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España como pronombre reflexivo

En opinión de Gregorio Peces-Barba, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar. Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible.

En España como poder constituyente (El País 5 de enero del 2006) el Rector de la Universidad Carlos III y Alto Comisionado para las víctimas del terrorismo, Gregorio Peces-Barba Martínez (GPB), nos instruye sobre la correcta comprensión del contenido de la propuesta de un nuevo Estatuto para Cataluña y sobre el carácter heroico del PSOE como su único defensor cabal posible, todo ello basado en su visión de la naturaleza política de España. Voy a pasar de puntillas y rápidamente sobre los dos primeros asuntos, que se entienden muy bien, y voy a tratar de concentrarme en el tercer asunto porque yo no lo entiendo y porque la exposición de mi incomprensión puede dar origen a una discusión iluminadora.

El político que hay en GPB admite que, a diferencia del Plan Ibarreche, la propuesta de Estatut cumple todos los requisitos formales exigidos por la CE78 y, una vez que, congruentemente con esa corrección, se está discutiendo previamente a su discusión en la comisión constitucional del Congreso, pretende orientar la limpieza del texto presentado. Este texto, en opinión de GPB, sufre de un defecto originario puesto que

parece que no acepta que España sea el poder constituyente, ni siquiera que sea un interlocutor. Siempre se utiliza el término Estado Español, con lo que el texto se sitúa en la filosofía de que España es un Estado plurinacional, pero no una nación. Para estos planteamientos Castilla, Aragón y León son los interlocutores nacionales de Cataluña

El GPB político hace notar que está surgiendo un proyecto confederal entre naciones, entes éstos que el lector de esta pieza no sabe en este punto lo que son debido a que todavía no he dejado hablar al GPB catedrático. Pero es que hay más. Si bien lo anterior sería ya malo, todavía es peor lo que los cuatro partidos catalanes pretenden puesto que es

más que un proyecto confederal, donde la Generalitat aparece en relación bilateral y en igualdad de condiciones de sus órganos con los del Estado, sin reconocer la soberanía ni la existencia de España como poder constituyente

El resaltado es mío y sirve para recordar de lo que realmente quiero hablar en cuanto termine con los asuntos meramente políticos. Lo único que sabemos de momento es que, en opinión de GPB, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar.

Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible. El PP no buscaría en serio acomodar el Estatut y se confundiría cuando usa, en contra de su aprobación, la falta en el texto de una apelación clara a la ciudadanía ya que ésta es perfectamente compatible con la interpretación de España como una nación, interpretación ésta no admitida realmente por el llamado cuatripartito que defiende el Estatut, a no ser que su postura sea un farol desde el que negociar.

En consecuencia no queda más que el PSOE como fuerza política significativa, para llevar a cabo la pesada tarea, propia de un Sísifo, consistente en convencer a todos acerca de dónde están los límites constitucionales. Mientras el PP «empequeñece» -la Constitución- «hasta hacerla mezquina y conservadora», los nacionalistas «la desvirtúan, abusan de ella y la transforman en un inmenso fraude». El PSOE pasa así a ser su único campeón. Aquí solo quiero añadir que tendría que defenderla contra alguien tan cercano como Ignacio Sotelo que en el propio periódico El País afirmaba unos días antes que la CE78 era mala porque desemboca o en un Estado unitario o en una confederación y no en un federalismo que es lo bueno, algo que sería compartido por muchas personalidades del propio PSOE y por una gran mayoría de la izquierda española.

Pero GPB no es solo un político, ni siquiera primordialmente un político. Es, además de uno de los padres de la CE78, un catedrático de Filosofía del Derecho. Su percepción del contenido confederal de la propuesta de Estatut y de su constitucionalidad, así como su idea de lo que es España, proviene de esta doble condición, tal como muestra la primera parte del artículo al que me estoy refiriendo y que ahora paso a considerar.

En efecto, no se preocupa GPB de lo que es España a la manera histórica en que lo hicieron Américo Castro o Sánchez Albornoz, sino que se preocupa de lo que es España desde el punto de vista constitucional. Aun circunscrito a un ámbito de estudio así restringido, el primer párrafo del artículo le deja a uno confundido nada más empezar su lectura debido a las extrañas conclusiones que deduce el catedrático de la lectura del artículo 1.1 de la CE78.

Según esa lectura, España «como realidad nacional y social es el poder constituyente». Esta «realidad», así implícitamente aceptada como nación, conforma la nación española que «es previa a la Constitución, la realidad fundante básica,… el poder constituyente originario» y, además, «aparece también como expresión de la soberanía nacional, que reside en el pueblo español». Aunque en las citas precedentes aparezcan conceptos técnicos como poder constituyente originario, soberanía nacional y pueblo español, cosa no extraña en un especialista en filosofía del derecho, lo que hace de la lectura del primer párrafo del artículo algo realmente difícil y sorprendente es que todas esas afirmaciones sobre lo que realmente es España, provienen de la interpretación del citado artículo 1.1 que, en lo que nos importa ahora, solo dice que «España se constituye…».

El pronombre reflexivo «se» no tendría sentido a no ser que España preexistiera. Y dicho pronombre reflexivo, junto al verbo de la cita, evidencia sin duda posible, que esa realidad preexistente es la que constituye. España es pues, para GPB el intelectual, nada menos que un pronombre reflexivo. A mí no me disgusta nada esta manera de conceptualizar un Estado o una nación o ambas cosas simultáneamente: ¡es lo que es porque quiere!. Mi perplejidad comienza cuando pretendemos discernir qué es ese ente preexistente a quien podemos aplicar el «se constituye…». La solución o respuesta de GPB nos depara varias sorpresas.

La primera sorpresa ni siquiera es tal al comienzo. Cataluña (o Castilla o Aragón o León, por mencionar aquellas entidades que menciona el autor del artículo) es una nación cultural (que ya se sabe lo que es: lengua, costumbres, un derecho privado algo diferente, un poco de historia no muy mítica, etc.), pero no tiene poder constituyente ni soberanía propia, ni sabríamos qué significa el pueblo catalán. Esta concepción era esperable, como también lo es que un catedrático de Filosofía del Derecho haga una distinción concordante con lo anterior. La nación (supongo que cultural, porque si hay otra no sé de momento en qué consiste) pertenece al orden de la gemeinschaft (comunidad), un orden centrado en los sentimientos, mientras que el Estado pertenece al orden de la gesellschaft (sociedad), un orden centrado en lo racional. Lo sorprendente de esta primera sorpresa empieza ahora.

En efecto, llegados a este punto y desde mi ignorancia, yo llegué a pensar que, aclaradas las nociones anteriores y hechas esas distinciones, lo que «se constituye…» es una nación (que, de momento, tengo que seguir considerando como una nación cultural ya que no se me ha dado otra noción alternativa) y que lo hace, constituirse, en Estado. Pero, si esta fuera la interpretación correcta del artículo 1.1 de la CE78, este artículo se leería entonces como diciendo que «la nación española se constituye en Estado».

Consecuentemente podría argüirse que una nación (otra vez cultural) podría constituirse en Estado aunque no sea éste un destino obligatorio, ni quizá tenga un derecho automático a hacerlo, ni haya una sola forma de articularlo en caso de que lo tuviera. Pero una conclusión así sería muy contraria a la intención explícita del GPB político, por lo que, seguramente, su pensamiento va por otros derroteros.

Efectivamente es así y es por esos otros derroteros por donde surge la segunda, y esta vez genuina, sorpresa. Afirma GPB que la nación y el Estado, cada uno de estos conceptos asociado al correspondiente término de la distinción de Tönnies (comunidad y sociedad), «no son imprescindibles el uno del otro». A partir de aquí se dispara el pensamiento imaginativo y, manteniendo la idea de nación como nación cultural, nos vemos autorizados a admitir que puede haber naciones sin Estado, asociaciones de estas naciones sin Estado, Estados sin nación, coaliciones de naciones que no conforman un Estado o que conforman uno plurinacional.

Hay ejemplos de todas estas posibilidades; pero España no sería para GPB un Estado sin nación (lo que sí sería para Carod Rovira) sino un Estado plurinacional. Luego, a falta de otro ejemplo de Estado sin nación que no se me ocurre, la lógica de GPB nos llevaría pensar que la nación es previa y que solo puede «constituirse» en Estado lo que es una nación o un conjunto de ellas. Pero esto rompería la imposibilidad de traspasar la frontera entre comunidad y sociedad que GPB se ve obligado a afirmar para evitar el romántico derecho de una nación (cultural) a convertirse en Estado.

Para mantener esa frontera bien nítida necesita GPB, por lo tanto, introducir finalmente una distinción entre nación a secas (que todavía no sabemos lo que es) y nación cultural para poder argüir lo que le pide su faceta política, que España es una nación soberana y con poder constituyente que está formada por, entre otros entes, naciones culturales sin poder constituyente y sin un pueblo soberano. Naturalmente esta distinción es una mera petición de principio ya que no se sigue de ninguna lógica ni de ninguna lectura posible del artículo 1.1 de la CE78. Pero no es una petición de principio inocente, sino que acarrea consecuencias nada triviales.

  • La primera consecuencia de la extraña lógica del GPB catedrático es que nos vemos irremediablemente impelidos a admitir que las naciones soberanas, como España digamos, son un conjunto no definido de agentes individuales que se constituyen simultáneamente como nación y como Estado a través de una Constitución. Pero si esto es así resulta que no se puede decir que «solo España es anterior» tal como se dice al principio del segundo párrafo del artículo de GPB. España como nación no es anterior y, de hecho, es difícil argüir que sea el poder constituyente originario. Es la propia Constitución la que es ese poder constituyente originario.
  • La segunda consecuencia se sigue de la primera puesto que si ésta es cierta no podemos hablar de un concepto unívoco de Constitución pues mientras algunas han permanecido en el tiempo aunque sea con enmiendas (como la de los EE.UU. de América o la no escrita del Reino Unido), otras han sido sustituidas por otras en un momento dado (como las constituciones que ha habido en Francia o en España).
  • La tercera consecuencia es que las naciones culturales lo tienen difícil para constituirse en naciones soberanas y en Estados. Lo tienen difícil porque o bien lo hacen de la misma forma que, según GPB, utilizó España de acuerdo con la primera consecuencia, es decir fiándolo todo a una Constitución propia, o bien lo hacen como les da la gana porque nadie tiene nada que decirles debido a que no forman parte de ningún Estado constituído.

    La primera vía es el famoso derecho de autodeterminación que no parece compatible con ese espíritu constitucional de 1978 que permanece en el recuerdo de aquellos que directa o indirectamente discutieron la posibilidad o la conveniencia de incluirlo.

  • La segunda vía es directamente imposible porque, aunque sea discutible si hay algún estado sin nación, lo que parece obvio es que no hay ninguna nación, cultural o no, que no pertenezca hoy a algún Estado. Ante la aparentemente única vía de llegar a ser Estado que parecería quedar abierta a una nación cultural como Cataluña incluida en España, la respuesta es, en este segundo caso bastante poco presentable: ¡se siente, se siente, has llegado tarde!

Nos encontramos pues en una situación extraña. La situación deriva de una petición de principio sobre la naturaleza de España como pronombre reflexivo que parecería derivarse de la filosofía del derecho con la intención de impedir que el Estatut pase tal como está. Curiosamente esta extraña mezcla de ciencia jurídica y de política, una vez analizada con cierto rigor, aunque no con técnica jurídica, nos lleva a sospechar que Sotelo tiene razón y que puede desembocar en una confederación como resultado de la irritación que produce esa especie de teorema de imposibilidad de autodeterminarse a no ser que ya lo estés. O eso o una configuración estatal que por muchas concesiones que se hagan no deja de ser un Estado unitario. En cualquier caso, esta mezcla curiosa, no parece favorecer el Estado Federal deseado por alguna parte del PSOE.

Dejaré para otro día preguntarme que tendría de malo una confederación, como la que parece que querrían Euskadi y Cataluña, o quizá una menos asimétrica y menos bilateral, y termino con una última vuelta de tuerca. Quizá resulta que, tal como parece mostrarnos la historia, una confederación no es estable y acaba en una federación. Así ocurrió en los EE.UU. de América y en la Confederación Helvética. Qué paradoja si así ocurriera y que fiasco para el esfuerzo teórico-político de GPB.

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