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Epifanía Económica

Publicado en Expansión, lunes 3 de enero de 2005

Les comunicaré un secreto. Nunca he sido capaz de superar la sensación de asombro que me proporcionó el desvelamiento de la verdad en el caso de los Reyes Magos. Ni me desilusioné ni me sentí engañado, me pareció, y me sigue pareciendo, mucho más increíble la conspiración universal para el regalo que la magia de la gratuidad.

Algo muy parecido me ocurre con el crecimiento económico continuo. No lo veo como un milagro, pero me parece difícil de aceptar como posible a no ser que seamos capaces de concebir y de llevar a cabo la tarea titánica de quitarnos de encima las losas con las que nuestra miopía sepulta la fuerza creativa de la innovación. Resulta, como trataré de hacer ver, que esas losas tienen la densidad y la solidez de dos ideas económicas centrales cuyo propio contenido mal interpretado constituye de hecho una rémora para la innovación que podría propiciar ese crecimiento continuo.

Todo economista de genio persigue la derrota de la escasez como todo médico pretende vencer a la enfermedad aunque uno y otro vivan de la escasez y de la enfermedad respectivamente Las ideas sobre crecimiento ya incorporadas a nuestros genes de estudiosos de los sistemas económicos nos obligan a pensar en que lo más que podemos acceder es a una senda en la que hay pleno empleo y en la que el output per capita es constante y el output crece a la misma tasa que la población activa. Para conseguir su output per capita creciente de forma continua es pues necesario que la productividad del trabajo aumente también de manera continua.

Podemos imaginar que esto ocurre mediante un pase mágico que los Reyes Magos nos regalan cada principio de año o podemos intuir el verdadero milagro que consistiría en que, de manera endógena, mayor capital per capita produce un output que utilizado como acompañamiento del trabajo hace de éste un factor de producción cada vez más productivo creando así un circulo virtuoso que no tiene fin. Este crecimiento endógeno puede tener varias fuentes; pero desde los trabajos de Paul Romer, la innovación es la más reputada especialmente cuando se entiende por innovación las tecnologías digitales propias de la que se llamó la nueva economía. Pues bien hay dos arreglos institucionales que apoyan esa innovación y que son necesarios para que surja y se mantenga. Se trata de la propiedad y de la competencia. Veamos su justificación y cómo puede llegar a debilitarse artificialmente su aportación a la innovación creativa.

Comencemos por la propiedad privada. En su ausencia confrontamos un serio problema de incentivos pues trabajaremos menos de lo socialmente óptimo si no podemos apropiarnos del fruto de nuestro trabajo. Se sigue que no tendremos incentivos a crear, o a innovar, a no ser que podamos vender el producto de la innovación a un precio positivo. Pero si el bien que creamos o sobre el que innovamos es un bien digital -como un CD , un DVD o un programa de software- este bien puede ser reproducido a un coste muy cercano a cero; nadie nos pagará por él lo suficiente como para incentivar nuestra creatividad innovadora.

Aunque en la década de los años sesenta no había bienes digitales Arrow entendió el problema incentivador subyacente en toda invención e inició la teoría económica de la propiedad intelectual- de las patentes y de los derechos de autor- sugiriendo que se concediera al creador, de una manera temporal, la propiedad exclusiva de su producto de forma que se conjugaran la difusión con el incentivo a crear. Hoy sin embargo y gracias al trabajo militante de M.Boldrin y D. Levine, sabemos que en ciertas condiciones en absoluto extravagantes el valor descontado presente de las cuasi-rentas generadas por la venta (o quizá por la copia) de un bien digital no protegido por la propiedad intelectual puede ser positivo y, sorprendentemente, mayor cuando menor sea el coste de la copia.

Aprendemos por lo tanto que convendría revisar la regulación existente de la propiedad intelectual que hoy la extiende a ámbitos inusitados y a duración temporales exageradas. Desde 1980, y especialmente desde 1990 se pueden patentar métodos de gestión empresarial- como, por ejemplo, el método de compra de Amazon con one clic, patente nº 5,960,41 de 1999- y el llamado Sonny Bono Act ha alargado la duración de las patentes de forma casi ridícula. Estas extensiones artificiales pueden ser, en efecto, perjudiciales para la innovación y para el deseado crecimiento continuo pues se procurará obstaculizar aquella para que no interfiera en el disfrute del monopolio temporal creado artificialmente por el copyright o la patente que, en este caso, no dejan de poder ser entendidos como unas ciertas barreras de entrada conectando así estas instituciones de la propiedad intelectual con la otra institución, la competencia, que es también central de la innovación.

La competencia es el resultado conjunto de la iniciativa privada de cada agente individual. Que esta iniciativa privada pueda desarrollarse libremente no sólo trae ventajas sociales en la asignación de recursos, como ya sabe cualquier economista, sino que además acarrea un valor civilizatorio en cuanto que es parte de nuestra realización personal, tal como han vislumbrado lúcidamente autores tan dispares como Hayek o Sen.

Sin embargo, cuando bajo la influencia de la poderosa Teoría Neoclásica del Equilibrio General, pensamos en la competencia de manera estática relacionándola con el número de oferentes percibimos sus ventajas asignativas, pero no reparamos en su valor civilizatorio ni en su virtualidad creativa. Por el contrario, cuando pensamos en la competencia de una forma dinámica, compatible con dicha Teoría del Equilibrio General pero semioculta por muchos de sus rasgos, nos apercibimos de que la libre entrada es fundamental para no cegar el pozo de creatividad y para que la innovación tenga realmente lugar.

Lo que, por lo tanto, aprendemos de esta renovación en la mirada teórica es que la política de defensa de la competencia no es algo fácil o automático centrado en fusiones y adquisiciones o en el número de oferentes, sino que debe atender a las peculiaridades de casos muy diversos. Todos los pleitos en los que ha batallado Microsoft en América o en Europa y en los que sigue batallando son un ejemplo de la necesidad del detalle, de la novedad radical de la nueva economía y de la necesidad de no perder de vista que lo que importa es derribar barreras de entrada para que la innovación se mueva libremente en cualquier dirección.

Lo importante del desarrollo teórico en los dos campos centrales de la propiedad intelectual y de la competencia, desarrollo que debería redundar tanto en una revisión de la regulación de la propiedad intelectual como en una reconsideración de la política de defensa de la competencia, es que puede ser fácilmente pervertido por ese capitalismo de amigotes que no es privativo de sociedades atrasadas y de sus economías emergentes. Me atrevería a decir que una sociedad en la que, gracias a la connivencia de Gobierno y de gente que resulta ser poderosa por razones diversas, se amplían los límites de la protección a la propiedad intelectual y/o se alzan barreras de entrada cada vez más altas, es una sociedad enferma. La salud social exige un capitalismo más abierto en el que no se sequen las fuentes de la innovación basándose en interpretaciones anticuadas o retorcidas de algunas tesis económicas.

Entre el día de los buenos propósitos y el día de la ingenua creencia en el milagro de la epifanía creo que cabe una especie de humilde manifiesto bien intencionado con el que termino. No debemos consentir la utilización de la teoría económica en vano y ojalá los Reyes Magos nos obsequiaran con una especie de detector de triquiñuelas y estratagemas dirigidas imaginativamente a impedir el trabajo socialmente provechoso de la competencia.

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