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¿Experto yo? No, yo soy un sabio

Sin sabiduría, todo el conocimiento, toda su potencia de expandirse e incluso su posible gratuidad serían siempre estériles.

sabioSiente que tiene que empezar a escribir pues ya solo le quedan 28 días. Después de unas horas de angustia se decanta por comenzar por el discurso de rechazo, un trabajillo necesariamente agresivo aunque espera que no resulte grosero. No ha decidido todavía si este posible discurso debe comenzar por las palabras de agradecimiento a la docta casa o debe quizá sentar su tono desde el principio con unas palabras que afirmen que va a utilizar su tiempo para explicar porqué piensa que estas viejas instituciones debieran desparecer.Pero, sea lo que sea lo que finalmente haga a este respecto, lo que no puede dejar de decir es que su predecesor en ese sillón cuya letra no recuerda, o no quiere recordar, no era nada sabio. No es ésta tarea difícil, piensa, pues él mismo jamás se presentó como tal sino que lo hacía siempre como un experto, una palabra nueva que le venía muy bien pues lo que, en la mejor tradición patria realmente era, era un aspirante a erudito. Pero, de hecho, se hacía pasar por un experto en tantas diferentes áreas que, en un acto como este, reflexionó, parecería una broma por su parte enumerarlas y seguir hablando como si realmente lo fuera en todas ellas.

Su buena educación le obligó a centrar su atención en lo que en su día se llamó, antes de que entrara en crisis, la economía del conocimiento y sus aplicaciones a diferentes áreas de un sistema económico en el que el conocimiento fuera a ser realmente el único input relativamente más escaso:

He aquí un punto en el que nunca nos pusimos de acuerdo en las muchas ocasiones en las que tuvimos ocasión de cruzar nuestras espadas intelectuales. Siempre fueron ocasiones nada formales pues nuestros caminos académicos discurrían por sendas errantes pero que nunca se cruzaban, pero sí coincidíamos en ocasiones poco formales como pudieran ser los recesos de congresos a los que asistíamos ambos en general como observadores o moderadores sin llegar él nunca a presentar ninguna de sus ideas…en caso de que las tuviera. No eran duelos formales ni nuestras espadas estaban muy afiladas, pero no había manera de hablar de lo mismo. Recuerdo su interés en las TIC (Técnicas de Información y Comunicación), muy de moda en los tiempos que más le frecuenté, y sobre las que hablaba sin parar y especialmente sobre los desarrollos tecnológicos que iban a permitir unos cambios sociales insospechados de los que él nunca avanzaba ninguna característica. Se limitaba a afirmar que el mundo se llenaría de lo que se llamó durante unos años empresas punto com por referencia a la forma en que se podría contactar on line con ellas. Yo por mi parte no estaba dispuesto a cederle el terreno del conocimiento de esta novedad y trataba de pasar yo también como un experto pero de otro calibre; uno de los que habría de trabajar por la unificación del conocimiento teórico- económico en un corpus que integrara estas novedades tecnológicas que permitirían, contrariamente a las convenciones teóricas vigentes hasta entonces, eliminar el supuesto de los rendimientos decrecientes.

Releyó este parrafito y le pareció que estaba siendo muy comedido y que él mismo se estaba poniendo en una situación muy poco airosa y muy diferenciada de lo que se estila en estas ocasiones intelectuales. No era mala táctica, pensó, pues si la finalidad era rechazar el honor de ser miembro de una Academia parecía noble humillarse a sí mismo al mismo tiempo que a su predecesor que, por cierto, dejaría de poder constar como tal en cuanto o bien él terminara el discurso renunciando o bien el Presidente optara por cerrarle el micrófono.

Solía escribir a chorro, tal como le decía un amigo de pluma fácil, y lo hacía casi como una tarea física vigilando su postura ante el ordenador; pero esta vez tendría que ir con más cuidado pues se trataba de pensar sobre la posible integración en sus reflexiones a gentes como Marcuse, al que había leído a fondo en su juventud, y hablar de la abundancia sin que ello le pusiera fuera de la ciencia económica, ese conjunto de ideas tan históricamente condicionadas, sino que más bien le obligara a echarnos sobre los hombros la tarea hercúlea de ponerse al día y llegar hasta colaborar con la modificación radical de los programas de estudios que algunos pretendían.

Decidió que, en este borrador de discurso, llamaría Z a este colega tan poco atractivo que presumía de experto, una inicial muy adecuada pues siempre tenía la última palabra por lo que poco a poco fue llegando a la conclusión que la razón no solo le asistía en cualquier discusión sino que, además, sus colegas así se lo reconocían. Z no tenía respeto ninguno por su programa de trabajo pues lo de la abundancia le parecía una broma de mal gusto en un mundo en el que seguía existiendo pobreza según demostraba la teoría del desarrollo en la que, naturalmente, también era un experto. Pensó, con los dedos sobre las teclas, que igual debería dejarse llevar un poco por la venganza del que ríe el último y plasmar algunos comentarios recientes sobre la sociedad del conocimiento que según Z tanta relación tenía con el desarrollo. Le bastaba en este punto con citar el resumen de un artículo reciente sobre la las economías o sociedades basadas en el conocimiento que le había enviado un joven sociólogo quien en la versión final de este discurso recibiría el crédito que se merece al tiempo que se citaría a los autores del artículo:

El discurso sobre las economías basadas en el conocimiento rara vez va más allá de la comercialización de la ciencia y la ingeniería y se encierra en los límites discursivos del funcionalismo. Argüiremos que …no está(n) bien informado(s) sobre una concepción adecuada de lo que es conocimiento. Más en concreto, este discurso no incluye la dimensión axiológica del conocimiento que conduce a la sabiduría… Argüiremos que mientras el discurso dominante de la modernidad industrial permanezca racionalista, funcionalista, utilitarista y tecnocrático las economías basadas en el conocimiento se parecerán más a un erudito que a un sabio. Un renacimiento de la epistemología humanística sería pues necesario para evitar la… falta de sabiduría en las sociedades tecnlógicamente complejas.

Se paró otra vez y ahora con lápiz sobre una de las hojitas del cuaderno de notas que nunca abandonaba apuntó, como un posible colofón a este discurso de rechazo, una reflexión que le obligaba a recordar que debía terminar afirmando en tono más alto de lo normal que, sin sabiduría, todo el conocimiento, toda su potencia de expandirse e incluso su posible gratuidad serían siempre estériles.

Cerró el ordenador y se puso un abrigo para salir a dar una vuelta.

«¿Experto yo? No, yo soy un sabio» recibió 4 desde que se publicó el Jueves 15 de Enero de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Antonio dice:

    Cuando he terminado la lectura he recordado “El Aprendiz de Brujo” en Fantasía. Lo he revisado, y he visto al aprendiz usando las técnicas de su sabio maestro para automatizar sus tareas y hacerlas más eficientes. Resulta que el famoso “experto” no deja de ser muy distinto al aprendiz…
    https://www.youtube.com/watch?v=2DX2yVucz24

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] Una de estas podría ser si, por ejemplo Nietzsche, era un sabio o un simple experto en filología griega. Es esto, la filología, lo que estudió y lo que le llevó a Basilea en donde como profesor jovencísimo logró un enorme éxito. Pero, sin embargo, lo que este joven profesor alemán perseguía no era el conocimiento en sí sino, más bien, esa sabiduría que exige, como la autenticidad, soledad y soledad a poder ser simultáneas. Esto es lo que rezumaba este post reciente en el que yo me negaba a ser un experto y afirmaba, con cierta ironía que era un sabio. […]

  2. […] que he tratado de entender qué es la sabiduría y si yo me puedo creer que realmente soy un sabio, tal como afirmaba aquí, o si lo soy más que mi posible predecesor y amigo poco a poco cobardemente abandonado por mí. Mi […]

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