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Frantz

No habría podido ser una canción guerrera, sin duda, pero un trozo romántico cualquiera quizá no habría sido capaz de sotener la sospecha de engaño que incuba el espectador. Que la música acompañe a la comprensión es quizá un hecho; pero la explicación de tal hecho sigue siendo un misterio.

Como ya dije en el micropost último sobre algunos horóscopos para los Piscis, lo que quiero escribir es sobre esta película, Frantz, a la que fuimos el viernes pasado por recomendación de una buena amiga. No pretendo competir con los críticos cinematográficos profesionales por lo que recomiendo al lector que lea al menos las dos siguientes. La de El País, que le pone a uno muy al tanto de los antecedentes teatrales e incluso cinematográficos de esta historia, y la de fotogramas. Ambas ponen de manifiesto los méritos de su director François Ozon, mal conocido por mí; pero ninguna de las dos se detiene con cuidado a hablar de algo a lo que yo me quiero referir.

No deseo revolcarme en lo terrible de los grandes temas del remordimiento y la culpabilidad ni en la mayor o menor firmeza de carácter que se necesita para seguir viviendo después de matar a otro ser humano aunque sea en el marco de una guerra como la mundial del 14. Ni me parece la ocasión para meditar sobre la significación de esta Gran Guerra que cambió los tiempos en cuanto a la forma de guerrear entre países y, sin duda, hizo que los británicos se dieran cuenta de que la vida no era ese dulce pasar propio de la burguesía posvictoriana que medía su poder no por su cercanía a la corte ni por su patrimonio sino por sus rentas.Y, aunque tengo la tentación, inevitable en un economista, de referirme a Keynes y sus críticas a las reparaciones de guerra impuestas sobre los alemanes en Versalles, puesto que en las cuantías fijadas iban a tener efectos retardatarios en la recuperación alemana e, indirectamente,de todos los otros países contendientes,me voy a resistir a ella para centrarme en otro aspecto de esta película que me interesa más estos días en los que me debato con la estructuración de una segunda novela que debería ser como la continuación de El Síndrome del Capataz.

Se trata de un tema más abstracto y sobre el que de una u otra manera ya he escrito en otras ocasiones como aquella vez que inspirado por otra película (Words and Pictures) trataba de aclararme sobre la complementariedad entre la imagen y la palabra haciendo referencia, mediante a un enlace, a otro post sobre una exposición parisina.En esa ocasión entre mi mujer y yo se estableció, como siempre, una bonita discusión:

El centro de la discusión era siempre el mismo:si la película correspondiente había sido capaz de abrirnos los ojos a la belleza, a lo inefable, a eso que piensas nunca poseerás para siempre y de lo que solo podrás disfrutar durante unos instantes reveladores y misteriosos. Nunca hemos dejado de preguntarnos por el cómo del subidón. En mi caso por lo qué es ese extraño sentimiento que me ocurre en los primeros compases de la Obertura del Buque Fantasma de Wagner. En el caso de mi mujer un cierto concierto de violín ejecutado por Anne Sophie Mutter.

Lo importante de aquella ocasión era la de buscar la clave del enorme subidón (palabra poco fina pero muy expresiva) que produce la mezcla sabia de palabras e imágenes. Desde entonces la idea del subidón se ha ido transformando en la de sabiduría y el sonido o la música pugna por sumarse a las palabras y a las cosas para manufacturar la clave de esa sabiduría que trasciende el conocimiento. Y la Película Frantz ayuda a entender esa manufactura.

Este remake de Lubitch después de unos 70 años es todo un modelo de sabiduría. La imagen y la luz son una preciosa clave para la comprensión de lo que significa para un ser humano el horror de una guerra aunque haya sido el ejército de su país el que ha acabado venciendo. Los tonos del blanco y negro matizan muy bien los avatares de un campo de batalla o las huellas del odio entre países enemigos así como la serenidad de la mentira en la relación entre personas mientras que el color que surge de repente y subraya la épica de una batalla o el inicio del amor entre personas más allá de los odios nacionales. Más allá de la banda sonora, en la trama de Frantz el protagonista masculino muestra brevemente su habilidad con el violín en tres ocasiones,corrigiendo los errores de Frantz en una de ellas y, en otra, acompañado al piano por la protagonista femenina. Y es esta aportación a la obra artística lo que se me antoja misterioso.

¿Habría sido lo mismo si los protagonistas hubieran sido agentes de bolsa y en lugar de hacer música se hubieran visto arrastrados a explicar el porqué de la subida de la Bolsa ese día en el mercado francés o el alemán? Estoy convencido de que no, pero no consigo dar con una clave que asocie el tono de la música con el mensaje que quiere ir más allá de la simple confrontación bélica.No habría podido ser una canción guerrera, sin duda, pero un trozo romántico cualquiera quizá no habría sido capaz de sostener la sospecha de engaño que incuba el espectador. Que la música acompañe a la comprensión es quizá un hecho; pero la explicación de tal hecho sigue siendo un misterio.

«Frantz» recibió 0 desde que se publicó el lunes 16 de enero de 2017 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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