Desde mi sillón

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Gaztelumendi

«Yo no sabía leer los planos de Goicoechea y sus ayudantes, pero había en la ciudad amigos nuestros que podían hacerlo y entender mi conjetura militar sacada de mi formación musical»

Puente roto por un obus– Me alegra volverle a ver en persona,

dijo el abuelo en cuanto, precedido por mi madre, recorrió todo el pasillo e hizo su entrada en aquella habitación tan iluminada que amenazaba con cegar a cualquiera que entrara en ella a esa hora del mediodía. A distancia seguíamos Machalen y yo tratando yo de explicarle rápidamente cómo era nuestra casa y especialmente aquella habitación en la que tanto había jugado mientras la costurera hacía vainica o arreglaba un traje a mi madre o mientras la señorita Carmen me leía Salgari con un tono de voz hipnotizador. Para cuando llegamos a la salita, todavía mi padre no había acabado de articular su bienvenida

-… es buena señal…

y tomó aire y tragó saliva para continuar

-que no nos hayamos visto en tanto tiempo.

Calló falto de resuello, pero nadie dijo nada hasta que él pareció acabar su frase,

-señal de que no nos necesitaban.

Mi madre organizó los sitios de forma que Machalen y yo estuviéramos bien separados y comenzaron a desfilar las bandejas del aperitivo mientras ella, orgullosa, explicaba al abuelo la valentía de mi padre al luchar contra ese Parkinson que ella no sabía quién era, si el médico que describió un caso o el primer paciente conocido.

¿Y cuando empezó esto?

preguntó el abuelo dirigiendo la mirada a mi padre. Desde su butaca levantó éste una mano temblorosa con los cinco dedos extendidos y continuó con su sonrisa beatífica que no hacía sino resaltar la intensidad de su mirada. Mi madre desvió la conversación hacia lo que debería ser en unos instantes la conversación en el comedor, al que nos desplazamos inmediatamente empujando yo la silla de ruedas de mi padre que es la que utilizaba al presidir la mesa como cualquier otro día pues nunca dejó de hacer los honores a cualquiera de los que, invitados por mi madre, estuvieran en el comedor un día de fiesta religiosa o de visita o de cumpleaños familiar.

Bueno, ¿qué planes tenéis vosotros dos?

dijo mi madre dirigiendo su mirada y su pregunta a Machalen, responsable sin duda, pensaría ella, de este lío impresentable en el que como dos pipiolos nos habíamos metido ella y yo y que difícilmente podría tener futuro. Aprovechando que Machalen acababa de meterse en la boca un langostino, asumí mi responsabilidad y expliqué cómo nos habíamos conocido en Salzburg y cómo ella me había servido de guía y de hada protectora sin abandonar su severa educación musical y devolviéndome al buen camino cada vez que mi carácter poco firme no se decidía a poner coto a mi molicie.

-Le debo haber terminado a tiempo estos estudios que me han abierto el camino de América. Ahora me toca a mí apoyarle en su camino, durísimo camino que ha elegido para ser fiel a su carácter y dedicarse a ordenar y mandar desde el podio

E hice un gesto de complicidad que es nuestra manera de halagar a la mujer en esta Ciudad. Había preparado el discursito con cierto cuidado y sabía que el tono y la declaración implícita de inmediata separación al día siguiente del concierto impedirían los comentarios críticos de mi madre a este vivir juntos y encima en un pisito de un muy mal barrio.

La conversación esperada no había durado ni siquiera para distraer la atención del primer plato y después de un minuto largo de silencio que la sonrisa de mi padre parecía bendecir, el abuelo, pienso, se sintió obligado a desviar la atención del silencio de Machalen que permanecía callada con la vista en el plato en el que ya no quedaban langostinos. Me había confesado que ella tenía también su discurso preparado pero justamente para la hora del café, que yo le había descrito como teniendo lugar en el salón principal, solo separado del comedor por una puerta corredera, dos habitaciones amplias que conformaban la parte noble aunque poco luminosa pues los ventanales de estas habitaciones de aquel piso del ensanche más reciente estaban orientadas al norte. Así que el abuelo se vio a sí mismo contando una historia que hasta entonces había permanecido secreta, totalmente secreta.

No nos habíamos visto desde aquel trabajito que hicimos juntos. Así era la vida en aquellos años en los que ya se cocía la guerra. Pero usted me hizo saber que quería hablar conmigo y quedamos en aquel café francés ya desparecido, pero que creo que en su día fue lugar de encuentro de intelectuales de todas las tendencias políticas. No pasaríamos desapercibidos, pero todo el mundo creería que éramos dos viejos amigos, quizá compañeros de colegio, que se reencuentran después de años fuera de la Ciudad.

Se dio cuenta por el silencio de alrededor de que había captado nuestra atención y que tenía que continuar con el relato ya comenzado y al que mi padre no parecía poner traba alguna.

Así que, como recordará, deslizamos de vez en cuando alguna parrafada o brindis en alemán o en inglés para dárnoslas de viajados. Pero la finalidad de aquel encuentro era, desde luego, la de recomendar a uno de sus colaboradores en el astillero y en otras tareas menos públicas, como posible futuro yerno mío, pues llevaba meses tonteando con mi hija Magdalena, sorteando el trabajo de carabina de mi mujer, la primera Magdalena, quien entre todas sus muchas habilidades y virtudes que, por cierto me hicieron muy feliz, no se encontraba precisamente la de la espiar discretamente sin ser vista.

Hizo un silencio ciertamente teatral dirigido a transmitir su pena por el fallecimiento bastante reciente de la que fue su esposa y la madre de Machalen y a la que nunca olvidaría, según dijo. Y continuó.

Pero sin decirnos nada convinimos, con miradas y gestos, que aquel lugar parecía seguro para otros tipos de conversación una vez explicada por su parte -señaló a mi padre y éste le devolvió su sonrisa perenne ensanchada si cupiera- la actividad clandestina que llevabais a cabo después de que sonara la sirena de salida. No podía vetar a este valiente que seguía luchando por los que habían sido los ideales de los que perdimos la guerra y, además tan pronto, aquí en esta nuestra Ciudad. Pero había encontrado un amigo y se me ocurrió una idea alocada que solo alguien como usted hubiera podido entender.

Se notaba que era no solo un músico sino también un artista de la escena pues hasta yo, ajeno por completo a la historia que estaba a punto de hacer su entrada, tensé un poco las manos. Pero como una trompeta sonó la voz de mi padre recién tragado el último trocito de solomillo que mi madre le había dado a la boca:

-¡El cinturón!

Y comenzó a reír a carcajadas, una expansión ésta que ni su enfermedad fue capaz de robarle nunca.

Sí, el cinturón de hierro

corroboró el abuelo y continuó desgranando esa historia secreta.

-Yo, como nacionalista, colaboraba en una especie de club informal de presuntos intelectuales a los que queríamos asociar al recién formado gobierno vasco. Allí nos encontrábamos gentes de todas las profesiones en proporciones que revelaban las tendencias de la Ciudad. Muchos ingenieros, un solo músico, dos o tres artistas y varios curas disfrazados de filósofos. Entre los ingenieros estaba aquel extraño Goicoechea que trabajaba para el tren de La Robla y que quería llevar a cabo obras de ingeniería para defender la Ciudad, invicta hasta entonces, del poder del ejército sublevado que desde Navarra avanzaba hacia esta Ciudad nuestra que no podía creer que el peligro fuera inmediato.

Se me pasó por la cabeza que era una pena que mi padre no tuviera energía como para haber introducido el tema del Sitio de Bilbao casi cien años antes aprovechando la mención a la naturaleza de invicta que tenía la ciudad por haber resistido el cerco de las hordas carlistas. Incluso tuve la tentación de sustituirle y contar yo las anécdotas que tantas veces le había escuchado relatar con emoción pues él a su vez se las había oído contar a su padre. Pero ciertamente no era el momento pues el abuelo estaba lanzado. Continuó:

– El nombre de su proyecto, ese que usted recuerda tan bien, era una concesión que este ingeniero militar hacía al carácter minero de la Ciudad a la que estaba dispuesto a traicionar desde el principio aunque nos engañó con facilidad. A mí totalmente, pues el nombre era el mismo que el del círculo de metal con el que se mantiene tenso el parche de piel de vaca imprescindible del timbal y que se ajusta más o menos en diversos puntos que varían según el tono acústico que el director quiere lograr, bien porque cree que es el que el compositor tenía en su oído, o bien porque es el que él quiere destacar aun en contra de la fidelidad, ¿no es cierto Machalen?

Era una pregunta que no necesitaba respuesta y nadie la pidió, esperando, con la mirada fija en este músico ya mayor, a que la historia siguiera su curso.

– Goicoechea tenía en su cabeza sus conocimientos ingenieriles sobre las defensas francesas en la primera guerra mundial, pero mucho me temía yo que no tuviera en cuenta las peculiaridades de la ubicación de la Ciudad rodeada de montes, desde luego, pero también con enormes diferencias entre unos puntos u otros en lo que concierne a la endeblez de sus posibles defensas. Les parecerá raro, pero yo pensé que ahí teníamos algo que decir los timbalistas, pues nadie sabía mejor que nosotros que el tono general dependía de la graduación exacta de la presión que el cinturón de hierro ejerciera sobre un punto u otro. Yo no sabía leer los planos de Goicoechea y sus ayudantes, pero había en la ciudad amigos nuestros que podían hacerlo y entender mi conjetura militar sacada de mi formación musical.

«¿Y ahora qué?», parecían preguntar las caras boquiabietas de los comensales que dejaban derretirse el helado en su pequeño bowl de porcelana.

-Yo conocía la pertenencia de usted a uno de nuestros círculos de confianza y no dudé ni un minuto en proponerle, a través justamente del que acabó siendo mi yerno, en parte gracias a usted, que colaborara desde el taller de calderería que usted dirigía en el astillero a la calibración de los distintos puntos de los bordes de la ciudad para hacer de ese timbal que era la Ciudad una fortaleza inexpugnable. El problema no era el armamento o el cemento para los bunkers o los nidos de ametralladoras, ni siquiera el diseño de la dirección de las trincheras. El problema era conseguir que las tropas invasoras tuvieran que dispersarse alrededor de un círculo de gran radio que permitiera las operaciones de defensa puntuales y rápidas por parte de aquellas guerrillas con tan poca disciplina como pequeña era su homogeneidad ideológica. Teníamos que examinar cada uno de los puntos claves para afinar el timbal y aquella tarde usted y yo decidimos que usted comenzaría examinando los planos de un emplazamiento determinado y aplicaría sus conocimientos de calderería para calcular, de acuerdo con el reverbero del sonido de un calderín fabricado ad-hoc, la aportación de ese emplazamiento en la defensa general. No me acuerdo ahora mismo de cuales fueron los planos que mi futuro yerno le llevó al astillero.

Y se quedó pensativo como si hubiera terminado su perorata; pero mi padre pronunció con un tono inusitadamente firme:

– ¡Gaztelubide!

Fue como la señal para que nos levantáramos de mesa y pasáramos al salón a través de aquella puerta corredera, mi padre el último en su silla de ruedas empujada por mí. Mientras mi madre servía el café me fijé que Machalen quería contar algo. Esperaba yo que no fuera el discurso que traía preparado, cuyas líneas generales me había descrito. En efecto, no trató de quedar bien quitando intensidad a nuestra relación. Sacó su mejor sonrisa y nos sorprendió con el anuncio del programa del concierto, todo él con mucho ruido de timbales. Le parecía, nos confió, que el abuelo podría todavía hacer sitio a mis padres en el palco principal, pues al fin y al cabo era el homenajeado ese día por su aportación al mantenimiento de la afición musical y a la renovación de la orquesta local.

Eso está hecho y tú, Jon, puedes quedarte entre bambalinas, así que nos vemos otra vez en seguida pero antes he de terminar mi historia confesando que nunca confié en aquel ingeniero que seguramente fue el responsable de que los cálculos de usted se filtraran a las tropas de Mola.

Mi padre dejó de sonreír y cayó como en una especie de atontamiento que, por evidente, aceleró las despedidas y los agradecimientos. Yo acompañé a Machalen y su abuelo hasta la casa de éste y después nos dirigimos ambos hacia el pisito de barrio mal que acababa de encontrar su sitio en la historia de la Ciudad. Caminamos despacio, dando muchos rodeos y en silencio.

«Gaztelumendi» recibió 0 desde que se publicó el martes 22 de julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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