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Exponer bien

Después de todo es posible que las business schools sí que debieran enseñar retórica. Pero solo si la empresa es una que lo que realmente quiere es crear abundancia.

En mi juventud las pocas escuelas de negocios existentes no se preocupaban de entrenar a su tropa en la retórica pues no parecía que hubieran descubierto la capacidad de seducción de esta parte bastarda de la filosofía. Y sin embargo las familias de un cierto entorno social pensaban que el exponer con seguridad y brillantez era un activo apenas tangible que, como si fuera una planta exótica, les tocaba a ellas plantar y hacer crecer. Eran las épocas de aquel charlista García Sanchiz que recorría los escenarios de la geografía española y latinoamericana con un espectáculo disfrazado de excelencia intelectual. Un charlista, o quizá, a diferencia de otros de su generación que tenían que discursear por necesidad, simplemente un sacamuelas que al final es reconocido como el miembro de la Real Academia que llevó por todo el mundo la palabra y el gesto de la madre patria mediante una actividad que se dio en llamar «españolear».

Exponer bien cualquier tema se convirtió, para algunas gentes bienpensantes, en una señal de capacidad intelectual, pues nadie perdería tanto tiempo en el aprendizaje de la retórica a no ser que fuera una muestra fehaciente de que solo para ti era asumible dada tu enorme capacidad. Sin embargo no era tal señal pues, como supongo ya sabían aquellas primitivas business schools no está nada claro que la buena exposición requiera capacidad intelectual y no un simple ronroneo de gato adobado de chilliditos al estilo García Sanchiz. De hecho no está nada claro que la capacidad intelectual sea reconocida o demandada en la empresa. Nunca viene mal dirán algunos, pero en mi pequeña experiencia sí que hay circunstancias en las que la capacidad intelectual puede ser un lastre. Ciertamente cuando se necesita fidelidad al jefe no es fácil distinguir los comentarios de un tipo inteligente de los torpedos a la decisión de ese jefe. Esto explica por qué la retórica sigue sin enseñarse en las ya numerosas business schools y por qué solo en ciertas circunstancias se aprecia esa cualidad en algún directivo.

Podríamos pensar que si bien el exponer bien no es una señal de inteligencia en ningún sentido relevante, quizá sea al menos una habilidad para el bien enseñar y algo que, si bien no es útil para la empresa, podría ser necesario para comunicar el pensamiento abstracto. Pero tampoco es cierto que el mero bien exponer señale la capacidad para enseñar pues en realidad castra la atención. Enseñar, a diferencia del adoctrinar, exige una retórica, pero no esa de las que se enseña en los seminarios para preparar el sermón del domingo; sino la que es sinónimo de seducir, de comunicar algo a lo que la audiencia no puede dejar de atender pues les ha llamado la atención, sea porque comienza provocando, sea porque no comienza o porque comienza por el final. Hay que exponer mal para que la atención del público, de los colegas de ciencia o de los estudiantes, no se deslice por la pendiente fina del sueño que genera lo conocido o lo desconocido que suena como conocido.

No hay buena retórica en este segundo sentido que no sea creadora de lenguaje. A no ser que la lengua sea, si no nueva, al menos novedosa, no hay forma de no dejar que el cerebro entre en una fase de funcionamiento automático o rutinario impermeable a cualquier idea distinta o realmente nueva. Esta forma de construir lenguaje no es fácil de ejercer, requiere no solo entrenamiento sino un cierto genio lingüístico. Termino diciendo que el único buen sustituto que conozco de ese genio es el que habla una lengua extranjera a partir de un cierto conocimiento mínimo de la local o aborigen. Aunque sea solo por casualidad estos enseñantes o comunicantes encuentran las cosquillas del lenguaje y solo por ello son más capaces que un aborigen poco versado en lenguaje en la comunicación de verdad.

Por ejemplo «decliner mon nom» es algo que yo, que hablo bien sólo el castellano, podría decir, por ejemplo, a mis alumnos de Grenoble queriendo expresar mi deseo de renunciar a mi identidad mientras que ellos, que han leído bien el Exile de Saint John Perse, tendrían que dejar espacio a que lo que yo esté intentando decir sea que deseo habitarlo, hacerlo mío, dotarlo de sentido.

Después de todo es posible que las business schools sí que debieran enseñar retórica. Pero solo si la empresa es una que lo que realmente quiere es crear abundancia.

«Exponer bien» recibió 2 desde que se publicó el martes 18 de septiembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. eva dice:

    En México, a nivel escuela primaria se siguen celebrando concursos de oratoria. Considero que lo deseable es que cualquier persona con una educación básica sea capaz de explicar con claridad aquello que comprende. Desarrollar esta capacidad en la escuela de negocio se me hace demasiado tardío.

    En mi experiencia de trabajo en España es a diario que echo de menos la claridad y la precisión a la hora de expresarnos en reuniones (me incluyo en el saco). No son pocos los errores de gestión directamente atribuibles a malentendidos.

  2. Juan Urrutia dice:

    La claridad y la precisión son muy de agradecer, pero rara vez van juntas. Y esas raras veces no incluyen las exposiciones trillads y repetitivas.

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