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Encadenando Ideas Vagas

Publicado en Expansión, martes 7 de marzo de 2006

El mundo arde por los cuatro costados . En España la cosa se está poniendo caliente aunque de momento nadie, excepto los agoreros de siempre, cree que haya que llamar a los bomberos. Y en medio de toda este desorden yo encadeno ideas. Espero que el vaporoso deslizamiento de la mente me lleve a algún sitio.

Durante más de un año hemos estado hablando del “fontanero polaco” como el paradigma de lo que sería el cierre final del mercado único europeo. Este “fontanero polaco” con habilidades profesionales suficientes podría haberme arreglado la calefacción en medio de la semana más dura de este invierno mucho más rápidamente que el fontanero de Jaén que me envío el instalador. Y, además, me habría cobrado menos porque el coste para su empleador polaco hubiera sido menor. Yo habría salido ganando y el fontanero jienense perdiendo como tal fontanero, pero ganando como consumidor de otro tipo de servicio, quizá el de peluquería que habría podido obtener de un profesional letón desplazado a Madrid.

Pero tuve que arreglármelas con el simpático fontanero de Jaén porque todavía no estaba aprobada la famosa Directiva de Servicios o Directiva Bolkestein. Finalmente se ha aprobado hace unos días aunque descafeinada y desvirtuada. Está descafeinada porque se excluyen de ella muchos servicios, como los de los Notarios (por razones que desconozco) y los financieros, que se regirán por su propia regulación comunitaria. Pero el quid de la cuestión es que la Directiva nace desvirtuada en lo que se refiere a la legislación aplicable.

El problema estaba en que las empresas exportadoras de servicios se regirían por las leyes de sus países de origen y esto soliviantaría a los sindicatos del país de destino que sentirían que se les aserraba el piso. Pero han ganado éstos y se disfraza de prudencia lo que es un oportunidad perdida a causa, en buena medida, de las necesidades de llegar a acuerdos por parte de la gran coalición alemana. Se abren las fronteras; pero se aplicará la ley del país donde se efectúa el servicio.

Lo que hubiera sido una buena noticia para los consumidores, tanto directamente como en razón de un mayor control de la inflación, se ha convertido en una aguada liberalización comercial. Es en ocasiones como éstas cuando se pone en juego el liberalismo económico de los políticos. En su día descubrimos que en Mrs. Thatcher pesaba más el nacionalismo insular que el liberalismo económico. Quizá sea esto mismo lo que le ocurre a nuestro Gobierno en este asunto y en ese otro de la OPA de E.ON sobre Endesa.

Pero vuelvo a la exportación de servicios. Les parecerá infantil pero yo me siento personalmente involucrado en esta asunto más allá de los problemas de mi calefacción. Siempre he querido ser holandés como el Bolkstein de la directiva y como todos los marinos que han circunvalado el mundo, no para convertir a nadie, sino para enriquecerse y tener su casa en Amsterdam y vivir en esa domesticidad burguesa que nos reflejan sus asombrosos pintores.

Mi admiración de siempre se vio reforzada por el impacto que me causó la libertad de un país que, en el 73, permitía consumir cannabis bajo múltiples presentaciones, desde los pastelillos, el té o la pipa de agua, hasta , desde luego, el “porro” vulgar. Pero ahora ya no lo sé. No solo está lo de Teo Van Gogh; sino que, para reducir gastos públicos, comienzan por echar a los investigadores extranjeros, aunque sean europeos y tengan mayores méritos académicos que muchos nacionales.

Esto de la xenofobia larvada es fastidioso. Algo de eso hay, además de la protección de las rentas adquiridas, en la anorexia de la nueva Directiva. O sea, que ésta no está mal pero podría haber estado mucho mejor. Ha quedado como si el “fontanero polaco” fuera un islamita semiintegrado. Quizá este islamita debería estar contento de que le tratemos como un “fontanero polaco” obligándole a admitir nuestras leyes. Y quizá también este “fontanero polaco” debería sentirse como un nuevo ciudadano del país donde ejerce su oficio como queremos que se sientan los islamitas. Pero así como el islamita se irrita por la sátira volteriana, el polaco igual protesta por la falta de unción hacia la iglesia católica que se observa en la Europa occidental.

Pero ojo que aquí entramos en cuestiones sagradas que se solían dirimir con arma blanca. Aquí parece que hay una cuestión de integración entre dos culturas, y el asunto se debate como tal oscilando entre el multiculturalismo y la integración. Entre tanta delicadeza innecesaria se olvida una cuestión importante. La hibridación, o incluso la simple variedad, produce esa promiscuidad cultural que los expertos empiezan a considerar buena para la innovación.

Además pienso que estas cuestiones sagradas no son tan ajenas al asunto de la competencia que parece presidir mis divagaciones: en cuanto las mujeres del islam empiecen a pasarse a otras comunidades que les traten mejor, se acabó el enquistamiento de las comunidades islámicas. Y es que la competencia es sorprendente. Es la gran disipadora de esas rentas que no se justifican por la productividad; pero que son inexpugnables en ausencia de competencia.

Es justamente por eso que no se quiere la competencia por mucho que se le cante. Ya lo decía Milton Friedman en la entrevista que le hacía Juan Llobell en Expansión. Decía este premio Nobel, tradicional defensor de la liberalización del uso del cannabis, que los políticos liberales lo son solo de boquilla y que son los países del este de Europa los únicos que realmente creen en el capitalismo que, añado yo, debería caracterizarse por la eliminación de barreras de entrada de cualquier tipo. Justo lo contrario de la Directiva de Servicios. Y de la actitud de Fazio en Italia. Y de, según y como, la postura del Gobierno ante la OPA de E.ON sobre Endesa

Y es esta eliminación de barreras de entrada la que contribuye a disipar las rentas y la que finalmente justifica la competencia regulatoria. Si se le permitiera actuar, las rentas de algunos oficios se disiparía. Los Notarios serían más baratos y yo hubiera podido pasar menos frío este invierno. Si La Rioja hubiera bajado su impuesto de Sociedades en reacción a las vacaciones fiscales vascas, en lugar de acudir a los tribunales, no habríamos perdido tanto tiempo para llegar a bajar esta figura impositiva para todas las CC.AA. Pero no podía hacerlo porque carecía capacidad normativa en materia fiscal. Cataluña quiere tenerla ahora y yo sigo defendido la generalización del sistema de concierto económico y, todavía más heréticamente, la proliferación de jurisdicciones diferentes para que florezca esta competencia regulatoria entre ellas.

Estos evanescentes encadenamientos de ideas sirven para convertir las discontinuas páginas de los periódicos en una especie de cinta continua que, empiece por donde empiece, nos pone siempre frente a lo mismo. En este caso lo que pasa una y otra vez por delante de nuestros ojos atónitos es que no hay manera de sobrepasar las numerosas pautas de conducta asociadas a la idea territorial. En Francia no quieren para nada una compañía de servicios que no se rija por la ley del territorio donde opera. Lo mismo ocurre en Alemania o en España aunque no del todo en el Reino Unido de hoy a pesar de la herencia del soberanismo territorial de Mrs Thatcher. Y desde luego no es el caso en los países de la nueva Europa.

Pero en Europa en general no estamos dispuestos a dejar que las comunidades de inmigrantes islamistas y sus descendientes se rijan por ninguna ley ni costumbre distinta de la ley de nuestra tierra. Y esto, desde luego, en aras de la integración. Y en el mundo occidental en general cuando queremos conquistar económicamente China estamos dispuestos a aceptar su legislación aunque sea la de un país dictatorial que no respeta los derechos humanos. Seguramente porque nuestra penetración acelerará su democratización.

Hasta aquí me ha traído mi deambular casi inconsciente: el Estado-Nación está ahí firmemente enraizado. La idea territorial que le acompaña puede ser sobrepasada. Yo creo que sería bueno que se sobrepasara. Pero no sabemos cómo hacerlo. La prueba más evidente de este reflejo territorialista anticuado está en el mundo de las llamadas relaciones internacionales. Casi todos sus expertos toman como dado el Estado-Nación indisolublemente unido al territorio y no saben por donde empezar a atacar problemas que ponen en juego este hecho sagrado, primitivo y obsoleto. Pero bien real, dicho sea en su descargo. Quedemos a la espera de la resolución del asunto de la madre de todas las OPAs.

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