Desde mi sillón

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Figuras en el linóleo

Es de noche ahí fuera. Lo sé porque ha remitido el calor tropical, porque la luz que se filtra por el respiradero ya no brilla y porque el susurro del trajín de a bordo se ha calmado y oigo con nitidez el golpeteo sincopado de los troncos que se deslizan río abajo contra el casco de este barco viejo que traquetrea río arriba. Por eso, porque es de noche, no puedo estudiar, con el cuidado que me distrae de este viaje de huida, el linóleo que cubre completamente todas las paredes de este contenedor apenas arreglado para que me sirva de habitáculo durante unos días sin que se entere el consignatario, pues Aitor se la ha jugado y nadie sabe que, además de la carga habitual, llevan hoy un prófugo, según ellos, un hombre en búsqueda de un nuevo mundo según mis largas prédicas que Aitor finge escuchar cuando cada día me visita discretamente.

Son esos momentos los únicos en los que mi atención se desvía de las figuras que la legía ha dejado en el linóleo que cubre las paredes y el suelo y techo de este contenedor que de forma regular traslada frigoríficos y otros electrodomésticos y que es propiedad de la empresa en la que trabaja desde siempre Aitor.

Pero de noche y sabiendo que nadie va a turbar mi atención más allá de los toques de txalaparta en el casco, ejercito mi memoria tratando de recordar las figuras que poco a poco fui descubriendo en el mármol del baño de mi casa. Adquirí la casa ya con ese mármol colocado de forma que nunca pretendí que fuera de buen gusto aunque tampoco critiqué que quisiera ser ostentoso pues no era fácil de entender que alguien deseara presumir de un mármol con vetas hermosas en un lugar discreto en el que nunca entró nadir más que yo. Solo eran unos minutos de exploración visual cada día, pero de su continuidad surgieron figuras que el mármol parecía regalarme un día para quitármelas al siguiente. Recuerdo nítidamente tres de estas figuras y muy borrosamente una cuarta que no se deja asir pero que estoy seguro me ha seguido en esta huida a ninguna parte y que encierra un mensaje que no consigo descifrar o que quizá no quiero descifrar pues sospecho que contiene mi condena irremediable.

Allí en aquel cuarto de baño tan privado descubrí primero una zorra blanca con una hermosa cola suculenta y digna de una estola elegante que parecía correr por un sendero más bien negro y que extrañamente creí sentir que se me acercaba pues cada mañana la veía más cerca de la taza como si se deslizara por el mármol o como si yo la temiera y cada día la viera como más peligrosa. A donde seguramente se acercaba era al pequeño tentetieso de cara redonda, gorrito de lana con sus borlas, su barriga exagerada por un jersey de lana gorda y con unos zapatos abotinados (extraños en un tentetieso), rojizos y blancos que con su diminuto tamaño a penas hubieran podido sostenerle de pie si este pequeño niño prodigio hubiera sido real.

Tanto la zorra móvil como el tentetieso tambaleante me inspiraban cuando cada mañana me acicalaba preparándome para un día más de teatro sobre la tarima de un aula que, renovada, me permitía montar mi habitual pero variada performance que, aunque dedicada a la enseñanza de los alumnos realmente matriculados, no descuidaba a unas cuantas alumnas ya talludas que me habían solicitado permiso para asistir a mi clase y a las que dedicaba una atención desproporcionada que me fue muchas veces criticada por no pocos colegas. Pero yo no prestaba atención a estos colegas resabiados y malpensados y cada mañana me deleitaba con las contestaciones que una tercera figura en el mármol dedicaba a mis diarias interrogantes sobre la sabiduría. Se trataba de un búho albino. Sus ojeras preocupantes, sus pequeñas garras que asían una invisible rama y sus alas pegadas al cuerpo le identificaban como un búho, pero uno muy especial porque su cabeza exhibía un triángulo de una blancura inesperada por su nitidez. Yo consideraba su existencia como el origen de esa inspiración mía sin la que no hubiera podido nunca retener la mirada de aquella mujer con la que solo había hablado a raíz de su solicitud de asistencia.

Irremediablemente este búho albino me remitía a aquella experiencia de seducción por la palabra, y una palabra técnica nada menos, experiencia exitosa pero situada en el origen de mi desgracia que me tiene hoy como prisionero que solo espera desaparecer para emerger con otro nombre y otra figura, otra personalidad, otras renovadas ganas de vivir, de conocer gente nueva y de no limitar mi gusto por la música que, según decían, era excelente en aquella ciudad de cuya existencia habría de dudar hasta que dentro de muy poco atracáramos y pudiera distinguir un simple refugio para criminales de una simple estación de paso… al infierno.

Pero no todos los días era yo capaz de discernir un rostro que cuando se me hacía visible mostraba unos ojos rojizos y redondos en una cara redonda pero no gorda que parecía querer volar a pesar de no mostrarme sus alas. Lo realmente inquietante es que en el linóleo de la pared en la que se abre el respiradero se empieza a perfilar esa figura aunque ahora sin rastro de las otras tres figuras que veía cada día a su alrededor y que he sido capaz de describir. No podía ser por lo tanto mi imaginación visual la que me hacía alucinar; tenía que reconocer que allí entre las manchas de lejía y los ronchones de humedad se iba perfilando un mensaje en forma de figura blancuzca con rasgos difuminados de tono rojizo. Es justamente esta noche, seguramente de las últimas que he de pasar aquí oculto, cuando en un instante he visto el Angelus Novus de Klee, la representación del ángel de la historia de Benjamin.

Y de repente he recordado algunas cosas que de este símbolo me contó un amigo músico de ella, alguien cuya cultura siempre envidié pues parecía seducirla a ella mientras que yo solo supe hablarle de mis planes revolucionarios. Se trataba de una figura alada que habría vuelto el rostro hacia el pasado, desde donde nosotros le vemos, y que parece asombrado de lo que ve, nada más y nada menos que una cadena de fracasos, un perfecto error que nadie puede ya remediar sino como mucho contar como con sentido, un sentido solo inventado y siempre a la espera de realizarse. Recuerdo que su amigo siempre terminaba esta historia que le dejaba boquiabierta y a mí celoso subrayando que este ángel pretendía alzar el vuelo y solo podía seguir mirando atrás sin posibilidades de aprovechar un viento favorable para seguir hacia delante.

Me sentí desfondado pues ante mí parecía abrirse una tarea cuya imposibilidad estaba descrita en el linóleo. No podría nunca empezar de nuevo. Nada ni, sobre todo, nadie podría hacerme olvidar lo que sabía que sabía, el abismo que todo ser humano es para cualquier otro ser humano sin posibilidad de aferrarse a algo tan tonto como un amor de juventud que solo volverá como una huella en la arena.

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  1. […] de su hombro. La vigilé durante varios días para ver si podría formar parte de esa galería de figuras en el linóleo que el proscrito creía encontrar en las paredes del container en el que escapa …hacia el […]

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