Ibarretxe que he destacado como básicos y previos. Yo creo en la soberanía indiscutible de cualquier grupo de personas para organizarse y reorganizarse – con las cautelas adecuadas de respeto a las minorías- así como en la posibilidad de universalizar esta idea tanto en la teoría como en la práctica por complicado que parezca esto último. Opino, además, que esa idea en la que creo es fértil y que merece la pena exprimirla a fin de explorar todas sus implicaciones, esperemos que novedosas y pacificadoras. Sin embargo todas sus virtualidades quedarán abortadas si no cesa la violencia de manera que creamos irrevocable, pues nadie se atreverá a expresar sus pensamientos relativos a esas implicaciones, y muchos menos a alentar su experimentación, en medio de una amenaza terrorista. Bien porque está amenazado, bien por delicadeza, o bien por miedo a ser acusado de cómplice del terror.

Juan Urrutia Elejalde
Catedrático de Fundamentos
del Análisis Ecónomico

«Hace 9 años: El Plan Ibarretxe» recibió 6 desde que se publicó el Sábado 17 de Noviembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Kurtz dice:

    Lo más importante: “una oportunidad de comenzar a elaborar un esbozo de alternativa a la Teoría del Estado tradicional.”

    ¿Ha habido alguna otra oportunidad? Diría que no en los últimos dos siglos???? Es mucho quizás exagerar?

    Los políticos no viven especialmente “arrebatados por el cambio”.

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    No creo que exageras. Por eso me desespero escuchando tonterías de salón que no hacen sino ocultar el horror al cambio.

  3. Kurtz dice:

    Sí, sin embargo nadie se moja y concreta a la hora de hablar de confederalismo y de ese ya casi mítico “status de libre asociación”.
    Y sé que desde Las Indias hablais de una confederación desde un punto de vista cantonal y aunque si yo ser tan “radical” (si se me permite la expresión) No puedo mostrar sino mi más sincero respeto y admiración por cualquiera que innova ante algo tan obsoleto como lo es en general la Teoría de Estado y se enfrenta ante tanto dogmatismo.

    Pero estoy harto de que el hablar de confederalismo se use de coartada para la ambigüedad y el no mojarse. Véase Duran i Lleida. O que se hable ligeramente sin hablar del encaje de una España Confederal en Europa, hoy imposible, a no ser que se haga de forma transversal, con cierta ética hacker…y yendo por meandros….

    Ibarretxe tuvo la valentía de plantear un vía práctica a ese confederalismo en forma de ese “Status de Libre Asociación” en forma de un Estatuto. Algo que no se hacía..por lo menos desde 1931 desde aquel llamado Estatuto del “Estado Vasco” de Estella.

    Ibarretxe fue vilipendiado por propios y ajenos, persona e institucionalmente, desmerecido, insultado..menospreciado…sólo y simplemente por plantear lo que tú dices: “comenzar a elaborar un esbozo de alternativa a la Teoría del Estado tradicional y a experimentar con ella, una oportunidad que debiera aprovecharse”.

    Mi más absoluto desprecio siempre y ahora a esos guardianes de la ortodoxia.

  4. juan urrutia dice:

    No podría estar más de acuerdo contigo en todos los puntos que mencionas, especialmente en el desprecio por los guardianes de una ortodoxia ridícula.

  5. Ramon dice:

    .Porque es tan dificil en nuestro pais, cambiar, avanzar, pactar ? Seguramente porque se lee poco, se reaprende poco, no se estudia nuestra historia economica, en unos veinte años mas y tendremos a una población bien formada, hay que hacer como Finlandia empezar desde el principio desde la educación en primaria…pero siguiendo sus esquemas educativos.

  6. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    No sé si alguna vez seremos capaces de entender. Hay demasiados intereses creados.

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