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LXVI: Exit,Voice (and Loyalty)

La distinción entre Exit y Voice, con la posible mediación de la Loyalty, es una gran distinción que ilumina la reacción ante situaciones límite que se plantean en el devenir de muchas instituciones u organizaciones a las que pertenecemos.

Sai: Hikaru no goNo es la primera vez que utilizo el título de ese gran libro de Albert O. Hirschman ese gran pensador que militaba en las filas de los economistas como por casualidad. Como dice Gladwell era economista (con gran conocimiento del desarrollo económico) pero tenía un espíritu literario. Este título lo utilicé al menos aquí hablando de empresas y del activismo empresarial pero, mucho más en general, la distinción entre Exit y Voice, con la posible mediación de la Loyalty, es una gran distinción que ilumina la reacción ante situaciones límite que se plantean en el devenir de muchas instituciones u organizaciones a las que pertenecemos.

Su relectura me retrotrae una vez más a la época de mi formación, una época en la que la ciencia en general, y la economía en particular no habían alcanzado la dimensión, en términos de practicantes, de publicaciones y de influencia, que ha llegado a tener. En aquel ambiente más familiar y distendido el desprestigio intelectual del libro, frente al prestigio del artículo académico, no había alcanzado la escandalosa brecha actual y todavía era posible topar con una idea fructífera no necesariamente en un área concreta de la Teoría o la Política económicas, sino en el mundo de la reflexión general conectada con el desarrollo de tu vida misma. Mientras estudiabas podías plantearte si permanecías leal a ese mundo que comenzabas a descubrir o te largabas a otro después de dar un portazo.

Algo parecido se empieza a plantear a raíz de la gran recesión que con origen en el 2007 se plantea desde el año siguiente y se va complicando por meandros inesperados hasta hoy mismo cuando el liderazgo de los Estados Unidos de América se ha visto puesto en duda en la crisis de Siria y su papel como soporte de un mundo económico globalizado e impredecible sigue en entredicho a pesar de la temporal y solo aparente victoria demócrata en el asunto del techo de deuda pública. Y se plantea con mayor crudeza en este país que pierde pie y a una edad en la que uno no tiene las cervicales como para huir muy lejos ni puede alzar mucho la voz por falta de fuelle.

Hay situaciones o tendencias en las que uno no sufre por la tensión entre Voice y Exit. Pongamos que hablo de la hiperinflación deportiva que nos golpea desde la intensa información sobre las vértebras de un jugador de fútbol o el dopaje de atletas o el calendario de la liga de balompié. Basta con cambiar de canal o de periódico o no leer la sección correspondiente o con escribir un post cruel sobre el endeudamiento de los grandes clubs de futbol o sobre cómo uno volvería la infancia compitiendo por el placer de ganar en buena lid. Y uno siempre puede vivir como si la gastronomía o el diseño no existieran.

Mucho más irritante es, al menos para mí la cuestión de la ciencia, nuestro dios único hasta ayer y hoy puesta en entredicho, por ejemplo, en la portada del The Economist fechado hoy 19 de octubre: How science goes wrong, así como en sus páginas interiores. Aquí y en mi situación no es cuestión de apearse pues ya lo hice hace años, pero queda la cuestión de levantar la voz para atacar las prácticas que, en mi opinión, están convirtiendo a la ciencia en una forma más de banalidad alejada de la búsqueda sistemática de la verdad. Ya lo hago a veces (como aquí) pero la lealtad me tapa la boca porque, a fin de cuentas ¿qué otra cosa mejor que la ciencia tenemos a mano?

Pero ni este último argumento ni lealtad alguna me sirven para paliar la irritación que la corrupción del entorno, por causas y mecanismos, tantas veces subrayadas y descritos, me produce diariamente. España se me antoja un país en el que una nueva clase dominante amamantada a los pechos de burbujas de las dos últimas décadas y formada por una mezcla infame de arribistas de diversa calaña que transitan displicentemente por la revolving door y no dan cuentas a nadie, por lo que se sienten completamente impunes, se hace con enormes rentas de «situación» al amparo de instituciones «extractivas» que cada vez alienan más a la cada vez menos poblada clase media.

Quiero irme y chillar al cielo con toda la poca potencia de mi voz. Irme es fácil, pero no es fácil decidirse por un destino en el que la humedad no me produzca dolores reumáticos, en el que la cultura florezca genuina y uno pueda leer periódicos no controlados por esa clase dominante. No, no es fácil, pero ese lugar podría encontrarse e incluso con un coste de vida inferior al de Madrid. Mucho más difícil es clamar al cielo de manera efectiva, que vaya a alguna parte. ¿Basta este blog? Pues yo creo que no; pero no se me ocurre qué otro megáfono puedo utilizar. Quizá no haga falta gritar y baste con no cejar o con añadir a la escritura una actividad un poco grupal como por ejemplo recoger comida desperdiciada.

«LXVI: Exit,Voice (and Loyalty)» recibió 2 desde que se publicó el sábado 19 de octubre de 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. vinxenxo dice:

    Es un gran artículo enhorabuena, merece difusión…

  2. Juan Urrutia dice:

    Gracias. La voz en el desierto también sirve.

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