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Futuros sobre actos terroristas

Una de las pocas noticias intelectualmente estimulantes de las pasadas vacaciones fue la que hacía referencia al desmantelamiento por parte del propio Pentágono de planes, ya bastantes avanzados, para organizar en la red un mercado de futuros sobre actos terroristas, es decir una especie de agencia de apuestas en la que uno podía poner su dinero en juego apostando, por ejemplo, a que Al Qaeda va a cometer un atentado en España antes de que termine el año 2003, una eventualidad que aparecería como negociable en este mercado al día siguiente al encarcelamiento de Tayseer Alouny, reportero de la cadena televisiva qatarí Al Yazira, como presunto colaborador de esa banda armada. Si la noticia es intelectualmente estimulante es tanto por el desmantelamiento de los planes como por la mera exitencia de estos y, desde luego, no por el ejemplo.

Dejemos de lado la naturaleza macabra de las contingencias objeto de negociación, el hecho de que siempre podrían surgir casos de apuestas privadas que las activen y la probabilidad alta de que así sea dada la proclividad humana al juego y a la apuesta. Concentrémonos por lo tanto en entender por qué la idea del Pentágono no era estúpida en principio y por qué, sin embargo, ha hecho bien en no ponerla en práctica. Lo interesante de esta reflexión es que igual nos dice algo sobre esta institución tan postmoderna que es el mercado, en este caso un mercado de futuros.

Hace algún tiempo publiqué en Expansión un entretenimiento didáctico que denominé Papá: quiero ser espía (reproducido en Economía en Porciones, Prentice-Hall, Madrid, 2003) en el que trataba de sugerir que una posible causa del despiste de la inteligencia estadounidense evidenciado por el atentado terrorista del 11.09.01, podría ser el sesgo cognitivo de las correspondientes agencias que parecían necesitar una buena dosis de pensamiento fresco que generara hipótesis diferentes a las rutinarias.

Sigo creyendo en el efecto enervante del sesgo cognitivo que te prohíbe explorar caminos no trillados; pero también era y es verdad que, aún cuando eliminemos ese sesgo, también es posible que el mundo de la inteligencia tropiece con la descoordinación y la dificultad de agregar información dispersa no sólo entre agencias sino también entre agentes individuales o personas privadas que no son muy conscientes de que poseen información relevante.

Es aquí donde supongo se localiza la idea inicial de organizar un mercado de futuros como el que estamos examinando y que conformaría una maquinaria interesante de agregar información dispersa y podría, en consecuencia, servir de guía a las fuerzas de seguridad. Como casi todas las noticias de prensa se han centrado en lo morboso de la iniciativa (que ya he admitido y obviado) o en sus defectos, a los que ahora me referiré, quizá convenga decir, un si es no es provocativamente, que es fantástico que alguien, o alguna organización, se tome en serio esa maravillosa institución que es el mercado y sepa ver en ella no solo sus posibles razonamientos e imperfecciones sino precisamente su profunda virtualidad informacional.

En condiciones ideales el mercado no sólo genera asignaciones de bienes que son eficientes en el sentido de que no hay otra unánimemente preferida; sino que además el mercado es informacionalmente eficiente en el sentido de que los precios que conforma reflejan toda la información existente distribuida de cualquier manera entre los agentes económicos. En esas condiciones ideales los precios son un estadístico suficiente al que me basta mirar para tomar mis decisiones sin que tenga sentido gastar recursos en buscar información adicional.

En el caso del mercado de futuros que me ocupa bastará mirar al vector de apuestas cruzadas sobre diversas contingencias terroristas para repartir de manera óptima las fuerzas de seguridad a la prevención de cada una de ellas.

Pero las fascinación general por esa institución llamada mercado no debe cegarnos a lo que puede ocurrir con su funcionamiento cuando las condiciones no son ideales. La manera más general de pensar los condicionamientos de la realidad es pensar sobre la completitud de la estructura de mercados y en su relación con el número de agentes que actúan en ellos. Supongamos, en primer lugar, que hay hoy un mercado para cada bien concedible a ser entregado en cualquier fecha futura en cualquier estado de la naturaleza (ampliamente definido). Sabemos que en ese caso el juego del mercado nos conduce a una situación óptima desde el punto de vista asignativo; pero también sabemos hoy que esta situación es muy frágil a no ser que el número de agentes compradores y vendedores sea muy grande en cada uno de todos esos mercados.

Si ese no fuera el caso, es decir si cada mercado no fuera profundo (o equivalentemente muy líquido) cualquier agente tendría incentivos, o podría tenerlo, a falsear sus preferencias y a actuar de manera oportunista que, aunque resultase en un consumo mejor para él, rompería la naturaleza óptima de la asignación. Es de suponer que el propio Wolfowitz se dio cuenta de que, en condiciones relevantes, el mercado de futuros on line que proponía el Pentágono no sería muy positivo y podría incentivar a los terroristas avariciosos a jugar en él apostando con informaciones privilegiadas para hacerse ricos al acertar con la fecha y lugar de los atentados preparados por ellos mismos, o a los terroristas generosos a utilizarlo para despistar a las fuerzas de seguridad haciendo bajar la probabilidad estimada del que se pretende realizar.

Supongamos ahora que aunque los mercados existentes fueran profundos (o líquidos) no fuera cierto que el sistema de mercado (que incluye los mercados financieros como la Bolsa o el que proponía el Pentágono) presentara una estructura completa. En ese caso es bien conocido que la asignación no es óptima y que siempre habrá alguna otra preferida por todos; pero que sin embargo no es alcanzable porque la coordinación necesaria para ello no se da debido precisamente a la ausencia de mercados.

Este resultado ha sido utilizado por los intervencionistas siempre prestos a proporcionar de manera alborozada la coordinación que el mercado no logra; pero eso no nos interesa ahora. Lo que nos interesa es saber si en un caso así el mercado es informacionalmente eficiente, es decir, genera precios que reflejan toda la información existente. Es intuitivo que no será así en el caso del mercado de futuros sobre actos terroristas porque, por seguir con el ejemplo hipotético de Tayseer Alouny que he elaborado al principio, no podemos conocer las intenciones terroristas de un (supuesto) grupo de defensores armados de la libertad de prensa que nunca ha actuado todavía ya sea porque sólo se va a formar a partir del encarcelamiento de dicho reportero, y por lo tanto ni aparece como una contingencia sobre lo que apostar, ya sea porque, aún existiendo, no ha intervenido en el mercado hasta ahora para enriquecerse o despistar y matar.

Debería pues estar claro que la idea del Pentágono no sólo podría ser utilizada torticeramente por los propios terroristas; sino que además aún suponiendo la posible ausencia de inteligencia oportunista, no deberíamos fiarnos de las probabilidades de actos terroristas que surgirían en ese mercado. La lección inmediata está aprendida; pero quizá esta reflexión pueda ser ampliada un poco más.

Pensemos en las presuntas virtuales de la Bolsa de valores como indicador adelantado de la coyuntura económica general. Si la Bolsa fuera no sólo profunda (que es lo que es) sino también formara parte de una estructura completa de mercados, la presunción mencionada sería cierta de manera trivial pues ni habría falta de información, ni riesgos no diversificables, ni incertidumbre respecto al futuro.

Esta es la hipótesis que recibe el nombre de la eficiencia del mercado, refiriéndose a la eficiencia informacional de la Bolsa de Valores. Esta hipótesis, aunque es un resultado idealista, parece ser continuamente utilizada por los analistas en la práctica de una manera tonta, como si los oficiales de inteligencia estadounidense hubieran seguido en la pantalla las cotizaciones de ese mercado de futuro que, abortado, me hizo pensar a principios de este verano pasado al convertirse en noticia.

Efectivamente a los pocos días de esta noticia, un analista conocido afirmaba que la subida de la Bolsa de este verano anunciaba la recuperación. No le hice ni caso pues me parecía obvio que un mundo en el que uno no puede asegurarse contra los golpes de calor no está cerca de conformar una estructura completa de mercados.

«Futuros sobre actos terroristas» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 27 de Octubre de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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