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Gramsci, Fontana y Ramoneda

El dilema de un nacionalista de hoy es ejercer su deseo de hegemonía cultural basándose en razones tradicionales como etnia, lenguaje etc. o convertirse en un crítico de la cultura en cuanto arma para adquirir el poder.


Dos detalles de la actualidad reciente han propiciado en mí una vuelta al pasado, a aquellos tiempos en los que el nacionalismo (vasco) se me representó por primera vez como algo de interés intelectual y, por ende, pensé yo, de relevancia bien práctica. El primero de estos dos detalles ha sido sin duda la retirada de Artur Mas de la carrera por la presidencia de la Generalitat y la elección de Puigdemont como nuevo President gracias al acuerdo de última hora alcanzado entre Junts pel Sí y la CUP. El segundo de estos detalles, no comparable con el primero en cuanto su importancia, es la tranquila discusión entre amigos que se dedican a la gestión patrimonial y se encuentran nerviosos estos días respecto al futuro de España como destino financiero dependiendo del gobierno que se forme finalmente a la luz de lo ocurrido en Cataluña.

Lo que se me plantea es la interrelación entre la ideología socioeconómica y la ideología o sentimiento nacionalista. Este problema conformó en parte mi despertar al nacionalismo como resultado de aquella visista de Josep Fontana a la facultad de Económicas de Sarriko, todavía dependiente de la Universidad de Valladolid. Ocurrió a mediados de los años sesenta del siglo pasado y en su conferencia Fontana explicó, escandalosamente para muchos,que había dos vectores estructuradores del espacio político. El vector sociopolítico que separa las derechas de las izquierdas y el vector nacional que separa a los nacionalistas con estado de los independentistas o nacionalistas sin estado. Posiblemente se expresó con la terminología bélica que todavía privaba en España y diferenciaba a los nacionales de los nacionalistas; es decir los soberanistas con estado propio a partir de su victoria en la guerra civil y aquellos otros que no lo tenían a causa de su derrota. Me parece que después de muchos años estamos verificando la idea de Fontana y asistiendo a un acuerdo entre la derecha independentista y los independentistas de izquierdas. Un claro ejemplo de lo que para Fontana era la política.

Y esto deviene importante en un escenario que nada tiene que ver con aquella época. Las negociaciones posteriores a las elecciones generales del 20 de diciembre del año pasado ponen en juego los dos vectores de los que hablaba Fontana. La gente de derechas prefiere el llamdo gran pacto y ello por razones de seguridad económica disfrazadas de las relativas al orden público y a la no violencia mientras que la gente de izquierdas prefiere el pacto progresista por razones de igualdad disfrazadas de nacionalismo patriótico.

Pero de todo esto ya había hablado Gramsci especialmente cuando desarrolló de manera original su idea de hegemonía cultural, es decir esa teoría según la cual los ciudadanos procuran convertir su ideología en la fuente de donde derivan las únicas ideas de circulación permitida convirtiendo cualquier otra en un vehículo prohibido que no consigue sino aparecer como algo inútil y extravagante cuando no como un delito. Lo que está en juego, en la lucha de clases o en la confrontación entre cualquier conjunto de grupos enfrentados, es quien manda aquí o lo que es lo mismo quien controla el Estado y la violencia que éste detenta en monopolio.

Y es justo aquí aquí donde dos días antes del nobramiento del nuevo President entra el bisturí intelectual de Josep Ramoneda, mi columnista preferido en esta columna de El País.

En un primer párrafo nos hace ver con toda claridad la contradicción entre el nacionalismo español que no consigue, a pesar de controlar el Estado, una homogeneidad cultural hegemónica y el nacionalismo catalán que parecería haber alcanzado esto último para horror de quienes son conscientes de falta de hogeneidad cultural de España por mucho que se hable a voz en grito de nuestros valores propios incluso por parte del Rey. Esto es lo que dice Ramoneda:

Éste es el punto que me desconcierta siempre del discurso crítico con el soberanismo catalán: lo que se presenta como algo ominoso en Cataluña, es lo mismo que parece normal si se trata de España: la hegemonía ideológica del nacionalismo

Ramoneda no se recata, en el segundo párrafo, en criticar al nacionalismo catalán o poner en duda su pretendida hegemonía; pero lo que más me ha interesado es un detalle del tercer párrafo de su columna. Dice

Fenómenos como el renacimiento del independentismo catalán no son ajenos a la lógica de la globalización, no sólo porque las redes sociales lo primero que refuerzan son las relaciones más próximas, sino porque frente a la entelequia de la comunidad global, es en el ámbito más local dónde, para bien y para mal, aparecen nuevas vías de creación de espacios comunitarios

Y no se recata en sacar la consecuencia obvia de de esta idea:

Si el nacionalismo sin Estado es pernicioso y el nacionalismo con Estado es un marco natural de convivencia, ¿no será el Estado propio la mejor forma de acabar con el nacionalismo malo? La doble vara de medir de cierta crítica del nacionalismo, en el fondo, es un argumento a favor de la independencia.

Y ahora me gustaría terminar saliéndome por la tangente diciendo que el dilema de un nacionalista de hoy es ejercer su deseo de hegemonía cultural basándose en razones tradicionales como etnia, lenguaje etc. o convertirse en un crítico de la cultura en cuanto arma para adquirir el poder. Toda la palabrería que nos ensordece sobre ley, democracia, Estado, etc. no es sino una manera de inclinarse por una solución de este dilema sin hacer un esfuerzo por reconocerlo.

«Gramsci, Fontana y Ramoneda» recibió 2 desde que se publicó el miércoles 13 de enero de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. @juan me gusta mucho tu conclusión y ya sabes dónde me sitúo en esa dicotomía 🙂 pero creo que se te escapó algo cuando hablabas de Fontana. El PSOE, el PSP y el PCE de entonces, como los PSOE, Podemos e incluso C’s de ahora dudo que puedan ponerse entre los «ganadores de la guerra» por mucho que sean partidos nacionalistas pan-españoles. La asociación entre nacionalismo español y franquismo funciona en un sentido (el franquismo es un nacionalismo panespañol) pero no en otro: profesar el nacionalismo panespañol no te convierte en franquista. Creo que es el abuso de argumentos como esos -y otros peores de racismo más o menos «educado», junto con la aspiración a destruir la cultura y el uso público de la lengua de la mitad de los convecinos- los que explica a mi juicio que los nacionalismos vasco y catalán no hayan conseguido un consenso independentista.

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