Desde mi sillón

Un blog de «El Correo de las Indias»

Grupo de Cooperativas de las Indias

Furia destructiva

Esta mañana he enfilado el camino hasta la oficina en Madrid de la FUE como quien vuelve a la patria después del exilio. Sabía que el espacio estaba mejor que cuando tuve que abandonarlo, pero hoy no estaba seguro de que el camino al trabajo fuera parte del paseo obligado por razones médicas que me ordenan quemar el azúcar que mi metabolismo acumula como si quisiera vengarse de mis excesos. Ni tampoco hubiera podido jurar que realmente quería volver y dejar, vaya usted a saber por cuanto tiempo, el exilio dorado de mi territorio familiar y los descubrimientos que he ido haciendo a su alrededor. Una vez más me he encontrado en territorio de nadie, como en una frontera deshabitada, solo. Y la cólera se ha apoderado de mí.

Blandiendo un trapo como quien empuña una espada vengadora he comenzado a descargar mi furia contra las carpetas hechas pasta y llenas de ideas ilegibles totalmente dañadas por el agua de la inundación que me obligó a exiliarme con lo puesto y solo diferente de los exiliados que en la guerra atravesaban los Pirineos por la ausencia de abrigo en mi caso. Con ese espíritu poco amable comienzo mi labor con ira contenida pero decidido a terminar pronto con mi labor de rescate. A nadie le interesa el contenido de mis carpetas excepto quizás a mí, pero ya no soy el que era hace unos meses. Se me ha ido olvidando lo que estaba haciendo o bosquejando hace casi medio año y mi cabeza está llena de los proyectos que he ido imaginando y atesorando en ese territorio que me dio cobijo cuando se me cayó el cielo encima. Unos proyectos y otros no casan, no son los de ahora continuación de los antiguos ni estos pueden ser concebidos como ideas germinales de los nuevos que corresponden a otro mundo. Pero tampoco puedo negar que soy el mismo en cierto sentido no sé si relevante o no.

Así que con el trapo en la mano voy repasando las carpetas, a penas despegables unas de otras por la mezcla de pasta de papel reseca y de polvo acumulado. Enfurecido por no saber por qué lo estoy voy separándolas en grupos. Primero las cosas oficiales, desde recibos a invitaciones para hablar aquí o allí, lo que parece que preparé para cumplir con esas amables invitaciones en lugares insólitos y obituarios o discursos de homenajes merecidos. En un segundo grupo coloco las carpetas llenas de fotocopias de papers que algún día acumulé para decidir si aceptaba o no los ofrecimientos para defender sobre bases teóricas los intereses de algún sector o empresa que estaba dispuesta a pagar bien y discretamente. Y para terminar esta primera exploración de los efectos del desastre, en una columna aparte, y muy alta, acumulo las cosas personales, desde cartas, hasta los primeros borradores de trabajos ya olvidados pasando por innumerables copias en papel de trabajos ya publicados en su versión definitiva pero que son testigos de los titubeos propios del oficio que oscila ente la austeridad y la exuberancia como todo en esta vida en crisis.

En cada uno de estos bloques el procedimiento es el mismo. Toco, ya con guantes, cada “ladrillo” y decido si lo guardo para archivarlo mejor o lo tiro a una bolsa de basura. Al principio la decisión es difícil pues me detengo a tratar de leer lo que mi letra temblorosa había escrito y la duda se adueña de mí, especialmente si esa nota marginal parece avanzar algunas de las cosas en las que me he concentrado en el exilio, pero poco a poco la furia se desata y voy llenando a reventar la primera bolsa de basura. En tres horas quedan muy pocos documentos encima de la mesa de reuniones y por el suelo y sobre algunas sillas campan no menos de ocho bolsas de basura rebosantes.

Ha llegado el momento difícil. Archivo con cuidado las carpetas que todavía pueden abrirse y contienen material que me parece aprovechable y me quedo contemplando los fardos de plástico. Pienso que puedo hacer varios viajes al contenedor indicado pare el reciclaje de cartón y librarme para siempre de esta materia que configuró mi pasado con sus alegrías, esperanzas locas y alguna idea, si no genial, al menos aprovechable. E inmediatamente se me ocurre que también podría dejar esas bolsas de plástico como abandonadas para algún loco que un día decida escribir mi biografía o, con menos coquetería, para que yo mismo comience mis memorias complementarias de esa novela apenas empezada que he salvado de la tercera columna.

Me siento idiota por mi indecisión tan propia de un espíritu pusilánime. Me odio a mí mismo, pero me pongo la chaqueta y me marcho de este territorio que habré de recuperar poco a poco. Quizá no es debilidad de carácter sino el destino del ser fronterizo. Ya decidiré mañana.

«Furia destructiva» recibió 1 desde que se publicó el Jueves 18 de Octubre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] en el horizonte. Y esta impresión, acertada o no, me ha recordado algunas de mis furias. Como aquella que me llevo a destruir buena parte de mis propios escritos y de la que dejé testimonio aquí contando cómo hace unos tres años esa furia me exigió a […]

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos nuestros blogs en la
página de registro de Matríz.

El Correo de las Indias es el agregador y plataforma de blogs de los socios del Grupo Cooperativo de las Indias y es mantenido y coordinado por los miembros de la comunidad igualitaria de las Indias